DOMINGO XXXIII ORDINARIO “B”

"Caminad mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas"

Dn 12,1-3:                                     "Por aquel tiempo se salvará tu pueblo"

Sal 15,5 -11:                                    "Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti"

Hb 10,11-14.18:                         "Con una sola ofrenda ha perfeccionado a los que van siendo consagrados"

Mc 13,24-32:                                     "Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos"

I. LA PALABRA DE DIOS

La expresión «los inscritos en el libro», de la primera lectura, podría referirse no sólo a los que soporten los malos tiempos próximos, sino también a todos aquellos que conozcan y acepten los nuevos tiempos, los mesiánicos. Además el texto sostiene que «los que enseñaron a muchos la justicia», esto es, el camino de Dios, «brillarán toda la eternidad».

El evangelio del domingo trigésimo tercero, ya al final del tiempo Ordinario y del año litúrgico, nos propone un fragmento del discurso escatológico (sobre el tiempo final) de Jesús. La afirmación fundamental es la aparición del «Hijo del hombre», que se dirige a los ángeles para que reúnan a «sus elegidos de los cuatro vientos». Nos invita a fijar nuestra mirada en las realidades últimas, en la intervención decisiva de Dios en la historia de la humanidad.

«Sabed que Él está cerca». Lo que se afirma es la certeza de la venida gloriosa de Cristo, al final de los tiempos, para reunir a los elegidos que le han permanecido fieles en medio de las tribulaciones. Nosotros tendemos a olvidarnos de esto, como si estuviéramos muy lejos, como si no fuera con nosotros. Sin embargo, la palabra de Dios considera las cosas de otra manera: «El tiempo es corto» y «la apariencia de este mundo pasa» (1Cor 7,29.31). El Señor está cerca –«a la puerta»– y no podemos hacernos los desentendidos. El que se olvida de esta venida decisiva de Cristo para pedirnos cuentas, es un necio.

«Está cerca, ya está a la puerta»: ¿el Hijo del Hombre?; ¿el final del mundo? Más que anunciar el fin de este mundo visible, antes de acabarse «esta generación» (la contemporánea de Jesús), se anuncia que la historia humana entra en la última etapa de la "Historia Sagrada": la etapa que se extiende a lo largo de la Historia de la Iglesia.

«El día y la hora nadie lo sabe». Al contrario de muchas de las sectas actuales, que van poniendo fechas al fin del mundo, Jesús siempre se negó a dar la fecha de su segunda venida. Aquí afirma que la desconoce; puede ser un recurso pedagógico para poner de relieve una prerrogativa divina: sus oyentes sabían, y lo repetía la literatura de la época, que sólo Dios conoce el momento final. Como Dios que era, Jesús sabía el momento de la consumación de la historia; en cuanto hombre, podía saberlo, pero sin tener la misión de revelarlo (algo así como un "secreto profesional"), o podía no saberlo, lo mismo que ignoraba, por su verdadera limitación de criatura humana, otras cosas que no eran necesarias para llevar a cabo su misión. San Efrén decía: Jesús ocultó ese dato para que estemos vigilantes y cada uno de nosotros piense que ese acontecimiento sucederá durante su vida.

Jesús tiene conciencia de su ser eterno, que da valor único a toda su actividad. Jesús no da fechas, pero garantiza el cumplimiento infalible de su palabra e invita a la vigilancia, con la atención puesta en los signos que irán sucediendo. Este acontecimiento final y definitivo dará sentido a todo el caminar humano y a todas sus vicisitudes.

Dios ha ocultado el momento y también este hecho forma parte de su plan infinitamente sabio y amoroso. No es para cogernos de sorpresa, como si buscase nuestra perdición. Lo que busca es que estemos vigilantes, atentos, «para que ese día no nos sorprenda como un ladrón» (1Tes 5,4). No se trata de temor, sino de amor. Es una espera hecha de deseo, incluso impaciente. El verdadero cristiano es el que «anhela su venida» (2Tim 4,8).

A quienes viven con una mentalidad de disfrute y consumo les resulta verdaderamente incómodo plantearse la perspectiva del más allá. Lo que preocupa es lo inmediato. La mirada hacia el más allá, que para muchos ofrece incertidumbre e inseguridad, para el cristiano es de esperanza, de deseo confiado.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El glorioso advenimiento de Cristo
(673, 680)

Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente, aun cuando a nosotros no nos toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad. Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén "retenidos" en las manos de Dios.

El triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal.

La última prueba de la Iglesia
(675 – 677)

Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne.

Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico.

La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección. El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el Cielo a su Esposa. El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa.

El juicio final
(1038 – 1042)

La resurrección de todos los muertos, de los justos y de los pecadores, precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles,… Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… E irán estos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna» (Mt 25, 31. 32. 46).

Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces, Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.

El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la «bienaventurada esperanza» (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído» (2 Ts 1, 10).

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado. La Iglesia llegará a su perfección sólo en la gloria del cielo, cuando llegue el tiempo de la restauración universal, y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Cristo, Dios nuestro e Hijo de Dios, la primera venida la hizo sin aparato; pero en la segunda vendrá de manifiesto. Cuando vino callando, no se dio a conocer más que a sus siervos; cuando venga de manifiesto, se mostrará a buenos y malos. Cuando vino de incógnito, vino a ser juzgado; cuando venga de manifiesto, ha de ser para juzgar. Cuando fue reo, guardó silencio, tal como anunció el profeta: «No abrió la boca como cordero llevado al matadero». Pero no ha de callar así cuando venga a juzgar. A decir verdad, ni ahora mismo está callado para quien quiera oírle" (San Agustín).

