DOMINGO XIII ORDINARIO “C”

Libres, para ser esclavos por amor

1 R 19, 16b.19-21: Eliseo se levantó y marchó tras Elías

Sal 15, 1-11: El Señor es mi lote y mi heredad

Ga 4, 31b-5,1.13-18: Vuestra vocación es la libertad

Lc 9,51-62: Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré a donde vayas


I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Eliseo es figura del seguimiento radical, deja todas sus posesiones y afectos para seguir con generosidad y radicalidad incondicional a su maestro, el profeta Elías.

El apóstol instruye a los nuevos cristianos para que no pierdan la libertad lograda en Cristo y les advierte sobre el uso correcto de esa gracia: el servicio mutuo por amor y el domino de sus pasiones.

Después de anunciar la Pasión, Jesús inicia el camino de Jerusalén. Jesús invita a todos a seguirle, pero se quedan fuera aquellos que no lo hacen en la pobreza y la renuncia a todo lo propio. Seguir a Cristo implica la vida entera, no sólo algunos tiempos o algunas zonas de nuestra existencia. Lo que el profeta Elías no podía exigir, por ser un hombre; Cristo sí puede, por ser el Hijo de Dios. Más aún, no hay otra manera de seguirle: «El que sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios». El seguimiento de Cristo –decisión libre del discípulo– sólo puede ser incondicional, es el Señor quién pone las condiciones. No caben rebajas ni descuentos.

El seguimiento de Cristo no es una cuestión de negociaciones. Poner condiciones es estar diciendo «no», es ya dejar de seguirle. Cristo no quita nada y lo pide todo, porque lo ha dado todo. Y esto es lo que implica ser cristiano: un seguimiento incondicional. No hay dos tipos de cristianos. Sólo es verdaderamente cristiano el que «va a por todas». Cristo comprende la debilidad humana y los fallos motivados por ella, pero no acepta la mediocridad por sistema, el «bajar el listón», los cálculos egoístas. Los apóstoles fueron grandes pecadores: san Pedro llegó a negar a Cristo, san Pablo persiguió a la Iglesia... Pero no fueron mediocres: se dieron del todo, gastaron su vida por Cristo, sin reservarse nada.

El seguimiento de Cristo es la vocación del cristiano. No es la decisión libre del discípulo la única determinación para seguir a Jesucristo. La libertad no es el único valor absoluto. Él quiere ser el único absoluto de nuestra vida. El que se escandaliza porque Cristo exige la renuncia, incluso a cosas buenas, es que no ha entendido nada del evangelio. Ser cristiano no equivale a ser honrado y no hacer mal; eso lo procuran también los seguidores de muchas religiones e incluso muchos ateos. Ser cristiano significa estar dispuesto a toda renuncia y a todo sacrificio por Cristo.

¿Qué se entiende hoy por libertad? ¿Qué es la libertad para el cristiano? Importante cuestión pues el cristiano ha de ser libre. Más aún: Para ser libre nos liberó Cristo. Libres, porque así nos ha creado Dios. Libres, porque así nos ha redimido de la esclavitud el Señor. Libres para buscar y alcanzar el Bien Supremo. Libres para seguir incondicionalmente a Cristo. Libres para hacernos esclavos por amor.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La libertad del hombre
y la moralidad de sus actos
(1730 – 1761)

Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. Dios quiso “dejar al hombre en manos de su propia decisión”, de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección.

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.

Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.

En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado.

La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos.

El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. Una finalidad mala corrompe la acción, aunque su objeto sea de suyo bueno.

El objeto de la elección puede por sí solo viciar el conjunto de todo el acto. Hay comportamientos concretos –como la fornicación– que siempre es un error elegirlos, porque su elección comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral.

Una intención buena no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado. El fin no justifica los medios. Una intención mala sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la limosna).

Por tanto, es erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las circunstancias (ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.) que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien.

La libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios, se engañó a sí mismo y se hizo esclavo del pecado. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, atestigua desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.

El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre, sujeto de esa libertad, como un individuo auto suficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales. Por otra parte, las condiciones de orden económico y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina.

Por su Cruz gloriosa, Cristo obtuvo la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud. «Para ser libres nos libertó Cristo». En Él participamos de «la verdad que nos hace libres». El Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el apóstol, «donde está el Espíritu, allí está la libertad». Ya desde ahora nos gloriamos de la «libertad de los hijos de Dios».

