DOMINGO I DE ADVIENTO “A”

Esperar al que viene a hacer nuevas todas las cosas es empezar a sentirse renovado

Is 2,1-15: El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del Reino de Dios.

Sal 121: Vamos alegres a la casa del Señor.

Rm 13,11-14: Nuestra salvación está cerca.

Mt 24,37-44: Estén en vela para estar preparados.


I. LA PALABRA DE DIOS

En el pórtico del Adviento nos encontramos con el texto de Isaías. Es la primera lectura que la Iglesia nos proclama en este Adviento. Más aún, es el primer texto que escuchamos en el nuevo año litúrgico que hoy empezamos. Y ello nos indica el calibre de la esperanza con que hemos de vivir esta nueva etapa. La visión no puede ser más grandiosa: pueblos innumerables que confluyen hacia la casa de Dios.

Isaías contempla desde Sión la ciudad santa abriendo una nueva esperanza por la próxima intervención salvadora de Yavé. Dios será el centro de atención de todos los pueblos, centro de instrucción sobre la Ley. Yavé inaugura una nueva etapa de salvación.

La Iglesia es el monte santo, la casa del Señor, la ciudad puesta en lo alto de un monte, la lámpara colocada en el candelero para que ilumine a todos los que están en este mundo. De esta nueva Jerusalén sale la Palabra del Señor. Ella da a los hombres lo más grande que tiene y lo mejor que los hombres pueden recibir: la Palabra de Dios, la voluntad de su Señor. Más aún, da a Cristo mismo, que es la Palabra personal del Padre. Y con Cristo da la paz y la hermandad entre todos los que le aceptan como Señor de sus vidas.

Frente a todo planteamiento individualista, esta visión debe dilatar nuestra mirada. Frente a toda desesperanza porque no vemos aún que de hecho esto sea así, Dios quiere infundir en nosotros la certeza de que será realidad porque Él lo promete. Más aún, a ello se compromete. Por eso la segunda lectura y el evangelio nos sacuden para que reaccionemos: «Daos cuenta del momento en que vivís».

En esta etapa de la historia de la salvación estamos llamados a experimentar las maravillas de Dios, la conversión de multitudes al Dios vivo. Más aún, se nos llama a ser colaboradores activos y protagonistas de esta historia. Pero ello requiere antes nuestra propia conversión: «Es hora de espabilarse... dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz», «caminemos a la luz del Señor».

Lo viejo está pasado; lo nuevo se nos echa encima. La vigilancia cristiana –actitud tan destacada en la lectura evangélica– no es mirar temerosos en todas direcciones adivinando dónde pueda estar el enemigo, sino mantenerse alerta para descubrir los signos del Reino de Dios en el mundo.

Lo cristiano no es esperar a que nos den hecha la historia. Cuando el creyente se compromete con ella está haciendo presente la salvación de Dios, no la que él quiera hacer. Lo alienante es quedarse quieto; lo evangélico es trabajar por el Reino de Dios. Cuando alguien sabe que el Reino de Dios viene de Él, de Dios, no está afirmando lo obvio, está dando muestras de no inventarse el Reino de Dios. El reto cristiano es que aquí, en este mundo precisamente, se hace la salvación por Dios y su Reino.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La esperanza de los cielos nuevos
y de la tierra nueva
(1042-1045).

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reina­rán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado. La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la huma­ni­dad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo.

La Sagrada Escritura llama «cielos nuevos y tierra nueva» a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo. Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra». En este «universo nuevo», la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina es "como el sacramento" –el signo y el instrumento–. Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios, “la Esposa del Cordero”. Ya no estará herida por el pecado, ni por las manchas, ni por el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

El juicio sucederá
cuando vuelva Cristo glorioso
(1038-1040).

La resurrección de todos los muertos, «de los justos y de los pecadores», precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación». Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles... Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda... E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».

Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su adve­nimiento. Entonces, Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.

La vigilancia ante el Reino de Dios
(2730, 1001)

Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al "hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe.

