DOMINGO XXX ORDINARIO “C”

¡Señor, enséñanos a orar!

Si 35,15-17.20-22: Los gritos del pobre atraviesan las nubes.

Sal 33, 2-3. 17-23: Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha.

1 Tm 4,6-8.16-18: Ahora me aguarda la corona merecida.

Lc 18, 9-14: El publicano bajó a su casa justificado; el fariseo, no.


I. LA PALABRA DE DIOS

En el libro sapiencial del Eclesiástico se subraya la perseverancia de los humildes en la oración. Esto es lo que mueve a Dios. Sólo el pobre es audaz en su humildad. La oración del pobre es escuchada. ¿Quién puede presentarse rico ante Dios?

Las últimas palabras de la primera carta a Timoteo son como el testamento espiritual de S. Pablo: él ha mantenido la fe y ésta le sostiene a él ante la prueba final y del martirio.

En el Evangelio, la parábola del fariseo y del publicano muestra que la oración, además de confiada y constante, ha de ser humilde.

«En pie, … ¡Oh Dios!, te doy gracias». El fariseo no pide, agradece; pero su agradecimiento es hipócrita; piensa que es Dios quien tiene que estarle agradecido por ser tan buen cumplidor: 1°) No hace cosas malas «como los demás». 2°) Hace obras buenas, y más de las que están prescritas en la Ley. El fariseo piensa no necesitar nada para salvarse, sabe salvarse solo. “Nos encontramos ante dos actitudes diferentes, de la conciencia moral del hombre de todos los tiempos: el publicano nos presenta una conciencia penitente, plenamente consciente de la fragilidad de la propia naturaleza y que ve en sus faltas, cualesquiera que sean las justificaciones subjetivas, una confirmación de que su ser necesita redención. El fariseo nos presenta una conciencia satisfecha de sí misma, que cree poder observar la ley sin ayuda de la gracia y está convencida de no necesitar misericordia” (Juan Pablo II).

«Bajó a su casa justificado, y aquel no». El que se tenía por justo sale del templo siendo pecador, el que se confesó pecador sale del templo en amistad con Dios.

La actitud adecuada del hombre en su relación con Dios sólo puede ser la de reconocer que Dios es «el que es» y «el que hace ser» (Ex 3,14), mientras que el hombre es «el que no es nada por sí mismo», el que lo recibe todo de Dios. La auténtica relación del hombre con Dios sólo puede basarse en la verdad de lo que es Dios y en la verdad de lo que es el hombre. Por eso, enorgullecerse delante de Dios no es sólo algo que esté moralmente mal, sino que es vivir en la mentira radical: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7).

Esto es válido sobre todo para el encuentro con Dios en la oración. Además de la fe, que nos recordaba el evangelio del domingo pasado, es radicalmente necesaria la humildad, que nos recuerda el de hoy. La única actitud justa delante de Dios es la de acercarnos a Él mendigando su gracia, como el pobre que sabe que no tiene derecho a exigir nada y que pide confiando sólo en la bondad del que escucha, no en sus propios méritos. Por eso, nada hay más contrario a la verdadera oración que la actitud del fariseo, que se presenta ante Dios exigiendo derechos, pasando factura de “sus buenas obras”.

Más aún: no sólo no tenemos derecho, sino que somos positivamente indignos de estar en presencia de Dios por haber rechazado tantas invitaciones suyas a lo largo de nuestra vida. Nuestra realidad de pecadores es un motivo más para la humildad, que, como al publicano, nos debe hacer sentirnos avergonzados, sin atrevernos a levantar los ojos: «Ten compasión de este pecador».

En los anteriores domingos hemos recibido las enseñanzas de Jesús sobre la vida moral y la vida de oración. La parábola del fariseo y del publicano nos ayuda a recapitular nuestras reflexiones sobre la vida de oración: El único maestro de oración es Jesús; El ora y enseña a orar.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús ora
(2598 – 2606)

El modelo perfecto de oración se encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la soledad –en lo secreto–, la oración de Jesús entraña una adhesión amorosa a la voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta confianza en ser escuchada.