La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones de mundo exterior. Por el trabajo de la gracia. El Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa. Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos» (S. Ireneo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiere,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. Amén.

DOMINGO XII ORDINARIO “C”

Seguir a Cristo, cargar con su cruz

Za 12, 10-11: Mirarán al que traspasaron

Sal 62, 2.3-4.5-6.8-9: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío

Ga 3, 26-29: Los que habéis sido bautizados, os habéis revestido de Cristo

Lc 9,18-24: Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho


I. LA PALABRA DE DIOS

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Después de una pregunta general («¿quién dice la gente que soy yo?»), Jesús encara directamente a los discípulos. Pedro así lo entiende, y responde personalmente a Jesús. También nosotros debemos dejarnos interpelar personalmente por Él, cara a cara, dejándonos mirar por Cristo y mirándole fijamente. Jesús te pregunta: «¿Quién soy yo realmente para ti?». No bastan respuestas aprendidas, sabidas. Es necesaria una respuesta personal.

«El Hijo del hombre tiene que padecer...» Tras la respuesta de Pedro, es Jesús mismo quien explica quién es Él. Sólo Él conoce su propio misterio, su verdadera identidad. Cristo en la cruz será el primogénito traspasado por la lanza, fuente de gracia y clemencia, como había anunciado el profeta Zacarías. Debemos dejarnos enseñar e instruir por Él. Ante Cristo somos siempre aprendices. Su misterio nos supera y nos desborda. No lo entendemos, y aun nos resistimos, sobre todo cuando se trata de la cruz...

«El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo...» Conocer a Jesús es seguirle. De nada sirve saber cosas sobre Él si eso no nos conduce a seguirle más de cerca por su mismo camino. El verdadero conocimiento lleva al seguimiento. Y sólo siguiéndole de cerca podemos conocerle de veras.

S. Pablo en la carta a los Gálatas recuerda que vivimos en el reino de la fe, al que se entra por el bautismo que borra toda diferencia. Por el bautismo hemos sido revestidos de Cristo y las virtudes teologales nos facultan a participar de su naturaleza divina, e informan y vivifican todas las virtudes humanas o morales para llevar una vida moralmente buena.

El alma sedienta de Dios (salmo) recibe de Dios su fuerza (virtudes).

El Evangelio nos ha señalado el itinerario de la vida cristiana: seguir a Jesucristo y llegar a vivir en Él con Dios. Para ello se nos ha infundido la virtud de la fe, como a Pedro, que nos hace capaces de confesar al Hijo de Dios; la virtud teologal de la esperanza que «protege del desaliento... y dilata el corazón» en el seguimiento de Cristo, esperando el encuentro con Dios; y la virtud de la caridad que nos capacita para amar como Él nos amó en la cruz.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El seguimiento de Cristo
(1694 – 1698)

Incorporados a Cristo por el bautismo, los cristianos están «muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús», participando así en la vida del Resucitado. Siguiendo a Cristo y en unión con Él, los cristianos pueden ser «imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor», conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con «los sentimientos que tuvo Cristo» y siguiendo sus ejemplos.

Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como «hijos de la luz», «por la bondad, la justicia y la verdad» en todo.

El camino de Cristo «lleva a la vida», un camino contrario «lleva a la perdición». La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación. "Hay dos caminos, el uno de la vida, el otro de la muerte; pero entre los dos, una gran diferencia".

Las virtudes
(1803 – 1845)

Al hombre herido por el pecado no le es fácil guardar el equilibrio moral. Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación, mediante actos deliberados y la perseverancia –mantenida siempre en el esfuerzo– son purificadas y elevadas por la gracia divina, así forjan el carácter y dan soltura en la práctica gozosa del bien.

La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.

Hay dos clases de virtudes: las virtudes humanas o naturales y las virtudes teologales o sobrenaturales.

Las virtudes teologales

Las virtudes teologales son hábitos sobrenaturales, constantes y firmes, infundidos por Dios en el alma de los bautizados para disponerlos y hacerlos capaces de vivir en relación con la Santísima Trinidad, de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Tienen como origen, motivo y objeto, a Dios conocido por la fe, esperado y amado por Él mismo. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Son tres: la fe, la esperanza y la caridad. Dan forma y vivifican todas las virtudes morales.