La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar». ¿Cuándo? Sin duda en el "último día"; "al fin del mundo".

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La espera de una tierra nueva no debe amortiguar sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimien­to del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios» (Concilio Vaticano II, Gaudiúm et Spes, 38).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Preparemos los caminos
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.

Ven, Señor, a libertarnos,
ven tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.

El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el Mesías prometido,
hecho niño, va a nacer.

Te esperamos anhelantes
y sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar. Amén.

DOMINGO XXXIV ORDINARIO “C”

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

«Jesucristo es el Señor»

2 S 5, 1-3: Ungieron a David como rey de Israel

Sal 121, 1-5: Vamos alegres a la casa del Señor

Col 1, 12-20: Nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido

Lc 23, 35-43: Señor, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino


I. LA PALABRA DE DIOS

David es ungido del Señor. Es cristo o ungido (cristo significa ungido). Se ungía a los reyes porque representaban a Dios en medio de su pueblo.

Jesús fue ungido por el Espíritu Santo públicamente en el Bautismo del Jordán. En la cruz es proclamado rey por el título de su condena y por la invocación del malhechor crucificado junto a Él.

La entronización del Rey del universo se hace en la cruz, suplicio de muerte para malhechores. El reinado de Jesucristo es el Reinado de Dios, de amor y de vida. Amor que tiene su máxima expresión en la cruz. Vida que gana para todos los hombres en la cruz.

Cristo agonizante manifiesta su realeza sobre la muerte y el pecado. ¡Qué paradoja! A un hombre que es un hombre agonizante como Él, a un hombre que es un gran malhechor –que recibe en el suplicio el pago justo por lo que ha hecho–, le dice con soberano aplomo: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso». Así es como reina Cristo. Ejerce su soberanía salvando. Basta una súplica humilde y confiada para que desencadene todo su poder salvador.

El himno recogido en esta carta a los Colosenses acumula título sobre título para exaltar la indescriptible grandeza de nuestro Señor. Dios Padre nos ha introducido en el reino de su Hijo gracias a que por la sangre de Cristo hemos sido redimidos, hemos quedado libres de nuestros pecados.

Esta sangre que fluye del costado de Cristo inunda todo, lo purifica, lo regenera, lo fecunda, extiende por todas partes su eficacia salvífica. El dominio de Cristo sobre nosotros es para ejercer su influjo vivificador. Como cabeza que es, toda la vida de cada uno de los miembros del Cuerpo depende de que acoja el señorío de Cristo en sí mismo. Más aún, el universo entero sólo alcanzará su plenitud cuando el reinado de Cristo sea total y perfecto y Dios sea todo en todos.

Nunca hemos de olvidar que nuestro Rey es un rey crucificado. En vez de salvarse a sí mismo del suplicio, como le pide la gente, prefiere aceptarlo para salvar multitudes para toda la eternidad. Mirando a este Rey crucificado entendemos que también nuestra muerte es vida y nuestra humillación victoria. Entendemos que el sufrimiento por amor es fecundo, es fuente de una vida que brota para la vida eterna. Mirando a este Rey crucificado se trastocan todos nuestros criterios de eficacia, de deseo de influir, de dominio.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, Hijo único de Dios y Señor
(436 – 451)

El nombre de Cristo es la traducción al griego del término hebreo "Mesías" que quiere decir "ungido". En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de El. Este era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey. Jesús es el Cristo porque «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder». Era «el que ha de venir», el objeto de «la Esperanza de Israel».

Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su bautismo por Juan. Durante su vida pública, Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.

El verdadero sentido de su realeza mesiánica no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Y solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado».

El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: Él es el Hijo único del Padre y Él mismo es Dios. Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios.

Pedro confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» y Jesús le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Este será, desde el principio, el centro de la fe apostólica profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia.

Si Pedro pudo reconocer el carácter trascendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?», Jesús respondió: «tu lo dices: yo soy». Ya mucho antes, Él se designó como el "Hijo" que conoce al Padre, que es distinto de los "siervos" que Dios envió antes a su pueblo, superior a los propios ángeles. Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás "nuestro Padre" salvo para ordenarles «ustedes, pues, oren así: Padre Nuestro»; y subrayó esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre».

Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su "Hijo amado". Jesús se designa a sí mismo como "el Hijo Único de Dios" y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en "el Nombre del Hijo Único de Dios". Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios», porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título "Hijo de Dios".

Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos». Los apóstoles podrán confesar «Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad».

El nombre de Señor significa la soberanía divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad. «Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo».

En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés, YaHWeH, es traducido por "Kyrios" ("Señor"). El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título "Señor" para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios.

A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban la soberanía divina de Jesús.

Este título –“Señor”– expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío». Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!».

Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo.

La oración cristiana está marcada por el título "Señor", ya sea en la invitación a la oración "el Señor esté con ustedes”, o en su conclusión "por Jesucristo nuestro Señor" o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: "Maran atha" ("¡el Señor viene!") o "Marana tha" ("¡Ven, Señor!"): «¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«En el nombre de Cristo está sobrentendido el que ha ungido, el que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: el que ha ungido, es el Padre, el que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción» (S. Ireneo de Lyon).

«Que el Credo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
con una mirada suave,
te lo diré contemplando
tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizá con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,
con los hombres y los ángeles,
con el aliento del cielo
que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro valle! Amén.

DOMINGO XXXIII ORDINARIO “C”

Creo en la vida eterna

Ml 3,19-20a: Les iluminará un sol de justicia.

Sal 97, 5-9: El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

2 Ts 3, 7-12: El que no trabaja, que no coma.

Lc 21,5-19: Con su perseverancia, salvarán sus almas.


I. LA PALABRA DE DIOS

Malaquías y los últimos profetas anteriores a la venida de Jesucristo anunciaron «el día del Señor», grande y terrible. Las descripciones bíblicas del «último día» hablan de destrucción de lo que es pasajero, y de revelación del único Señor y Dios. ¿Producen temor, o más bien alimentan la esperanza en el Señor que viene?.

El apóstol Pablo critica en la segunda lectura a los que viven sin trabajar, a costa de los demás, con la excusa de esperar la venida del Señor. Él, con su ejemplo de vida, les enseña a mantenerse vigilantes, pero con serenidad y laboriosidad.

En el Evangelio, a pesar de la brillantez de la entrada de Jesús en Jerusalén, el presagio de la Pasión ya cercana oscureció los últimos días del Maestro en la ciudad santa. Jesús aprovechó para instruir a los discípulos acerca de la próxima destrucción del Templo y de la ciudad, así como sobre las persecuciones que acompañarían al nacimiento de la Iglesia, teniendo como perspectiva última el final de los tiempos.

«No quedará piedra sobre piedra». Jesús anuncia a todos la ruina de lo que más amaban. Pero el peligro más serio no era la caída de Jerusalén, ni la destrucción del Templo, sino la falta de fidelidad por cansancio en la larga espera, llena de persecuciones y dificultades, antes de entrar en la “gloria”. «Perseverancia» es paciencia, constancia, capacidad de resistir.

«Cuidado con que nadie os engañe». Son muchas veces las que el Nuevo Testamento nos advierte que surgirán falsos maestros y profetas (1 Tim 1,3-7; 6,3-5; 2 Tim 4,3-4; 2 Pe 2,1-3...) y que hemos de estar atentos para no dejarnos embaucar. En estos tiempos de confusión es necesaria más que nunca una fe firme y vigilante, una fe consciente y bien formada que sea capaz de discernir para detectar y denunciar estos falsos mesías: «muchos vendrán usando mi nombre, diciendo: “Yo soy”». Al final se pondrá de manifiesto su falsedad, pues desaparecerán como la paja, «no quedará de ellos ni rama ni raíz » (primera lectura). Pero mientras tanto pueden causar estragos.