Jesús se retira con frecuencia en soledad a la montaña, con preferencia por la noche, para orar. Lleva a los hombres en su oración, y los ofrece al Padre, ofreciéndose a sí mismo. Sus palabras y sus obras aparecen como la manifestación visible de su oración «en lo secreto».

Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el Padre dé testimonio de Él en su Bautismo y de su Transfiguración, y antes de dar cumplimiento con su Pasión al designio de amor del Padre. Jesús ora también ante los momentos decisivos que van a comprometer la misión de sus apóstoles: antes de elegir y de llamar a los Doce, antes de que Pedro lo confiese como «el Cristo de Dios» y para que la fe del príncipe de los apóstoles no desfallezca ante la tentación. La oración de Jesús es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.

Los evangelistas han conservado las dos oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de ellas comienza precisamente con la acción de gracias. En la primera, Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los "pequeños": los pobres de las Bienaventuranzas. La segunda oración es narrada por San Juan en el pasaje de la resurrección de Lázaro. La acción de gracias precede al acontecimiento: «Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado», lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: «Yo sabía bien que tú siempre me escuchas», lo que implica que Jesús, por su parte, pide de una manera constante.

La “oración sacerdotal" de Jesús (cf Jn 17) ocupa un lugar único en la Economía de la salvación. Esta oración, en efecto, muestra el carácter permanente de la plegaria de nuestro Sumo Sacerdote, y, al mismo tiempo, contiene lo que Jesús nos enseña en la oración del Padre Nuestro.

Cuando llega “la hora” de cumplir el plan amoroso del Padre, Jesús deja entrever la profundidad insondable de su plegaría filial, no sólo antes de entregarse libremente: «Abbá... no mi voluntad, sino la tuya»; sino hasta en sus últimas palabras en la Cruz, donde orar y entregarse son una sola cosa: hasta ese “fuerte grito” cuando expira entregando el espíritu. Todos los infortunios de la humanidad de todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las intercesiones de la historia de la salvación están recogidas en este grito del Verbo encarnado. He aquí que el Padre las acoge y, por encima de toda esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo.

Jesús enseña a orar
(2607 – 2615)

«Estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Maestro, enséñanos a orar”». Es, sobre todo, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar. Entonces, puede aprender del Maestro de oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre.

En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseverante, una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a Dios en su nombre.

Jesús insiste en la conversión del corazón: la reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda sobre el altar, el amor a los enemigos y la oración por los perseguidores, orar al Padre “en lo secreto”, no gastar muchas palabras, perdonar desde el fondo del corazón al orar, la pureza del corazón y la búsqueda del Reino. Esta conversión se centra totalmente en el Padre; es lo propio de un hijo.

Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: «todo cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido». La oración de fe no consiste solamente en decir «Señor, Señor», sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre. Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino.

En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.

Jesús escucha la oración
(2616)

La oración a Jesús ya ha sido escuchada por Él durante su ministerio: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso, Jairo, la cananea, el buen ladrón), o en silencio (los portadores del paralítico, la hemorroisa que toca su vestido, las lágrimas y el perfume de la pecadora).

La petición apremiante de los ciegos: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» o «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: “¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!” Sanando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica con fe: «ve en paz, tu fe te ha salvado».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo no nos empujase a proferir este grito: ¡Abbá, Padre!» (S. Pedro Crisólogo).

San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: «Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a Él se dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros».

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén
.

DOMINGO XXIX ORDINARIO “C”

Pidan...

Ex 17, 8-13 Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel.

Sal 120, 1-8 El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

2 Tim 3,14-4,2 El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda buena obra.

Lc 18, 1-8 Dios hará justicia a sus elegidos, que claman a Él.


I. LA PALABRA DE DIOS

Moisés fue un gran ejemplo de orante. Su plegaria hecha con perseverancia fue eficaz. La oración de Moisés es la figura cautivadora de la oración de intercesión, que tiene su cumplimiento en el único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo‑Jesús.

