DOMINGO II DE ADVIENTO “B”

"Esperamos un cielo nuevo y una nueva tierra donde habite la justicia"

Is 40,1-5.9-11:         "Prepárenle el camino al Señor"

Sal 84:                "Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos al Salvador"

2 P 3,8-14:             "Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva"

Mc 1,1-8:             "Allanen los senderos del Señor"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Isaías nos habla de un Dios que ama y quiere el consuelo de su pueblo sufriente. «Consolad, consolad a mi pueblo...» La Iglesia nos anuncia la venida de Cristo. Y Él viene para traer el consuelo, la paz, el gozo. Ese consuelo íntimo y profundo que sólo Él puede dar y que nada ni nadie puede quitar. El consuelo en medio del dolor y del sufrimiento. Porque Jesús, el Hijo de Dios, no ha venido a quitarnos la cruz, sino a llevarla con nosotros, a sostenernos en el camino del Calvario, a infundirnos la alegría en medio del sufrimiento. ¡Y todo el mundo tiene tanta necesidad de este consuelo! Este mundo que Dios tanto ama y que sufre sin sentido.

«En el desierto prepárenle un camino al Señor». Es preciso en este Adviento reconocer nuestro desierto, nuestra sequía, nuestra pobreza radical. Y ahí abrir camino al Señor. No disimular nuestra miseria. No consolarnos haciéndonos creer a nosotros mismos que no vamos mal del todo. Es preciso entrar en este nuevo año litúrgico sintiendo necesidad de Dios, con hambre y sed de justicia, de santidad. Sólo el que así desea al Salvador verá la gloria de Dios, la salvación del Señor. Por eso dijo Jesús: «Los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios» (Mt 21,31).

«Alza con fuerza la voz, álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios». La mejor señal de que recibimos al Salvador, es el deseo de gritar a todos que «¡hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). Si de veras acogemos a Cristo y experimentamos la salvación que Él trae, no podemos permanecer callados. Nos convertimos en heraldos, en mensajeros, en profetas, en apóstoles. Y no por una obligación exterior, sino por necesidad interior: «No podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído» (He 4,20).

El Evangelio del segundo domingo de Adviento nos presenta la figura de Juan el Bautista. San Marcos subraya fuertemente su carácter de mensajero y precursor: es como una estrella fugaz que desaparece rápidamente, pues está en función de otro, como se subraya al inicio del pasaje: «Evangelio de Jesucristo».

Es en la persona de Jesucristo, más que en su mensaje, donde está la Buena Noticia que predica san Marcos en su Evangelio. Con esta finalidad va poniendo ante nuestros ojos a Jesús el Mesías (Jesucristo), «Hijo de Dios»; esa revelación tuvo su comienzo en el ministerio del Bautista, y culminó en la exclamación de un pagano en el momento en que Jesús aparecía como "Hijo del Hombre" sufriente en la cruz: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39). El plan de san Marcos al escribir su Evangelio es mostrarnos que la salvación –profetizada en el Antiguo Testamento, y preparada inmediatamente por Juan el Bautista– llega plenamente con Jesús, y es confirmada por la actividad apostólica de los discípulos (Mc 3,14; 6,12), y llevada hasta el confín de la tierra por la Iglesia (Mc 13,10; 14,9; 16,15-16.20).

El estilo del Bautista recuerda al gran profeta Elías, que según la tradición judía debía preceder inmediatamente al Mesías. En el contexto del adviento, este texto orienta enérgicamente hacia Cristo, hacia el Mesías que viene como el «más poderoso» y como el que «bautizará con Espíritu Santo». La respuesta multitudinaria con que es acogida la llamada de Juan a la conversión es signo y ejemplo de cómo también nosotros hemos de ponernos decididamente en camino para acoger a Cristo con humildad y sin condiciones.

Juan Bautista nos es presentado como modelo de nuestro Adviento. Hoy sigue haciendo lo que hizo para preparar la primera venida de Cristo. Ante todo, anuncia a Jesucristo y nos pide conversión. No podemos recibir a Cristo si no estamos dispuestos a que su venida cambie muchas cosas en nuestra vida. Es la única manera de recibir a Cristo. Si este Adviento pasa por mí sin pena ni gloria, si no se nota una transformación en mi vida, es que habré rechazado a Cristo. Pero para ponerme en disposición de cambiar he de darme cuenta de que necesito a Cristo. En este nuevo Adviento, ¿siento necesidad de Cristo?

Juan Bautista se nos presenta como modelo de nuestro Adviento por su austeridad –«vestido con piel de camello… alimentado de saltamontes...»– Pues bien, para recibir a Cristo es necesaria una buena dosis de austeridad. Mientras uno esté ahogado por el consumismo no puede experimentar la dicha de acoger a Cristo y su salvación. Es imposible ser cristiano sin ser austero. La abundancia y el lujo asfixian y matan toda vida cristiana.

Cristo viene y nos «bautizará con Espíritu Santo». Esto quiere decir que esperar a Cristo nos lleva a esperar al Espíritu Santo que Él viene a comunicarnos, pues «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). Con el Adviento hemos inaugurado un camino que sólo culmina en Pentecostés. ¿Tengo, ya desde ahora, hambre y sed del Espíritu Santo?