"Todo el mal que hacen los malos se registra –y ellos no lo saben–. El día en que «Dios no se callará» (Sal 50, 3) … Se volverá hacia los malos: «Yo había colocado sobre la tierra, dirá El, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado  a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí»" (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Oh Jesucristo, Redentor de todos,
que, antes de que la luz resplandeciera,
naciste de tu Padre soberano
con gloria semejante a la paterna.

Tú que eres luz y resplandor del Padre
y perpetua esperanza de los hombres,
escucha las palabras que tus siervos
elevan hasta ti de todo el orbe.

La tierra, el mar, el cielo y cuanto existe
bajo la muchedumbre de sus astros
rinden tributo con un canto nuevo
a quien la nueva salvación nos trajo.

Y nosotros, los hombres, los que fuimos
lavados con tu sangre sacratísima,
celebramos también, con nuestros cantos
y nuestras alabanzas, tu venida.

Gloria sea al divino Jesucristo,
que nació de tan puro y casto seno,
y gloria igual al Padre y al Espíritu
por infinitos e infinitos tiempos. Amén.

DOMINGO XXXII ORDINARIO “B”

"Tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará"

1 R 17,10-16:                         "La viuda hizo un panecillo y se lo dio a Elías"

Sal 145,7-10:                         "Alaba, alma mía, al Señor"

Hb 9,24-28:                           "Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos"

Mc 12,38-44:                         "Esa pobre viuda ha echado más que nadie"

I. LA PALABRA DE DIOS

San Marcos presenta aquí un severísimo juicio contra los escribas o doctores de la ley. Las acusaciones de Jesús adquieren su verdadero sentido en el contexto de aquella cultura: usar el manto propio de la oración (el "tallith") fuera del templo, era un signo de ostentación de religiosidad; sentarse en el primer banco de la sinagoga, bajo el cual se guardaban los rollos de la ley, era señal de categoría social y se buscaba afanosamente. Si se añaden gestos de hipocresía, rapiña y orgullo –«devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos»–, comprendemos por que Jesús se muestra tan duro con ellos.

El breve episodio de la pobre e insignificante viuda nos conduce de lleno al corazón del evangelio. En efecto, lo que Jesús alaba en ella no es la cantidad –tan exigua que no sacaba a nadie de ningún apuro–, sino su actitud: «Ha dado todo lo que tenía para vivir», de manera semejante a lo que antiguamente hiciera aquella viuda de Sarepta con Elías, el hombre de Dios (1ª lectura). Al darlo todo se convierte en ejemplo concreto de cumplimiento del primer mandamiento; justamente en las antípodas del joven rico, que permaneció aferrado a sus seguridades; y de los escribas, llenos de codicia y vanidad. Este gesto silencioso, realizado a la entrada del templo, pone de relieve cuál es la correcta disposición en el culto y en toda relación con Dios: en el Reino de Dios sólo cabe la lógica del don total.

Quizá, el mejor comentario a este evangelio –que nos habla de totalidad– sean las conocidas palabras de San Juan de la Cruz: "Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. Para venir a gustarlo todo, no quieras gustar algo en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada". Sólo llega a poseer a Dios el que lo da todo, el que se da del todo, pues Dios no se entrega al que se reserva algo. El que no está dispuesto a darlo todo, aún no ha dado el primer paso en la vida cristiana.

Nosotros hubiéramos tachado a la viuda de imprudente –se quedó sin lo necesario para vivir–, pero Jesús la alaba. Lo cual quiere decir que nuestra prudencia suele ser poco sobrenatural, poco cristiana. Tendemos a poseer y guardar porque en el fondo no contamos del todo con Dios –por si acaso–. Tenemos miedo de quedarnos sin nada, olvidando que en realidad Dios nos basta. Preferimos confiar en nuestras previsiones y provisiones (plan de pensiones, ahorrillos, seguro médico…) más que en el hecho de que Dios es providente (1ª lectura). Desatendemos la palabra de Jesús: el que quiera guardar su vida, la pierde; el que la pierde por Él, es quién de verdad la gana (cf. Mc 8,35). Y además, lo que tenemos ¿es nuestro?: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7).

II. LA FE DE LA IGLESIA

El septimo mandamiento
(2401)

El séptimo mandamiento –no robarás– prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y hacer daño al prójimo en sus bienes de cualquier manera. Prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenos y los frutos del trabajo de los hombres.

La propiedad privada
y el destino universal de los bienes
(2402 – 2406)

Los bienes creados están destinados a todo el género humano. La propiedad privada es lícita para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres.

Pero, el derecho a la propiedad privada –adquirida o recibida de modo justo– no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continua siendo primordial. La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus prójimos.

El respeto a las personas y a sus bienes
(2407 – 2418; 2428, 2434)

Toda forma de retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las disposiciones de la ley civil, es contraria al séptimo mandamiento: retener deliberadamente bienes prestados u objetos perdidos; defraudar en el ejercicio del comercio; pagar salarios injustos; elevar los precios especulando con la ignorancia o necesidad ajenas; la corrupción, mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones; la apropiación y el uso privado de los bienes sociales de una empresa o del Estado; los trabajos mal hechos; el fraude fiscal; la falsificación de cheques y facturas; los gastos excesivos; el despilfarro; causar voluntariamente daños a las propiedades privadas o públicas.

Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objetos de consumo o a una fuente de beneficios. Con respecto a las personas, el séptimo mandamiento prohíbe todo lo que por cualquier razón conduce a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancías.

Cada cual debe poder sacar del trabajo los medios para sustentar su vida y la de los suyos, y para prestar servicio a la comunidad humana. El salario justo es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o retenerlo puede constituir una grave injusticia.

Para determinar la justa remuneración se han de tener en cuenta, a la vez, las necesidades y las contribuciones de cada uno. El trabajo debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea productiva de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común. El acuerdo de las partes no basta para justificar moralmente la cuantía del salario.

Todo pecado contra la justicia, bien sea el robo, bien el daño causado injustamente, exige que se restituya lo robado a su propietario y se repare el mal cometido.

El amor de la Iglesia por los pobres
(2443 – 2449, 2459)

El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social. El punto decisivo de la cuestión social consiste en que los bienes creados por Dios para todos lleguen de hecho a todos, según la justicia y con la ayuda de la caridad.

Bajo sus múltiples formas –indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o síquicas y, por último, la muerte– la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los "más pequeños de sus hermanos". También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables.

El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta. Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo. Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25,31-36). La buena nueva «anunciada a los pobres» (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo.

El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa.

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

De todos modos, es necesario satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Zaqueo fue un hombre de gran voluntad y su caridad fue grande. Dio la mitad de sus bienes en limosnas y se quedó con la otra mitad sólo para devolver lo que acaso había defraudado. Mucho dio y mucho sembró. Entonces aquella viuda que dio dos céntimos, ¿sembró poco? No, lo mismo que Zaqueo. Tenía menos dinero pero igual voluntad, y entregó sus dos moneditas con el mismo amor que Zaqueo la mitad de su patrimonio. Si miras lo que dieron, verás que entregan cantidades diversas; pero si miras de dónde lo sacan, verás que sale del mismo sitio lo que da la una que lo que entrega el otro" (San Agustín).

"Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia" (S. Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Cuando sembramos de esperanza,
cuando regamos con dolor,
con las gavillas en las manos,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.


DOMINGO XXXI ORDINARIO “B”

"¿Por la fe privamos a la ley de su valor? ¡De ningún modo! Más bien la afianzamos"

Dt 6,2-6:                                  "Escucha, Israel: Amarás al Señor, con todo el corazón"

Sal 17:                                     "Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza"

Hb 7,23-28:                             "Como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa"

Mc 12,28-34:                           "No estás lejos del Reino de Dios"


I. LA PALABRA DE DIOS

Israel tiene que ser fiel a Yavé. Por eso el «amarás al Señor tu Dios con todo el corazón», lo llevan tan profundamente clavado en el alma y en los labios que todo israelita piadoso recita a diario la "Shemá" (=Escucha…). Lejos del miedo a Dios, el amor y el respeto han de mover al pueblo para cumplir con lo mandado. Este método recordatorio: «Las escribirás en las jambas de tu casa», se tomó al pie de la letra, y los judios guardaban a la entrada de las casas una cajita (mezuza), con ese texto escrito.

Los rabinos, en tiempos de Jesús, discutían cuál de los mandamientos promulgados por Moisés, y multiplicados por la tradición oral, era el principal. A aquél escriba, que parece que se acercó con buena intención, Jesús, repitiéndole la "Shemá", le responde conservando intacta la validez de aquel precepto. En los mandamientos de Moisés, se incluía también el amor al prójimo, sin excluir a los extranjeros. Lo original de Jesús es unir ambos mandatos (a Dios y al prójimo) en un solo y principal precepto moral. Y deja claro que este doble amor constituye la base del culto verdadero y perfecto. La expresión «no estás lejos del Reino de Dios» indica que, obedeciendo a la voluntad de Dios revelada por Moisés, el escriba sintonizaba con lo nuclear del mensaje de Jesús, …pero aún le faltaba algo.

«Amarás al Señor». Este es el mandamiento primero y principal. La unicidad de Dios funda ese radicalismo en las exigencias del amor («todo…, todo…, todo…»): no hay varios dioses, varios "señores" entre los que dividir el corazón. De nada servirá cumplir todos los demás mandamientos sin cumplir este. El amor al Señor da sentido y valor a cada mandamiento, a cada acto de fidelidad. Para esto hemos sido creados, para amar a Dios. Y sólo este amor da sentido a nuestra vida, solamente Él nos puede hacer felices, nadie más que Él puede hacer que nos vaya bien.

«Con todo tu corazón». Pues el amor a Dios no es una simple obligación, sino una necesidad, una respuesta espontánea al experimentar que «Él nos amó primero» (1Jn 4,16).

«Con todo tu ser». Precisamente porque el amor de Dios a nosotros ha sido y es sin medida, el nuestro para con Él no puede ser a ratos o en parte. No importa que nos sintamos poca cosa y limitados; la autenticidad de nuestro amor se manifiesta en que debe ser total, que no se reserve nada: todo nuestro tiempo, todas nuestras energías y capacidades, todos nuestro bienes… Al Dios que es único le corresponde la totalidad de nuestro ser.

«Amarás a tu prójimo». Jesús une estos dos preceptos que los judíos consideraban independientes. La revelación plena de la caridad (Jn 13-17; 1Jn) nos dice que el amor a Dios y el amor al prójimo son un único río que brota de la misma fuente: El Espíritu del Padre y del Hijo, Espíritu de amor.