La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y creemos todo lo que Él nos ha revelado y la Iglesia nos enseña.

La esperanza es la virtud teologal por la que de-seamos y esperamos de Dios, con una firme con-fianza, la vida eterna y las gracias para merecerla.

La caridad es la virtud teologal por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

Las virtudes humanas

Las virtudes humanas son actitudes habituales y firmes del entendimiento y la voluntad, adquiridas mediante el esfuerzo humano, que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe, dándonos facilidad, dominio y gozo para hacer libremente el bien y llevar una vida moralmente buena. Son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias de ser humano para armonizarse con el amor divino. Se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina. Cuatro virtudes desempeñan un papel fundamental. Por eso se las llama "cardinales"; todas las demás se agrupan en torno a ellas. Éstas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

La prudencia es la virtud que nos dispone para discernir el verdadero bien y para elegir los medios rectos para realizarlo.

La justicia es la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.

La fortaleza es la virtud que asegura la firmeza ante las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien.

La templanza es la virtud que modera la atracción de los placeres y procura la moderación en el uso de los bienes creados.

Dones y frutos del Espíritu Santo

Los dones del Espíritu Santo son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para obedecer con prontitud las inspiraciones divinas. Los dones completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Son siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: amor, alegría, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.

III. el testimonio cristiano

«El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios» (S. Gregorio de Nisa).

«La culminación de todas nuestras obras es el amor, este es el fin; para conseguirlo, corremos; una vez llegados, en él reposamos» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Dame, Señor, la firme voluntad,
compañera y sostén de la virtud;
la que sabe en el golfo hallar quietud
y, en medio de las sombras, claridad;

la que trueca en tesón la veleidad,
y el ocio en perennal solicitud,
y las ásperas fiebres en salud,
y los torpes engaños en verdad.

Y así conseguirá mi corazón
que los favores que a tu amor debí
le ofrezcan algún fruto en galardón.

Y aún tú, Señor, conseguirás así
que no llegue a romper mi confusión
la imagen tuya que pusiste en mí. Amén.

DOMINGO XI ORDINARIO “C”

La misericordia vence al pecado

2 S 12, 7-10. 13: El Señor perdona tu pecado. No morirás

Sal 31, 1-2.5.7.11: Perdona Señor, mi culpa y mi pecado

Ga 2, 16. 19-21: No soy yo, es Cristo quien vive en mí

Lc 7, 36-8,3: Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor


I. LA PALABRA DE DIOS

El pecado está en la vida de todo hombre. Pero la misericordia de Dios es para todos. Entre una realidad y otra, la vida cristiana se desarrolla en el arrepentimiento y la confianza en la misericordia divina.

Dios está dispuesto a perdonar los mayores pecados, como el de David, cuando media el arrepentimiento.

La síntesis de la buena noticia anunciada por Pablo es que el cristiano es justificado por la fe en Cristo y no por cumplir los preceptos mosaicos.

El Evangelio según S. Lucas es conocido como el de la misericordia de Dios.

«Tus pecados están perdonados». Destaca en este relato la gratitud y la alegría por el perdón. Todos los gestos de esta mujer muestran que a Jesús le debe todo: «sus muchos pecados están perdonados». El gozo la inunda. Y la gratitud también. La mujer va a Jesús con fe en Él y con arrepentimiento perfecto, que obtiene de Dios el perdón aun antes de la absolución externa manifestada por Jesús. Sus lágrimas no son sólo de arrepentimiento, sino de alegría, de gozo agradecido por el perdón obtenido. Su amor a Jesús es la respuesta de quien se sabe amada generosamente, gratuitamente; es respuesta a aquel que la amó primero (cf. 1Jn 4,19). El verdadero arrepentimiento es el movido por el amor. No hay pecado que Jesús no perdone. Tiene el poder de Dios.

«Tu fe te ha salvado». Como buen discípulo de Pablo, Lucas sabe bien que sólo Jesús salva, y que esta salvación se acoge por la fe. Esta mujer se sabe sin méritos propios. No se ha salvado ella: ha sido salvada. Ella ha creído en Jesús, se ha fiado de Él; y Jesús ha volcado sobre ella todo su poder salvífico convirtiéndola en una mujer nueva.