«Todos os odiarán por causa de mi nombre». La persecución no debe sorprender al cristiano. Está más que avisada por Cristo. Más aún, está asegurada al que le es fiel a Él y a su evangelio. «Así tendréis ocasión de dar testimonio». Jesús y su Espíritu no abandonarán nunca a sus mártires (= testigos); les darán la capacidad de hablar con sabiduría elocuente. Por lo demás, nada más falso que concebir la vida en este mundo como un remanso de paz. La vida nos ha sido dada para combatir, para luchar por Cristo y por los hermanos. El que renuncia a luchar ya está derrotado. La seguridad nos viene de la protección fiel de Cristo, que ha luchado y sufrido antes que nosotros y más que nosotros.

Con la mirada puesta en las cosas últimas y definitivas, la Palabra de Dios quiere liberarnos de falsas ilusiones y espejismos. Lo mismo que aquellos judíos deslumbrados por la belleza exterior del templo, también nosotros nos deslumbramos por cosas que son pura apariencia, que son efímeras y pasajeras. Frente a tanta falsedad que nos acecha en el mundo en que vivimos, frente a tantas ofertas vanas e inconsistentes, sólo la Palabra de Dios es la verdad, sólo ella «permanece para siempre».

La enseñanza de la Iglesia sobre el juicio final y el último día es un mensaje esperanzador. Quien vive en Cristo, espera y ansía ver a Dios.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El juicio final
(1020, 1038 – 1041)

El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. La resurrección de todos los muertos, de los justos y de los pecadores, precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 28‑29). Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles... y serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda... E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna» (Mt 25, 31ss).

Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces, Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.

El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación». Inspira el santo temor de Dios (respeto a Dios). Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la «bienaventurada esperanza» de la vuelta del Señor que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído».

La esperanza de los cielos nuevos y la tierra nueva
(1042 – 1048)

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado.

Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres.

La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo. Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra». En este “universo nuevo” Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».

Frutos para la vida eterna
(1049 – 1050)

No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz.

Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontraremos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal.

Venga a nosotros tu Reino
(2816 – 2821)

Marana Tha”, es el grito del Espíritu y de la Esposa: “ven, Señor Jesús”: es a Cristo en persona a quien llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete.

«El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo». Sólo un corazón puro puede decir con seguridad: "¡venga a nosotros tu Reino!" Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: «Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal» (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: "¡venga tu Reino!".

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Todo el mal que hacen los malos se registra –y ellos no lo saben–. El día en que "Dios no se callará" ... Se volverá hacia los malos: "Yo había colocado sobre la tierra, dirá El, a los pobrecitos para ustedes. Yo, su cabeza gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubieran dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados de ustedes para llevar sus buenas obras a mi tesoro: como no han depositado nada en sus manos, no poseen nada en Mí” (San Agustín).

«A la tarde [de la vida] te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
más cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.

Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.

Este mundo bueno fue
si bien usásemos de él
como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquel
que atendemos.

DOMINGO XXXII ORDINARIO “C”

Creo en la resurrección de la carne

2 M 7, 1-2.9-14: El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.

Sal 16,1-15: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

2 Ts 2, 15-3,5: El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Lc 20,27-38: Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.


I. LA PALABRA DE DIOS

En la última etapa del Antiguo Testamento era bastante común la creencia en la resurrección de los muertos, si bien limitada a los justos y a los mártires, como los siete hermanos Macabeos con su madre.

Jesús se remonta al más antiguo testimonio de Moisés para fundamentar la doctrina sobre la vida eterna y la resurrección de todos los difuntos, contra los saduceos de Jerusalén, que sólo aceptaban el Pentateuco y que la negaban e ironizaban sobre ello, tal como se expresan en la pregunta que hacen a Jesús.

La argumentación de Jesús es: 1.°) No aceptáis la resurrección por entenderla de forma demasiado “carnal”. 2.°) Aun aceptando de la Escritura solamente el Pentateuco, debéis recordar que en sus páginas se habla de la inmortalidad y la resurrección. Como en la parábola del rico y de Lázaro, las palabras de Jesús suponen la existencia de un estado, o situación, de los difuntos previo a la resurrección universal.