«Como a ti mismo». No es difícil entender cómo ha de ser nuestro amor al prójimo. Basta observar cómo nos amamos a nosotros mismos… y comparar. Podemos y debemos amar al prójimo como a nosotros mismos porque forma parte de nosotros mismos, porque no nos es ajeno. «No hay judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28). Gracias a Cristo, el prójimo ha dejado de ser un extraño.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El mandamiento principal
(2053 – 2055)

El Decálogo debe ser interpretado a la luz del doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.

Jesús, en su mensaje, recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la «justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos» (Mt 5,20), así como la de los paganos. Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos: «habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás…Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mt 5,21-22).

El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta.

La enseñanza de los diez mandamientos
(2064 – 2072)

Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.

Desde S. Agustín, los "diez mandamientos" ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. Enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo.

El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las "diez palabras"  remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.

Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano. Nadie podría dispensar de ellos.

Lo que Dios manda lo hace posible por su gracia. Jesús dice: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

La Ley nueva, ley del amor
(1972)

Toda la Ley evangélica está contenida en el "mandamiento nuevo" de Jesús: amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto, ni indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y tener un solo corazón con su prójimo… Las palabras del Decálogo persisten también entre nosotros (cristianos). Lejos de ser abolidas, han recibido amplificación y desarrollo por el hecho de la venida del Señor en la carne" (S. Ireneo).

"Aunque la ley antigua prescribía la caridad, no daba el Espíritu Santo, por el cual «la caridad es difundida en nuestros corazones» (Rm 5,5)" (Santo Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Sólo desde el amor
la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas.

Desde el cimiento mismo
del corazón despierto,
desde la fuente clara
de las verdades últimas.

Ver al hombre y al mundo
con la mirada limpia
y el corazón cercano,
desde el solar del alma.

Tarea y aventura:
entregarme del todo,
ofrecer lo que llevo,
gozo y misericordia.

Aceite derramado
para que el carro ruede
sin quejas egoístas,
chirriando desajustes.

Soñar, amar, servir,
y esperar que me llames,
tú, Señor, que me miras,
tu que sabes mi nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén.

DOMINGO XXX ORDINARIO “B”

"He sido enviado... a dar la vista a los ciegos"

Jr 31,7-9:                                   "Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos"

Sal 125:                                     "El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres"

Hb 5,1-6:                                   "Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec"

Mc 10,46-52:                             "Maestro, haz  que pueda ver"

I. LA PALABRA DE DIOS

La ceguera de los discípulos –es decir, su incapacidad de entender y seguir a Jesús– requiere una intervención sanadora del propio Jesús. Es lo que aparece en el evangelio. Bartimeo se convierte en modelo del verdadero discípulo que, reconociendo su ceguera, apela con una oración firme y edianirante a la misericordia de Jesús y, una vez curado, le sigue por el camino. Sólo siendo curado de la ceguera e iluminado por Cristo se le puede seguir hasta Jerusalén y adentrarse con Él por la senda oscura de la cruz. Así, Bartimeo se convierte en signo de la multitud doliente de excluidos, que por el camino de Jerusalén –por el camino de la cruz–, es reconducida por Cristo a la casa del Padre (1ª lectura).

Es la primera vez que una persona corriente (no un endemoniado) proclama la edianidad de Jesús. A Jesús no le molesta; son los otros los que quieren que se calle. La pregunta que Jesús hace al ciego: «¿Qué quieres que haga por ti?», está redactada en los mismos términos que la que hizo a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, cuando le pidieron algo muy distinto.

Es de resaltar la insistencia de la súplica del ciego –repetida dos veces– y su intensidad –«gritando», y cuando intentan callarle «él gritaba mucho más»–, una súplica que nace de la conciencia de su indigencia –la ceguera– y sobre todo de la confianza cierta y segura en que Jesús puede curarle; de ahí la respuesta sorprendente de Jesús: «tu fe te ha salvado». A Bartimeo no le curaron sus gritos, sino la fe en Jesús; comienza gritando el nombre de Jesús y termina siguiéndole. Para san Marcos el seguimiento es más importante que la curación en sí misma.

En la manera de escribir, el evangelista está sugiriendo con fuerza que la falta de fe se identifica con la ceguera, lo mismo que la fe se identifica con recobrar la vista. El que creé en Cristo es el que ve las cosas como son en realidad, aunque sea ciego de nacimiento –o aunque sea inculto o torpe, humanamente hablando–; en cambio, el que no cree está rematadamente ciego, aunque tenga la pretensión de ver, e incluso presuma de ello.

Es significativa también la petición –«Ten piedad de mí»–, que tiene que resultarnos muy familiar, porque todos necesitamos de la misericordia de Cristo. Pero no menos significativo es el hecho de que esta compasión de Cristo no deja al hombre en su egoísmo, viviendo para sí. Se le devuelve la vista para seguir a Cristo. El que ha sido librado de su ceguera no puede continuar sentado, al margen, viendo pasar la vida, reclamando atenciones. Si de verdad se le han abierto los ojos, no puede por menos de quedar deslumbrado por Cristo, sólo puede tener ojos para Él y para seguirle por el camino, con la mirada del corazón fija en Él.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El nombre JESÚS
(430 – 435)

Jesús quiere decir en hebreo: "Dios salva". En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de "Jesús" que expresa a la vez su identidad y su misión. Ya que «¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?», es Él quien en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre, «salvará a su pueblo de sus pecados». En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.

El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados. Él es el Nombre divino, el único que trae la salvación y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación de tal forma que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos».