Sigue la exhortación de S. Pablo a Timoteo: La Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura es el principal instrumento para que los sucesores de los apóstoles ejerzan su ministerio.

Por tercer domingo consecutivo el evangelio nos remite a la fe como realidad fundamental de nuestra vida cristina: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». En este caso, se trata de una fe que desemboca en oración, de una oración empapada de fe.

Para inculcarnos la necesidad de orar siempre sin desfallecer, Jesús nos propone la parábola del juez inicuo que «ni temía a Dios ni le importaban los hombres», es decir, tenía desquiciados los dos polos de su vida: la relación con Dios y con el prójimo. Si este hombre sin sentimientos atiende a los ruegos de la viuda sólo para que le deje en paz, ¡cuánto más no atenderá Dios las súplicas de los elegidos «que le gritan día y noche»!

La eficacia de la oración está garantizada por el lado de Dios, pues la súplica se encuentra con un Padre infinitamente amoroso que siempre escucha a sus hijos, atiende a sus necesidades y acude en su socorro. Pero del lado nuestro requiere una fe firme y sencilla, que suplica sin vacilar, convencida de que lo que pide ya está concedido. Es esta fe la que hace orar con insistencia –clamando «día y noche»– y con perseverancia –«siempre sin desanimarse»–, aunque a veces parezca que Dios no escucha, con la certeza de que «el auxilio me viene del Señor». La constancia es el núcleo de la enseñanza de esta parábola. Hay que perseverar a pesar de la amarga experiencia de que Dios “no interviene”.

Una ilustración de este poder de la oración lo tenemos en la primera lectura: «Mientras Moisés tenía en alto las manos vencía Israel». La oración es el arma más poderosa que nos ha sido dada. «La oración es lo único que vence a Dios» (Tertuliano). Ella es capaz de transformar los corazones y cambiar el curso de la historia. Una oración hecha con fe es invencible; ninguna dificultad se le resiste.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La oración de petición cristiana
(2629 – 2633)

Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra relación con Dios: por ser criaturas, no somos ni nuestro propio origen, ni dueños de nuestras adversidades, ni nuestro fin último; pero también, por ser pecadores, sabemos, como cristianos, que nos apartamos de nuestro Padre. La petición ya es un retorno hacia El.

La oración de la Iglesia es sostenida por la esperanza, aunque todavía estemos en la espera y tengamos que convertirnos cada día. La petición cristiana brota de otras profundidades, de lo que S. Pablo llama el gemido: el de la creación «que sufre dolores de parto» (Rm 8, 22), el nuestro también en la espera «del rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza» (Rm 8, 23‑24), y, por último, los «gemidos inefables» del propio Espíritu Santo que «viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rm 8, 26).

La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición (el publicano: «ten compasión de mí que soy pecador» Lc 13, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros: entonces cuanto pidamos lo recibimos de Él. Tanto la celebración de la Eucaristía como la oración personal comienzan con la petición de perdón.

La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús. Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.

El modelo del Padrenuestro:
las siete peticiones

(2803 – 2806)

Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro Padre para adorarle, amarle y bendecirle, el Espíritu filial hace surgir de nuestros corazones siete peticiones, siete bendiciones. Las tres primeras, más centradas en Dios, nos atraen hacia la Gloria del Padre; nos lleva hacia Él, para Él: ¡tu Nombre, tu Reino, tu Voluntad! Lo propio del amor es pensar primeramente en Aquel que amamos.

Al pedir: “Santificado sea tu Nombre” pedimos que el Nombre de Dios sea reconocido y tratado como santo por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada hombre.

Al pedir: “Venga a nosotros tu reino” pedimos principalmente el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También pedimos por el crecimiento del Reino de Dios, sirviendo a la verdad, a la justicia y a la paz, en el “hoy” de nuestras vidas.