El texto evangélico quiere recordarnos algo tan central en nuestra fe como es la resurrección de los muertos. Se trata de algo tan fundamental, de una realidad tan conectada al misterio de Cristo, que san Pablo puede afirmar: «Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado» (1 Cor 15, 13.16). Y es que Dios es un Dios de vivos, el Dios vivo y fuente de vida. El que realmente está unido a Él no permanece en la muerte, ni en la muerte del pecado ni en la muerte corporal.

Esta esperanza en la resurrección nos libra del miedo a la muerte. Cristo ha venido a «liberar a los que por miedo a la muerte pasaban la vida como esclavos» (Hb 2,15). La muerte es como un paño oscuro que cubre la humanidad cerrando todo horizonte (Is 25,7). Pero Cristo ha descorrido ese paño y ha abierto la puerta de la luz y la esperanza, de manera que la muerte ya no es un final. La primera lectura nos muestra cómo el que cree en la resurrección no teme la muerte; al contrario, la encara con valentía y la desafía con firmeza triunfal. «¿Dónde está, muerta, tu victoria?» (1 Cor 15,55).

La certeza de la resurrección es el «consuelo permanente» y la «gran esperanza» que Dios ha regalado precisamente porque «nos ha amado tanto» (segunda lectura). Frente a la pena y aflicción en que viven los que no tienen esperanza, el verdadero creyente vive en el gozo de la esperanza (Rom 12,12). A la luz de esto hemos de preguntarnos: ¿Cómo es mi esperanza en la resurrección? ¿Qué grado de convicción y certeza tiene? ¿En qué medida ilumina y sostiene toda mi vida?

La Iglesia ora por los difuntos. Sabe por la fe que viven. Pide la intercesión de los santos que viven con Dios, en el cielo. Ora en sufragio por los que se purifican después de muertos en el purgatorio. Ora para que nadie muera eternamente en el infierno.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Creo en la resurrección de la carne
(988 – 991)

El Credo cristiano culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna. Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día.

La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también “nuestros cuerpos mortales” volverán a tener vida. Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana.

La resurrección de Cristo y la nuestra
(992 – 1004)

La esperanza en la resurrección de los muertos es una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, y por Él.

¿Qué es resucitar? En la muerte –separación del alma y el cuerpo al final de la vida terrena– el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma inmortal va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos definitivamente a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: «los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación».

¿Cómo resucitaremos? Cristo resucitó con su propio cuerpo: «Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo»; pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él «todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora», pero este cuerpo será «transfigurado en cuerpo de gloria», en «cuerpo espiritual».

¿Cuándo vamos a resucitar? Sin duda en el «último día»; «al fin del mundo». En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (1Ts 4, 16).

El sentido de la muerte cristiana
(1010 – 1014)

En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es «salario del pecado». Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección.

La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y, como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida.

La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.” (Misa de difuntos).

La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida terrena", ya no volveremos a otras vidas terrenas. «Está establecido que los hombres mueran una sola vez» (Hb 9, 27). Por tanto, no hay "reencarnación" después de la muerte.

La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte ("De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor": antiguas Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Avemaría), y a confiarnos a San José, patrono de la buena muerte.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
»
(San Francisco de Asís).

«Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?» (Imitación de Cristo).

«Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección». (S. Ireneo de Lyón).

«La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella» (Tertuliano).

IV LA ORACIÓN CRISTIANA

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. Amén.

DOMINGO XXXI ORDINARIO “C”

«Cristiano, reconoce tu dignidad»

Sb 11, 23-12,2: Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres.

Sal 144, 1-14: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

2 Ts 1, 11-2,2: Que Jesús nuestro Señor sea su gloria y ustedes sean la gloria de Él.

Lc 19, 1-10: El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.


I. LA PALABRA DE DIOS

El libro de la Sabiduría describe la infinita misericordia y bondad de Dios Padre sobre los hombres.