«Has juzgado rectamente». Todo esto es lo que muestra claramente la parábola que Jesús propone a Simón el fariseo. La parábola es de una lógica aplastante. Sin embargo, Simón no es capaz de sacar sus consecuencias en el plano religioso. El fariseo que todos llevamos dentro se rebela ante el hecho de recibir la salvación como don gratuito. Quisiéramos poder exhibir derechos ante Dios, quisiéramos no depender de Él totalmente. La gratitud y el gozo son los mejores signos de que hemos sido salvados.

El arrepentimiento es una gracia divina que hay que pedir para descubrir el pecado y amar a Dios sobre todas las cosas por Él mismo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La misericordia y el pecado
(1846 – 1848)

El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores. El ángel anuncia a José: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: «Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados».

Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (S. Agustín). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. «Si decimos: “no tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia».

Como afirma san Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos «la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor». Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: «Recibid el Espíritu Santo». Así, pues, en este «convencer en lo referente al pecado» descubrimos una “doble dádiva”: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito.

La misericordia vence al pecado
(1849 – 1851)

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna».

El pecado es una ofensa a Dios: «Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí» (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal. El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios”. Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación.

En la Pasión, la misericordia de Cristo vence al pecado. En ella, es donde éste manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados.

La contrición
(1451 – 1453)

La contrición es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar.

Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta” (contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental.

La llamada “contrición imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia.

¿Uno podría pedir perdón directamente a Dios, sin confesarse con un hombre? Siempre se puede, y se debe, pedir perdón a Dios; pero Dios, el único que perdona los pecado, ha querido conceder su perdón ordinariamente sólo por el ministerio de la Iglesia, en el Sacramento de la Penitencia, a través de la absolución del sacerdote. Cristo ha conferido este poder de perdonar pecados a los sacerdotes para que lo ejerzan en su nombre. Además, la reconciliación con la Iglesia, representada en el sacerdote, es inseparable de la reconciliación con Dios.

El Sacramento de la Penitencia produce una verdadera “resurrección espiritual”: nos reconcilia con Dios, nos reconcilia con la Iglesia, nos perdona la pena eterna contraída por los pecados mortales, nos perdona parte de la pena temporal merecida por nuestros pecados, nos devuelve la paz de la conciencia y nos aumenta las fuerzas espirituales para nuestra lucha cristiana contra el mal.

Conviene preparar la recepción del sacramento de la Penitencia mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas (Rm 12-15; 1 Co 12-13; Ga 5; Ef 4-6, etc.).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido. Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote. Porque “si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora» (S. Jerónimo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Señor mío Jesucristo,
Dios y hombre verdadero,
Creador, Padre y Redentor mío;
por ser Tú quién eres, Bondad infinita;
y porque te amo sobre todas las cosas;
me pesa de todo corazón haberte ofendido.

También me pesa
porque puedes castigarme
con las penas del infierno.

Ayudado por tu divina gracia,
propongo firmemente
nunca más pecar,
confesarme y cumplir la penitencia
que me fuera impuesta.

Amén.

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI “C”

«Sagrado Banquete»

Gn 14, 18-20: Melquisedec ofreció pan y vino

Sal 109, 1-4: Tu eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

1 Co 11, 23-26: Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Lc 9, 11-17: Comieron todos y se saciaron


I. LA PALABRA DE DIOS

En la primera lectura, Melquisedec ofrece el pan y el vino como elementos para un sacrificio incruento agradable a Dios. Es un signo anunciador del sacramento eucarístico.

La segunda lectura recoge el testimonio de San Pablo sobre el Memorial de la institución eucarística en la última cena, anticipo de la muerte de Jesús. Es una “tradición” que se remonta hasta el Señor. «Esto es mi cuerpo»: Categóricamente, sin metáforas, se afirma lo que llamamos “presencia real” y sustancial de Cristo (para la que se requiere una “transustanciación”); por eso, quien coma indignamente el “pan” y el “vino” se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor. En la Eucaristía, Cristo «se entrega por vosotros», en una “alianza nueva” sellada con su sangre; por tanto la Eucaristía es también el “sacrificio” de Cristo. Es “memorial” de la muerte de Cristo, renovación y actualización de su presencia, que ha de repetirse constantemente en la Iglesia por mano de los sacerdotes. Y esto, «hasta que vuelva», hasta su segunda venida.