La Resurrección de Jesús glorifica el nombre de Dios Salvador porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del «Nombre que está sobre todo nombre». Los espíritus malignos temen su Nombre y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, Él se lo concede.

El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula "Por Nuestro Señor Jesucristo". El "Avemaría" culmina en "y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". La oración del corazón, en uso en oriente, llamada "oración a Jesús" dice: "Jesucristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador". Numerosos cristianos mueren, como Santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: "Jesús".

La oración a Jesús
(2664 – 2669)

No hay otro camino de oración cristiana que Cristo. Sea comunitaria o individual, vocal o interior, nuestra oración no tiene acceso al Padre más que si oramos "en el Nombre" de Jesús. La santa humanidad de Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre.

La oración de la Iglesia, alimentada por la palabra de Dios y por la celebración de la liturgia, nos enseña a orar al Señor Jesús. Aunque esté dirigida sobre todo al Padre, en todas las tradiciones iturgiacas incluye formas de oración dirigidas a Cristo. Algunos salmos y el Nuevo Testamento ponen en nuestros labios y gravan en nuestros corazones las invocaciones de esta oración a Cristo: Hijo de Dios, Verbo de Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Rey, Hijo amado, Hijo de la Virgen, Buen Pastor, Vida nuestra, nuestra Luz, nuestra Esperanza, Resurrección nuestra, Amigo de los hombres

Pero el Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús. El nombre divino es inefable para los labios humanos (cf Ex 3,14; 33,19-23), pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: "Jesús", "YaHVeH salva". El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir "Jesús" es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él.

Esta invocación de fe, bien sencilla, ha sido desarrollada en la tradición de la oración bajo formas diversas en el Oriente y el Occidente cristianos. La formulación más habitual, transmitida por los padres espirituales orientales, como decíamos, es la invocación: "Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ¡Ten piedad de nosotros, pecadores!" Conjuga el himno cristológico de Filipenses (2, 6-11) con la petición del publicano y del mendigo ciego (cf Lc 18,13; Mc 10, 46-52). Mediante ella, el corazón está acorde con la miseria de los hombres y con la misericordia de su Salvador.

La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en palabrerías, sino que conserva la Palabra y fructifica con perseverancia. Es posible "en todo tiempo" porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús.

La oración de la Iglesia venera y honra al Corazón de Jesús, como invoca su Santísimo Nombre. Adora al Verbo encarnado y a su Corazón que, por amor a los hombres, se dejó traspasar por nuestros pecados.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones" (San Teófilo de Antioquía).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!)
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo. Amén.

DOMINGO XXIX ORDINARIO “B”

"Tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores"

Is 53,10-11:             "Cuando entregue su vida como expiación, verá descendencia, prolongará  sus años"

Sal 32:             "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti"

Hb 4,14-16:             "Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia"

Mc 10,35-45:           "El Hijo del Hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos"

I. LA PALABRA DE DIOS

El texto del Evangelio de hoy es un ejemplo más del contraste entre la actitud de Jesús y la de los discípulos. Frente a la búsqueda de gloria humana por parte de los discípulos, Jesús aparece una vez más como el Siervo que da su vida en rescate por todos. Y su gloria consiste precisamente en justificar a una multitud inmensa «cargando con los crímenes de ellos» (1ª lectura). Para moderar las ansias de grandeza de los discípulos Jesús ante todo exhibe su conducta y su estilo; más que muchas explicaciones, les pone ante los ojos el camino que Él mismo sigue: del mismo modo, el que quiera ser realmente grande y primero no tiene otro camino que hacerse siervo y esclavo de todos. La actitud de Jesús es normativa para la comunidad cristiana. Ejercer la autoridad no es tiranizar, sino servir y dar la vida. La verdadera autoridad viene de ser autor, de comunicar vida, y Jesús lo hace dando su vida, por eso es la máxima autoridad, el Señor.

Como en tantos otros pasajes, Jesús corrige a sus discípulos sus ideas excesivamente terrenas, sobre todo en su afán de poder y dominio. Apuntados al seguimiento de Jesús, el Maestro, también nosotros hemos de dejarnos corregir en nuestra mentalidad no evangélica. La Iglesia, comunidad de los seguidores de Jesús, no es una sociedad o institución cualquiera: el estilo de Jesús es radicalmente distinto al del mundo.

Frente a las pretensiones de grandeza, de superioridad e incluso de dominio sobre los demás, Jesús propone el modelo de su propia vida: la única grandeza es la de servir. Esto es lo que Él ha hecho: El eterno e infinito Hijo de Dios se ha convertido voluntariamente en esclavo andrajoso –y hace falta entender todo el realismo de la palabra, lo que era un esclavo en tiempos de Jesús: alguien que no contaba, que no tenía ningún derecho, que vivía degradado y humillado–, en esclavo de todos, y ha ocupado en último lugar.

Pero Jesús no es sólo un esclavo, con todo lo que tiene de humillante; es el Siervo de Yahvé que ha cargado con todos los crímenes y pecados de la humanidad, que se ha hecho esclavo para liberar a los que eran esclavos del pecado. Su servicio no es un insignificante "detalle" (como dice alguna cancioncilla). Su servicio consiste en dar la vida en rescate por todos. Y nosotros, apuntados a la escuela de Jesús, somos llamados a seguirle por el mismo camino: hacernos esclavos de todos y dar la vida en expiación por todos, para que todo hombre oprimido por el pecado llegue a ser realmente libre.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
(606, 623)

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra». El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero», es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida». «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».