Al pedir “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” pedimos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, realizar su plan de salvación, para la vida del mundo.

Las cuatro últimas peticiones, como caminos hacia Él, ofrecen nuestra miseria a su Gracia. Son la ofrenda de nuestra esperanza y atrae la mirada del Padre de las misericordias. Brota de nosotros y nos afecta ya ahora, en este mundo: "danos... perdónanos... no nos dejes... líbranos".

Al pedir “Danos hoy nuestro pan de cada día”, al decir “danos” queremos expresar, en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre del cielo; “nuestro pan” designa los alimentos y bienes terrenos necesarios para la subsistencia de todos y significa también el “Pan de Vida”: la Palabra de Dios y la Eucaristía.

Al pedir: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” imploramos la misericordia de Dios para nuestros pecados, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos querido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo.

Al pedir: “No nos dejes caer en la tentación”, pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

Al pedir: “Y líbranos del mal”, pedimos a Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria, ya conquistada por Cristo, sobre “el príncipe de este mundo”, sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación. Pedimos también que seamos liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros, de los que el Maligno es autor o instigador.

El “Amén” final del Padre Nuestro significa nuestro “fiat”, “hága­se”, es decir, cúmplanse las siete peticiones: “Así sea”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, El les promete darles todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a Dios: el que posee a Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios» (S. Cipriano).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Padre nuestro,
padre de todos,
líbrame del orgullo
de estar solo.

No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor.

No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no.

Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre "nosotros",
incluso si dice "yo".

Padre nuestro...

DOMINGO XXVIII ORDINARIO “C”

En todo, den gracias

2 R 5, 14-17: Volvió Naamán a Eliseo, y alabó al Señor

Sal 97, 1-4: El Señor revela a las naciones su salvación.

2 Tm 2, 8-13: Si perseveramos, reinaremos con Cristo

Lc 17, 11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?


I. LA PALABRA DE DIOS

El sirio Naamán, un extranjero, es modelo de persona agradecida por los bienes recibidos de Dios por medio del profeta Eliseo.

La segunda lectura presenta el evangelio anunciado por san Pablo, y confiado a su sucesor Timoteo, que consiste en la proclamación del Misterio pascual.

En los tres evangelios sinópticos (Mt, Mc y Lc) la vida pública de Jesús termina con su viaje a Jerusalén donde dio su último testimonio y entregó su vida. Exclusivamente san Lucas nos cuenta este episodio en el que, en ese camino, el Señor cura a diez leprosos y sólo uno, y extranjero, es agradecido.

«Tu fe te ha salvado». San Lucas subraya el contraste entre los nueve leprosos que no regresan y el que sí vuelve sobre sus pasos para dar gloria a Dios. Todos han quedado limpios de su lepra, pero sólo este ha sido «salvado», porque sólo él ha sabido reconocer en Jesús al Salvador. Por eso se le dice: «Tu fe te ha salvado». Y es que Jesús obra el milagro para provocar la fe y realizar así la curación de otra enfermedad más grave y profunda. «Se volvió» físicamente y, sin duda, espiritualmente. Quizás Lucas piensa en la fe cristiana del aquel hombre; de hecho, el verbo griego usado puede traducirse también por “se convirtió”.

Los beneficios que recibimos de Dios son signos de su poder salvador y de su amor misericordioso. ¿Recibo los dones de Dios como signos? ¿Me llevan a creer más en Cristo y a abrirme a su poder salvador?

Por otra parte, la auténtica fe lleva a adorar: «Se echó por tierra a los pies de Jesús». Este leproso, al verse curado, reconoce la grandeza de Cristo y experimenta la necesidad de adorarle. Frente a la actitud de los otros nueve, que sólo buscan a Jesús para su propio interés y cuando han recibido la curación se olvidan de Él, este hombre entiende que Jesús es el Señor y que ha de ser amado por sí mismo y servido con absoluto desinterés. En él, la fe se convierte en amor agradecido y adoración. ¿Cómo es mi relación con Dios? ¿Le sirvo con todas mis fuerzas, o me sirvo de Él para mis fines?