Otro anuncio de la Eucaristía es la multiplicación de los panes como signo del banquete eucarístico que Cristo preside y distribuye por medio de los apóstoles y sus sucesores. Banquete que es el Memorial actualizado del Sacrificio de la Cruz en el que el sacerdote, la víctima y el Altar es el mismo Señor que se da como Alimento para la vida eterna.

«Dadles vosotros de comer». Cristo no se contenta con darnos su cuerpo en la eucaristía. Lo pone en nuestras manos para que llegue a todos. Es tarea de todos –no sólo de los sacerdotes– el que la eucaristía llegue a todos los hombres. Todo apostolado debe conducir a la eucaristía. Y que Cristo tenga cada vez más personas en quienes vivir, según las palabras del salmista: «No daré sueño a mis ojos ni reposo a mis párpados hasta que encuentre un lugar para el Señor».

Pero las palabras «dadles vosotros de comer» sugieren también otra aplicación. El que ha sido alimentado por Cristo no puede menos de dar y darse a los demás. La eucaristía es semilla de caridad. El que los pobres tengan qué comer también brota de la eucaristía. Por eso, el que frecuentando la eucaristía no crece en la caridad, es que en realidad no recibe a Cristo y le está rechazando.

«Comieron todos y se saciaron». La eucaristía es el alimento que sacia totalmente los anhelos más profundos del ser humano. Cristo no defrauda. Él es el pan de vida eterna: «El que venga a mí nunca más tendrá hambre» (Jn 6,35). Él –y sólo Él– calma el ansia de felicidad, la necesidad de ser querido, la búsqueda de la felicidad... ¿No es completamente insensato apagar nuestra sed en cisternas agrietadas que dejan insatisfecho y que, al fin, sólo producen dolor?

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Sacramento de la Eu­caristía (1322-1419)

La Eucaristía es el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesu­cristo, realmente presente bajo las especies de pan y de vino, memorial del sacrificio de la cruz, banquete pascual de la comunión en su amor y prenda de la gloria futura. Es la fuente, el corazón y la cumbre de toda la vida cristiana. En ella se contiene todo el bien espi­ritual de la Iglesia: Jesucristo, que asocia a su Iglesia, y a todos sus miembros, a su sacrificio pascual, ofrecido una vez por todas en la cruz al Padre; y, por medio de este sacrificio, derrama la gracia de la salvación sobre su Cuerpo que es la Iglesia.

Jesús instituyó la Eucaristía en la Última Cena con los apóstoles la víspera de su pasión. En ella tomó el pan y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros»; y luego, tomó el cáliz con el vino y dijo: «Esta es mi Sangre, que será derramada por vosotros»; y ordenó celebrarla a sus apóstoles hasta su retorno –«Hagan esto en me­moria mía»–, como memorial de su muerte y de su resurrección, para dejar a los suyos una prenda de su amor, para no alejarse nunca de ellos y para hacerles partícipes de su Pascua. De esta manera, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena, realizada en el Calvario y celebrada “hasta que Él vuelva” en la Eucaristía.

Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es un verdadero sacrificio porque representa –hace presente– el sacrificio de la cruz, ya que es su memorial y aplica su fruto.

La Santa Misa y el sacrificio de la Cruz son un único sacrifi­cio, pues se ofrece una y la misma víc­tima: Jesucristo. Sólo es diferente la manera de ofrecerse: Cristo se ofreció a sí mismo una vez en la cruz de manera cruenta –con derramamiento de sangre–, mientras en la Euca­ristía se ofrece por el ministerio de los sacerdotes de modo in­cruento –sin derramamiento de sangre–. Así, el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual. Y cuantas veces se celebra la Eucaristía, se realiza la obra de nuestra redención.

La Eucaristía es también el sacrificio de la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo y participa del sacrificio de su Cabeza. Con Cristo, la Iglesia se ofrece totalmente y se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. Cada fiel, miembro de su Cuerpo, tiene la oportunidad de unir en la Eucaristía su vida, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo a los de Cristo y a su total ofrenda. A esta ofrenda también se unen la Virgen María y los santos que están ya en la gloria del cielo y es ofrecido también por las almas del purgatorio para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo.