Comienza la lectura de la segunda carta a los Tesalonicenses que trata sobre el fin de los tiempos.

En el Evangelio, antes de llegar Jesús a Jerusalén pasó por Jericó; allí mostró una vez más su misericordia acercándose al pecador más marginado, el jefe de los recaudadores, Zaqueo, y provocando su conversión.

Zaqueo es presentado con discretas pinceladas humorísticas: «era bajo de estatura», fracasa en sus intentos y queda ahogado entre «la gente» “normal”, pero su deseo de ver a Jesús –no precisamente de ser visto por Él– es más fuerte que el respeto humano: corre aparatosamente para adelantarse al gentío y sube gateando al primer árbol.

«Trataba de distinguir quién era Jesús, … Jesús levantó los ojos». Hay un juego de miradas: Zaqueo intentaba ver a Jesús; y «para verlo» trepó al árbol; no sospechaba que la iniciativa de ver la tiene el Señor. Y hay también un juego de subir y de bajar, físico y espiritual: Zaqueo ha subido para ver, Jesús le manda bajar; se repite el estilo salvador de Dios, proclamado treinta años antes por María.

«Hoy tengo que alojarme en tu casa». Sorprende la actitud de Jesús que toma la iniciativa. Zaqueo no le ha pedido nada, simplemente tenía curiosidad por conocer a ese Jesús de quien probablemente había oído hablar. Pero Jesús se adelanta, se auto invita. Él quiere vivir contigo, entrar en tu casa, permanecer en ella. ¿Le dejas? «Estoy a la puerta llamando; si alguno me oye y abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Jesús desea ante todo la intimidad contigo. Precisamente «hoy», ahora.

«...en casa de un pecador». Una vez más Jesús rompe todas las barreras. Los fariseos –los más cumplidores y los maestros espirituales del pueblo judío– no osaban juntarse con los publicanos, pecadores públicos; cuánto menos entrar en sus casas: se contaminarían. Pero Jesús se acerca sin prejuicios, a pesar de las murmuraciones.

«Restituiré cuatro veces más». La Misná decía: “la regla de restituir el doble (Cf. Ex 22,6) se aplica más frecuentemente que la de restituir el cuádruplo o el quíntuplo” (Cf. Ex 21,37). Pero la ley antigua quedaba corta para el alma bien dispuesta de Zaqueo, hombre de muy buena estatura espiritual.

«Hoy ha sido la salvación de esta casa». La entrada de Jesús no le contamina; por el contrario, Jesús «contagia» a Zaqueo la salvación, porque donde entra el Salvador entra la salvación. Por eso Zaqueo, sorprendido por este amor gratuito e incondicional, le recibe «muy contento». Y cambia de vida. Sin que Jesús le exija –ni tan siquiera le insinúe– nada. Ha sido vencido por la fuerza del amor. El que los fariseos daban por perdido –hasta el punto de no acercarse a él– ha sido salvado. Pues Jesús ha venido precisamente para eso: «a buscar y a salvar lo que estaba perdido». Su sola presencia transforma. En la medida en que le dejes entrar en tu vida irás viendo cómo toda ella se renueva.

A partir del episodio de la conversión de Zaqueo descubrimos: a Cristo, imagen perfecta del amor misericordioso de Dios, proclamado en la primera lectura; al pecador, que recibe el abrazo del perdón y la conversión; la vocación del convertido ser –como el Señor que le ha perdonado– compasivo y misericordioso.

La vida en Cristo o vida moral tiene estos mismos principios: ser perfectos como el Padre celestial es perfecto; en Cristo está el Camino, la Verdad y la vida; el Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, nos da la dignidad de participar de la misma naturaleza divina y vivir como Él.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La vida en Cristo
(1691 – 1696)

En el Símbolo de la fe (el Credo) profesamos la grandeza de los dones de Dios al hombre por la obra de su Creación, y más aún, por la Redención y la Santificación. Lo que confesamos por la fe, los sacramentos nos lo comunican: por los sacramentos que nos han hecho renacer, hemos llegado a ser hijos de Dios, partícipes de la naturaleza divina. Los cristianos, reconociendo en la fe nuestra nueva dignidad, somos llamados a llevar en adelante una vida digna del Evangelio de Cristo. Por los sacramentos y la oración recibimos la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que nos capacitan para ello.