Por su obediencia amorosa a su Padre, «hasta la muerte de cruz», Jesús cumplió la misión expiatoria del Siervo doliente que «justifica a muchos cargando con las culpas de ellos».

La Iglesia es misionera
(767 – 768)

Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia. Es entonces cuando la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud y se inició la difusión del evangelio entre los pueblos mediante la predicación. Como ella es "convocatoria" de salvación para todos los hombres, la Iglesia –por su misma naturaleza– es misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos.

Para realizar su misión, el Espíritu Santo la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos. La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios. Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra.

La misión,
exigencia de la catolicidad de la Iglesia
(849 – 852)

La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser "sacramento universal de salvación", por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).

El mandato misionero del Señor tiene su fuente última en el amor eterno de la Santísima Trinidad: La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre. El fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor.

Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero: «porque el amor de Cristo nos apremia…» (2 Co 5,14). En efecto, «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera.

Los caminos de la misión
(852 –853)

El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial. Él es quien conduce la Iglesia por los caminos de la misión. Ella continúa y desarrolla en el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres; impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección. Es así como "la sangre de los mártires es semilla de cristianos" (Tertuliano).

Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio. Sólo avanzando por el camino de la conversión y la renovación y por el estrecho sendero de Dios es como el Pueblo de Dios puede extender el reino de Cristo. En efecto, como Cristo realizó la obra de la redención en la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Esta dignidad [del cristiano] se expresa en la disponibilidad a servir, según el ejemplo de Cristo, que no ha venido para ser servido sino para servir. Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente «reinar» sólo «sirviendo», a la vez el «servir» exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el «reinar». Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio" (Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Benditos los pies de los que llegan
para anunciar la paz que el mundo espera,
apóstoles de Dios que Cristo envía,
voceros de su voz, grito del Verbo.

De pie en la encrucijada del camino
del hombre peregrino y de los pueblos,
es el fuego de Dios el que los lleva
como cristos vivientes a su encuentro.

Abrid, pueblos, la puerta a su llamada,
la verdad y el amor son don que llevan;
no temáis, pecadores, acogedlos,
el perdón y la paz serán su gesto.

Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero;
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno.

Amén.

 

DOMINGO XXVIII ORDINARIO “B”

"La llamada de Jesús nos apremia"

Sb 7,7-11:                         "En comparación con la sabiduría, tuve en nada la riqueza"

Sal 89,12-17:                         "Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda  nuestra vida será alegría"

Hb 4,12-13:                         "La Palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón"

Mc 10,17-30:                         "Vende lo que tienes y sígueme"

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio nos presenta a un hombre honrado y piadoso, pero cuyo amor a las riquezas le lleva a rechazar a Cristo.

La persona de Jesús es el bien absoluto que hay que estar dispuesto a preferir por encima de las riquezas, de la fama, del poder y de la salud (1ª lectura). En esto consiste la verdadera sabiduría: al que renuncia a todo por Cristo, en realidad con Él le vienen todos los bienes juntos; todo lo renunciado por Él se encuentra en Él centuplicado –con persecuciones– y además vida eterna. Pero es preciso tener sensatez para discernir y decisión para optar abiertamente por Él y para estar dispuesto a perder lo demás. Porque el que se aferra a sus miserables bienes y riquezas se cierra a sí mismo la entrada en el Reino de Dios.

Conviene revisar hasta qué punto en este aspecto pensamos y actuamos según el evangelio. Pues no basta cumplir los mandamientos; al joven rico, que los cumplió desde pequeño, Jesús le dice: «Una cosa te falta». Ahora bien, Cristo no exige renuncias por exigir o por poner las cosas difíciles. Al contrario, movido de su inmenso amor quiere desengañar al hombre, abrirle los ojos, hacerle que viva en la verdad. Quiere que se apoye totalmente en Dios y no en riquezas pasajeras y engañosas. Quiere que su corazón se llene de la alegría de poseer a Dios. El joven rico se marchó «muy triste» al rechazar la invitación de Jesús a desprenderse. Por el contrario, el que, como Zaqueo, da la mitad de sus bienes a los pobres (Lc 19,1-10), experimenta la alegría de la salvación.

La negativa del muchacho da lugar a la afirmación sobre las riquezas: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!» Sin duda, una de las advertencias que más reiterada e insistentemente aparecen en la predicación de Jesús, es la que encontramos en el evangelio de hoy: las riquezas constituyen un peligro, un estorbo. En pocos versículos, hasta tres veces insiste Jesús en lo muy difícil que es que un rico se salve. Dios, en su infinito amor, llama al hombre entero a que le sirva y a que le pertenezca de manera total e indivisa. Ahora bien, las riquezas inducen a confiar en los bienes conseguidos y a olvidarse de Dios (Lc 12,16-20) y pueden fácilmente llevar a despreciar a los pobres que nos rodean (Lc 16,19ss). Las riquezas hacen a los hombres codiciosos, orgullosos y duros (Lc 16,14), «la seducción de las riquezas ahoga la palabra» de Dios (Mt 13,22); el rico «atesora riquezas para sí, pero no es rico ante Dios» (Lc 12,21). La conclusión es clara: «No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24). De ahí la advertencia de Jesús: «Ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo» (Lc 6,24).

«Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras» La extrañeza de los discípulos es porque ellos participaban de la idea de que las riquezas eran señal de la benevolencia divina. Jesús mismo, matizando lo dicho, habla de la esperanza mesiánica de salvación porque «Dios lo puede todo».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Nuestra comunión
en los Misterios de Jesús
(519 – 521)

Toda la riqueza de Cristo "es para todo hombre y constituye el bien de cada uno" (RH 11). Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros.

Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: él es el "hombre perfecto" que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones.

Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en Él y que Él lo viva en nosotros. "El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre"(GS 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con Él; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que Él vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro:

"Maestro, ¿qué he de hacer…?"
 (2052 – 2055)

«Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?» Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como «el único Bueno», como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le declara: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor al prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre». Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,16-19).

A esta primera respuesta se añade una segunda: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19,21). Esta respuesta no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta. En los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) la llamada de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con el llamamiento a la pobreza y a la castidad. Los consejos evangélicos son inseparables de los mandamientos.

Cuando le hacen la pregunta «¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22,36), Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.

En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud.

La propiedad privada
 (2402 – 2406)

Los bienes creados están destinados a todo el género humano. La propiedad privada es lícita para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres.

El derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de modo justo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continua siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio. La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus prójimos.

El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la actividad económica y social. El desarrollo de las actividades económicas y el crecimiento de la producción están destinados a satisfacer las necesidades de los seres humanos. La vida económica no tiende solamente a multiplicar los bienes producidos y a aumentar el lucro o el poder; está ordenada ante todo al servicio de las personas, del hombre entero y de toda la comunidad humana. Los bienes creados por Dios para todos deben llegar a todos, según la justicia y con la ayuda de la caridad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret: una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. El interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino. Él es un israelita piadoso que ha crecido, diríamos, a la sombra de la Ley del Señor... Siente la necesidad de confrontarse con aquel que había iniciado su predicación con este nuevo y decisivo anuncio: «El tiempo  se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva»" (Juan Pablo II).

"No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos" (S. Juan Crisóstomo).

"Hay que satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia" (Concilio Vaticano II).

"Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia" (S. Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El trabajo, Señor, de cada día
nos sea por tu amor santificado,
convierte su dolor en alegría
de amor, que para dar tú nos has dado

Paciente y larga es nuestra tarea
en la noche oscura del amor que espera;
dulce huésped del alma, al que flaquea
dale tu luz, tu fuerza que aligera

En el alto gozoso del camino,
demos gracias a Dios, que nos concede
la esperanza sin fin del don divino;
todo lo puede en él quien nada puede. Amén

DOMINGO XXVII ORDINARIO “B”

"Poner plazos al amor es no conocer a un  Dios que ama sin límites"

Gn 2,18-24:                                               "Y serán los dos una sola carne"

Sal 127,1-6:                                               "Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida"

Hb 2,9-11:                                                 "El santificador y los santificados proceden todos del mismo"

Mc 10,2-16:                                               "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre"

I. LA PALABRA DE DIOS

Ya en el libro del Génesis aparece la estructura del matrimonio como contrato natural indisoluble entre un hombre y una mujer, pero la primitiva unidad e indisolubilidad del contrato no fue siempre observada, ni siquiera por el pueblo judío. Cristo, con su autoridad, dignifica la institución matrimonial: restableciendo la pureza de la "unidad" primitiva frente a la poligamia y la "indisolubilidad" del vínculo matrimonial frente al divorcio y elevando la institución del matrimonio a sacramento de la nueva Ley.

«¿Qué ordenó Moisés? … Moisés permitió». Jesús les preguntó qué «ordenó» Moisés en nombre de Dios; ellos responden lo que Moisés «permitió»; a Jesús le interesa el mandamiento de Dios, no la dispensa del hombre, el sentido del matrimonio en el plan de Dios, no sus desviaciones por la obstinación del hombre.

Jesús invocará el Génesis para sancionar definitivamente la indisolubilidad del matrimonio. Al rechazar el divorcio, lo que hace Jesús es remitir al proyecto originario de Dios. No se trata de que el evangelio sea más estricto o exigente. Si Moisés permitió el divorcio, fue «por la dureza de vuestros corazones», es decir, como mal menor por la obstinación en el pecado. Como siempre, Cristo va a la raíz de la cuestión. Él viene a hacer posible la vivencia del matrimonio tal como el Creador lo había querido «al principio». La propia voluntad divina será la mejor garantía de la unión entre el hombre y la mujer: «Lo que Dios ha unido».

«Desde el principio de la creación». La unión matrimonial, recuerda Jesús, pertenece al diseño de Dios en cuanto obra de creación y está formalmente determinada en la ley divina, antes de la promulgación de la ley mosaica: un hombre con una mujer y para siempre; ¿cómo puede el hombre atreverse a alterarla?

La palabra «carne», en sentido bíblico, no se refiere sólo al "cuerpo", sino a la "persona" entera bajo el aspecto corporal. Por tanto, «ser una sola carne» indica que los esposos han de vivir una unión total: unión de cuerpos y voluntades, de mente y corazón, de vida y de afectos, de proyectos y actuaciones… Jesús insiste: «ya no son dos». La unión es tan grande que forman como una sola persona. Por eso el divorcio es un desgarrón de uno mismo y necesariamente es fuente de sufrimiento.

La infidelidad a la alianza conyugal la califica Jesús simple y llanamente de «adulterio». Con la mirada puesta en el diseño originario de Dios creador, Jesús quiere inculcar a los casados la máxima responsabilidad moral y que no disuelvan su matrimonio. La Iglesia ha tomado muy en serio esta llamada obligatoria, a pesar de la oposición de este mundo. Una interpretación compla­ciente con las apetencias humanas llevaría a una práctica muy parecida a la que Jesús condenó en los fariseos.