La Santa Misa es la celebración de la Eucaristía. Se llama así porque la celebración termina con el envío (“missio” en latín) de los fieles, a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida de cada día.

Sólo los sacerdotes válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero, en la celebración de la Eucaristía participan todos los fieles que acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarís­tica. A su cabeza está Cristo mismo, sumo y eterno sacerdote de la Nueva Alianza, que es el actor principal que preside invisiblemente toda ce­lebración eucarística. Como re­presentante suyo, la celebra el obispo o el sacerdote –actuando “en per­sona de Cristo-cabeza”– que preside la asamblea, predica la homilía, recibe las ofrendas, dice la plegaria eucarís­tica, consagra y reparte la comu­nión. Todos los fieles tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera: los lectores y monitores, los cantores, los que presentan las ofrendas, los que ayudan a dar la comunión, y el pueblo entero, cuyo “Amén” manifiesta su participación.

Después de la consagración, Jesús está realmente presente en la Eucaristía: lo que sigue pare­ciendo pan y vino es realmente el Cuerpo y la Sangre del Señor. El cambio de las especies euca­rísticas de pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo que ocurre en la Consagración se llama “transubstanciación”, que significa “cambio de substancia”. El pan y el vino, dejan de ser pan y vino y se convierten el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aunque siguen pareciendo pan y vino.

Cristo está presente en la Eucaris­tía verdadera, real y substancialmente con todo su Cuerpo, Sangre, alma y divinidad. Esta presencia se llama “real” porque es “substancial”, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente. Cristo está todo entero en cada una de las especies y en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo, que está real y permanentemente presente en la eucaristía mientras duren sin corromperse las especies eucarísticas.

En la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente durante la consagración en señal de adoración al Señor; y fuera de la misa, conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas en el sagrario, presentándolas a la adoración de los fieles en la exposición del Santísimo y llevándolas en procesión.

El cristiano, al entrar y salir del templo manifiesta su fe y saluda a Jesucristo presente en el Sagrario con una genuflexión, hincando la rodilla derecha, en señal de respeto y adoración. Lo mismo cada vez que se pasa por delante de Él. La visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor.

Porque la misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial del sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La celebración del sacrificio eucarístico se hace para que los fieles se unan íntimamente con Cristo por medio de la comunión.

Por eso, los fieles, con las debidas disposiciones, deben comulgar cuando participan en la misa. El mismo Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros». No obstante, quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

La Sagrada Comunión produce los siguientes frutos: acrecienta nuestra unión íntima con Cristo; conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo; nos purifica de los pecados veniales, porque fortalece la caridad; nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra amistad con Cristo; renueva, fortalece y profundiza la unidad con toda la Iglesia; nos compromete en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo; y se nos da la prenda de la gloria futura.

Para recibir bien la Sagrada Comunión son necesarias tres cosas: saber a quién vamos a recibir, estar en gracia de Dios y guardar el ayuno eucarístico, que consiste en no comer ni beber nada desde una hora antes de recibir la Comunión. También es importante la actitud corporal (gestos, vestido…) que manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis “Amén” a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “amén”. Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén” sea también verdadero» (S. Agustín).

«A nadie le es lícito participar de la Eucaristía sino al que crea que son verdad las cosas que enseñamos, y se haya lavado en aquel baño que da el perdón de los pecados y la nueva vida, y lleve una vida tal como Cristo enseñó» (San Justino).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Que la lengua humana
cante este misterio:
la Preciosa Sangre
y el Precioso Cuerpo.
Quien nació de Virgen,
Rey del Universo,
por salvar al mundo
dio su Sangre en precio.

Se entregó a nosotros,
se nos dio naciendo
de una casta Virgen;
y, acabado el tiempo,
tras haber sembrado
la Palabra al pueblo,
coronó su obra
con prodigio excelso.

Adorad postrados
este Sacramento,
cesa el viejo rito,
se establece el nuevo;
dudan los sentidos
y el entendimiento;
que la fe los supla
con asentimiento.

Himnos de alabanza,
bendición y obsequio;
por igual la gloria
y el poder y el reino
al eterno Padre
con el Hijo eterno,
y al divino Espíritu
que procede de ellos. Amén.