Esta fe le ha hecho experimentar además la compasión de Jesús. Los otros nueve, que también pedían «ten compasión de nosotros», han sentido su cuerpo sanado, pero no han experimentado la compasión y la misericordia de Cristo que sólo la fe hace posible.

«Jesús tomó la palabra y dijo…»: La naturaleza humana de Cristo poseía esa riqueza que llamamos sensibilidad: le agradaba la gratitud, le dolía el desagradecimiento.

La Eucaristía es la Acción de Gracias por excelencia. Unidos a Jesucristo en su Muerte y Resurrección todo se agradece a Dios Padre, por Cristo, con Él y en Él: gracias por los beneficios recibidos: ¡Dios nos ama!; gracias por todo lo que nos sucede: ¡sólo Dios sabe!; gracias en la necesidad, en la pena y en el sufrimiento: ¡en Dios confiamos!

La acción de gracias a Dios, que es la forma más común de oración de la Iglesia, no lo es tanto en la vida de muchos cristianos. ¿Acaso seremos de los nueve leprosos malagradecidos? Sólo el que se reconoce sin derechos e indigno de la bondad de Dios, es agradecido.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La acción de gracias y la alabanza al Padre
por medio de Jesucristo

(1359 – 1361)

La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la Gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios, da testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre. La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquél que es su fuente y su término: «un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros» (1 Co 8, 6).

La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.

"Eucaristía" significa, ante todo, acción de gracias. La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación.

La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: Él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él.

La oración de acción de gracias
(2637 – 2638; 2648)

La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación del pecado y de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias le los miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.

Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. Las cartas de San Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. «En todo den gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de ustedes» (1 Ts 5, 18). «Sean perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Col 4, 2).

Toda alegría y toda pena, todo acontecimiento y toda necesidad pueden ser motivo de oración de acción de gracias, la cual, participando de la de Cristo, debe llenar la vida entera: «En todo den gracias» (1 Ts 5, 18).

La adoración
(2628)

La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el "Rey de la gloria" y el silencio respetuoso en presencia de Dios "siempre mayor" (S. Agustín). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El presidente de la eucaristía toma el pan y el vino y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da las gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones» (S. Justino).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Gracias, Señor, por la aurora;
gracias, por el nuevo día;
gracias, por la Eucaristía;
gracias, por nuestra Señora:

Y gracias, por cada hora
de nuestro andar peregrino.

Gracias, por el don divino
de tu paz y de tu amor,
la alegría y el dolor,
al compartir tu camino.

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

Amén.

DOMINGO XXVII ORDINARIO “C”

La fe mueve montañas

Hab l,2-3; 2,2-4: El justo vivirá por su fe.

Sal 94, 1-9 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

2 Tm l,6-8.13-14: No tengan miedo de dar la cara por nuestro Señor.

Lc l7, 5-10: ¡Si tuvierais fe...!


I. LA PALABRA DE DIOS

La segunda carta pastoral a Timoteo recuerda el don del Espíritu que éste recibió en su ordenación como sucesor de los Apóstoles; espíritu de gobierno y de fortaleza para mantener con fidelidad el tesoro de la fe cristiana.

La frase del profeta Habacuc: «El justo vivirá por su fe», fue citada por S. Pablo como argumento fundamental en su carta a los Romanos. El Nuevo Testamento nos recuerda de múltiples maneras que la fe es el único camino para nuestra relación con Dios: «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11,6). Por eso mismo es la raíz y fundamento de toda la vida del cristiano. En el judaísmo estaba extendida la idea de que el cumplimiento mecánico de la Ley confiere derechos ante Dios, lo que supone prácticamente poder redimirse a sí mismo. Sin embargo, nuestra vida cristiana no se apoya en nuestros propios méritos. El hombre es incapaz de salvarse por su propio esfuerzo, toda “recompensa” de parte del Señor es “gracia” suya (don gratuito).