Cristo viene a hacerlo todo nuevo. Cristo manifiesta que los matrimonios pueden vivir el plan de Dios porque Él viene a sanar al ser humano en su totalidad, viene a dar un corazón nuevo, un nuevo modo de amar. Al renovar el corazón del hombre, renueva también el matrimonio y la familia, lo mismo que la sociedad, el trabajo, la amistad… todo. En cambio, al margen de Cristo sólo queda la perspectiva del corazón duro, irremediablemente abocado al fracaso del egoísmo. Sólo unidos a Cristo y apoyados en su gracia los matrimonios pueden ser fieles al plan de Dios y vivir a la verdad del matrimonio: ser uno en Cristo Jesús.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Hombre y mujer los creo
(1602 – 1605)

Dios creó a la vez al ser humano "hombre" y "mujer", en igual perfección de naturaleza y dignidad de personas, y complementarios en cuanto masculino y femenino. Es decir, Dios nos ha creado, no "a medias" o "incompletos"; sino para la comunión de personas, en la que cada uno puede ser "ayuda" para el otro. Al crear al ser humano hombre y mujer, Dios confiere la dignidad personal de manera idéntica a uno y otra, pero con distinta identidad sexual.

La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. A cada uno, hombre y mujer, corresponde reconocer y aceptar su identidad sexual, masculina o femenina, como diseño y don del Creador.

La sexualidad hace referencia particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro. No es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal y abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. La sexualidad está ordenada al amor conyugal entre el hombre y la mujer.

La sexualidad es verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo, total y temporalmente ilimitado, del hombre y de la mujer en el matrimonio.

La íntima unión del hombre y de la mujer en el matrimonio –consecuencia y expresión de su amor– es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador. La unión sexual tiene un doble y esencial valor unitivo y procreativo, diseñado por Dios, que no es lícito separar. De esta unión nacen todas las generaciones humanas.

El Creador estableció que en la función de la generación los esposos experimentasen un placer y una satisfacción del cuerpo y del espíritu. Por tanto los esposos no hacen nada malo procurando este placer y gozando de él. El placer sexual es pecado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión, o fuera del matrimonio.

La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual hacia personas de su mismo sexo. Esta inclinación es objetivamente desordenada y su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. ¿La homosexualidad es pecado? La tendencia homosexual, no; las prácticas homosexuales, sí.

Hay hombres y mujeres que presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas –que constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba–  deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza, evitando todo signo de discriminación injusta.

La práctica de la homosexualidad no puede recibir aprobación en ningún caso. Los actos homosexuales son depravaciones graves, intrínsecamente desordenados y contrarios a la ley natural. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual y cierran el acto sexual al don de la vida.

El matrimonio cristiano
(1612 -1617)

El Matrimonio es el Sacramento instituido por Cristo, por el cual un hombre y una mujer, bautizados, se unen ante Dios para siempre, con el fin de formar una comunidad de vida y amor, colaborando con el Creador en la transmisión de la vida.

El matrimonio está establecido sobre el consentimiento de los esposos. Los fines del Matrimonio son dos: el bien de los esposos, y la generación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de una familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.

El amor conyugal tiene tres propiedades esenciales: 1º) la unidad (un solo hombre con una sola mujer); 2º) la indisolubilidad (hasta la muerte) y 3º) la apertura a la fecundidad (sin impedir los hijos).

El Sacramento del Matrimonio produce los siguientes efectos: da a los esposos la gracia de amarse con el amor con el que Cristo ama a su Iglesia; reafirma su unidad indisoluble, y les ayuda a santificarse y a educar a los hijos formando una familia cristiana.

Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. El Matrimonio cristiano significa la unión de Cristo con la Iglesia, de modo que los esposos están llamados a amarse mutuamente como Cristo ama a su Iglesia.

Son ofensas graves a la dignidad del matrimonio el adulterio, el divorcio, la poligamia, el incesto, la unión libre (parejas de hecho, concubinato o amancebamiento) y la "unión a prueba".

Las parejas que viven juntas, sin recibir el Sacramento del Matrimonio (unión libre, parejas de hecho o amancebamiento), y los divorciados que se casan otra vez (adulterio), son uniones irregulares que van gravemente contra la Ley de Dios. Los que viven así, aunque no están separados de la Iglesia, no pueden recibir la Comunión eucarística ni ningún otro Sacramento mientras no regularicen su situación. Sí que pueden vivir la vida cristiana practicando la oración y educando a sus hijos en la fe.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"¿De dónde voy a sacar la fuerza para describir de manera satisfactoria la dicha del matrimonio que celebra la Iglesia, que confirma la ofrenda, que sella la bendición? Los ángeles lo proclaman, el Padre celestial lo ratifica… ¡Qué matrimonio el de dos cristianos, unidos por una sola esperanza, un solo deseo, una sola disciplina, el mismo servicio! Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne" (Tertuliano).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Desde que mi voluntad
está a la vuestra rendida,
conozco yo la medida
de la mejor libertad.
Venid, Señor, y tomad
las riendas de mi albedrío;
de vuestra mano me fío
y a vuestra mano me entrego,
que es poco lo que me niego
si yo soy vuestro y vos mío

A fuerza de amor humano
me abraso en amor divino.
La santidad es camino
que va de mí hacia mi hermano.
Me dí sin tender la mano
para cobrar el favor;
me dí en salud y en dolor
a todos, y de tal suerte
que me ha encontrado la muerte
sin nada más que el amor. Amén.