Cristo Jesús hizo siempre lo que agradaba al Padre. Vivió siempre en perfecta comunión con Él. De igual modo sus discípulos somos invitados a vivir bajo la mirada del Padre «que ve en lo secreto» para ser «perfectos como el Padre celestial es perfecto».

Incorporados a Cristo por el bautismo, estamos «muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús», participando así en la vida del Resucitado. Siguiendo a Cristo y en unión con Él, los cristianos podemos ser «imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor», conformando nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones con «los sentimientos que tuvo Cristo» y siguiendo sus ejemplos.

«Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios», «santificados y llamados a ser santos», los cristianos se convierten en «el templo del Espíritu Santo». Este «Espíritu del Hijo» nos enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en nosotros, nos hace obrar para dar «los frutos del Espíritu» por la Caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como «hijos de la luz», «por la bondad, la justicia y la verdad» en todo.

Hay dos caminos, el uno de la vida, el otro de la muerte; pero entre los dos, una gran diferencia. El camino de Cristo «lleva a la vida», un camino contrario «lleva a la perdición». La parábola evangélica de “los dos caminos” está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación.

La vida moral o vida según Cristo
(1697 – 1698)

Es importante destacar con toda claridad el gozo y las exigencias del camino de Cristo.

La “vida nueva” en Él será:

– una vida en el Espíritu Santo, Maestro interior de la vida según Cristo, dulce huésped del alma que inspira, conduce, rectifica y fortalece esta vida;

– una vida en gracia, pues por la gracia somos salvados, y también por la gracia nuestras obras pueden dar fruto para la vida eterna;

– una vida según las bienaventuranzas, porque el camino de Cristo está resumido en las bienaventuranzas, único camino hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón del hombre;

– una vida que reconoce y rechaza el pecado y recibe el perdón, porque sin reconocerse pecador, el hombre no puede conocer la verdad sobre sí mismo, condición del obrar justo, y sin el ofrecimiento del perdón no podría soportar esta verdad;

– una vida de virtudes humanas (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) que haga experimentar la belleza y el atractivo de las rectas disposiciones para el bien;

– una vida de virtudes cristianas de fe, esperanza y caridad que se inspire ampliamente en el ejemplo de los santos;

– una vida en del doble mandamiento de la caridad desarrollado en el Decálogo (los Diez Mandamientos);

– una vida eclesial, pues en los múltiples intercambios de los “bienes espirituales” en la “comunión de los santos” es donde la vida cristiana puede crecer, desplegarse y comunicarse.

La referencia primera y última de esta nueva forma de vida será siempre Jesucristo que es «el camino, la verdad y la vida». Contemplándole en la fe, los fieles de Cristo podemos esperar que Él realice en nosotros sus promesas, y que amándolo con el amor con que Él nos ha amado realicemos las obras que corresponden a nuestra dignidad de cristianos.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Les ruego que piensen que Jesucristo, Nuestro Señor, es su verdadera Cabeza, y que ustedes son uno de sus miembros. Él es con relación a ustedes lo que la cabeza es con relación a sus miembros; todo lo que es suyo es de ustedes, su espíritu, su Corazón, su cuerpo, su alma y todas sus facultades, y deben usar de ellos como de cosas que son de ustedes, para servir, alabar, amar y glorificar a Dios. Ustedes son de Él como los miembros lo son de su cabeza. Así desea Él ardientemente usar de todo lo que hay en ustedes, para el servicio y la gloria de su Padre, como de cosas que son de Él» (S. Juan Eudes).

«Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del reino de Dios» (S. León Magno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón.

Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón.

Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón.

Para nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón.

Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu Cuerpo, Señor, y tu Palabra
en el desierto de mi corazón.

Amén