El Evangelio recoge la enseñanza de Jesús a sus discípulos sobre la actitud definitoria del creyente: es un hombre de fe que busca sólo hacer la voluntad de Dios. ¿Quién la tiene? La fe es un don de Dios que es necesario para salvarnos, un don que hay que reconocer y por el que darle gracias. Es un don que hay que pedir: ¡Señor, «auméntanos la fe»! Es un don que hay que conservar y hacer crecer. En rigor, no “se tiene fe”, sino que “se es creyente” o no se es, y se progresa o se retrocede en esa adhesión a Cristo. El ejercicio de la fe asegura el crecimiento de la misma, que no se tiene –ni se pierde– toda de una vez.

Las palabras «si tuvierais fe» que Jesús dirige a los apóstoles, y a nosotros, sugieren que nuestra fe es prácticamente nula o sólo interesada en lo milagroso, ya que bastaría «un granito» para ver maravillas. Es grande el poder de la fe, pues cuenta con el poder infinito de Dios. El verdadero creyente no se apoya en sus limitadas capacidades humanas, sino en la ilimitada potencia de Dios, para el cual «nada hay imposible» (Lc 1,37). La fe es la única condición que Jesús pone a cada paso para obrar milagros y es también la condición que espera encontrar hoy en nosotros para seguir realizando sus maravillas y llevar adelante la historia de la salvación en nuestro mundo.

El texto evangélico quiere fijar nuestra atención en este poder de Dios. El ejemplo de la morera es una forma de ilustrar que Dios es capaz de realizar lo humanamente imposible. Por eso, lo decisivo no son las dificultades y los males que vemos a nuestro alrededor. Lo decisivo es la fe que espera todo de Dios, que no pone límites al poder de Dios. «Si crees verás la gloria de Dios» (Jn 11,40), es decir, a Dios mismo actuando y transformando la muerte en vida. A nosotros, pobres siervos, nos corresponde avivar el fuego de esta gracia de la fe que nos ha sido dada; esto es «lo que teníamos que hacer».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe, virtud teologal
(1814 – 1816)

La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma.

Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios. La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios y a toda la verdad que Dios ha revelado. Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla.

Las características de la fe
(153 – 165)

La fe es don de Dios y respuesta del hombre: en la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia.

La fe es una gracia. La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad.

La fe es un acto humano. Creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas.

La fe trata de comprender. El creyente de­sea conocer mejor a Aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor.

La libertad de la fe. El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. El acto de fe es voluntario por su propia naturaleza.

La necesidad de la fe. Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación; y nadie, a no ser que haya perseverado en ella hasta el fin, obtendrá la vida eterna.

La perseverancia en la fe. La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1 Tm 1, 18‑19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe actuar por la caridad –la fe sin obras está muerta–, ser sostenida por la esperanza y debe estar enraizada en la fe de la Iglesia.

Luminosa, por Aquel en quien se cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación. «Sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hb 12, 1‑2).

Los pecados contra la fe
(2087 – 2089)

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar con­tra la fe:

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer.

La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del espíritu.

La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento.

La herejía es la negación pertinaz de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma.

El cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.

La apostasía es el rechazo total, después de haber recibido el bautismo, de la fe cristiana.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio».

Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven». Gracias a esta "fe poderosa", Abraham vino a ser "el padre de todos los creyentes".

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Isabel la saludó: «Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada.

Durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el "cumplimiento" de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Mis ojos, mis pobres ojos
que acaban de despertar
los hiciste para ver,
no sólo para llorar.

Haz que sepa adivinar
entre las sombras la luz,
que nunca me ciegue el mal
ni olvide que existes tú.

Que, cuando llegue el dolor,
que yo sé que llegará,
no se me enturbie el amor,
ni se me nuble la paz.

Sostén ahora mi fe,
pues, cuando llegue a tu hogar,
con mis ojos te veré
y mi llanto cesará. Amén.