II. LA FE DE LA IGLESIA

La conversión es condición indispensable
para el Reino de Dios:
(545).

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2,17). Les invita a la conversión, sin la cual no pueden entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15,7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para la remisión de los pecados» (Mt 26,28).

El Bautismo, lugar principal de
la conversión primera:
(1427 - 1428).

Jesús llama a
la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito", atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Bautizaba Juan y bautizaba Cristo. Se preocuparon los discípulos de Juan, porque las gentes corrían hacia Cristo y corrían hacia Juan, pero mientras Juan enviaba a Cristo los que le venían, Cristo no enviaba sus bautizados a Juan... Los judíos decían que Cristo era mayor y que había que acudir a su bautismo, pero ellos no lo entendían así y defendían el de Juan. Fueron a éste para que resolviera la cuestión. Bien pudo decirles: Tenéis razón. Pero sabía ante quien se humillaba... y entendía que la salvación está en Cristo" (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Preparemos los caminos
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.

Ven, Señor, a libertarnos,
ven tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.

El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el Mesías prometido,
hecho niño, va a nacer.

Te esperamos anhelantes
y sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar.

Consolaos y alegraos,
desterrados de Sión,
que ya viene, ya está cerca,
él es nuestra salvación. Amén.

DOMINGO I DE ADVIENTO “B”

"Desconocer el momento de la venida del Señor es invitación a la vigilancia"

Is 63,16b-17.19b; 64,2b-7:         "!Ojalá rasgases el cielo y bajases!"

Sal 79:                    "Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve"

1Cor 1,3-9:                 "Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo"

Mc 13,33-37:                 "Velen, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

Isaías es el profeta del Adviento. En todo este tiempo santo somos conducidos de su mano. Él es el profeta de la esperanza.

«¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!» No se trata de un deseo utópico nuestro. El Señor quiere bajar. Ha bajado ya y quiere seguir bajando. Quiere entrar en nuestra vida. Él mismo pone en nuestros labios esta súplica. La única condición es que este deseo nuestro sea real e intenso, un deseo tan ardoroso que apague los demás deseos. Que el anhelo de la venida del Señor vaya apagando todos los demás pensamientos.

«Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero». Al inicio del Adviento, que es también el inicio de un nuevo año litúrgico, no se nos podía dar una palabra más vigorosa ni más esperanzadora. El Señor puede y quiere rehacernos por completo. A cada uno y a la Iglesia entera. Como un alfarero rehace una vasija estropeada y la convierte en una totalmente nueva, así el Señor con nosotros (Jer 12,1-6). Pero hacen falta dos condiciones por nuestra parte: que creamos sin límite en el poder de Dios y que nos dejemos rehacer con absoluta docilidad como barro en manos del alfarero.

El Evangelio del primer domingo de Adviento está tomado del final del "discurso escatológico" (que trata sobre los últimos acontecimientos y el desenlace final de la vida humana). El texto centra nuestra atención en la última venida de Cristo. Al contrario que muchos falsos profetas de nuestro tiempo, Jesús siempre se negó a dar la fecha de su segunda y última venida. San Marcos subraya la incertidumbre del "cuándo" –«no saben cuándo es el momento»–, explicada con la parábola del hombre que se ausenta. La consecuencia es la insistencia en la vigilancia –tres veces el imperativo «vigilen», «velen», al principio, en medio y al final del texto–, pues el Señor puede venir inesperadamente y encontrarnos dormidos. Finalmente, se subraya el carácter universal de esta llamada a la vigilancia: «lo digo a todos».

Llama la atención en estos pocos versículos el número de veces que se repite la palabra "velar", "vigilar". Esta vigilancia se basa en que el Dueño de la casa va a venir y no sabemos cuándo.

Cristo viene a nosotros continuamente y de mil maneras, "en cada hombre y en cada acontecimiento". El evangelio del domingo pasado nos subrayaba esta venida de Cristo en cada hombre necesitado («lo que ustedes hicieron o dejaron de hacer a uno de estos, a mí me lo hicieron»); Cristo mismo suplica que le demos de beber, le visitemos... Estar vigilante significa tener la fe despierta para saber reconocer a Cristo, que mendiga nuestra ayuda, y tener la caridad solícita y disponible para salir a su encuentro y atenderle en la persona de los pobres.

Además, Cristo viene en cada acontecimiento. Todo lo que nos sucede, agradable o desagradable, es una venida de Cristo, pues «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rom 8,28). Un rato agradable y un regalo recibido, pero también una enfermedad y un desprecio, son venida de Cristo. En todo lo que nos sucede Cristo nos visita. ¿Sabemos reconocerle con fe y recibirle con amor?

Pero la insistencia de Cristo en la vigilancia se refiere sobre todo a su última venida al final de los tiempos. Según el texto evangélico, lo contrario de vigilar es estar «dormidos». El que espera a Cristo y está pendiente de su venida, ese está despierto, está en la realidad. En cambio, el que está de espaldas a esa última venida o vive olvidado de ella, ese está dormido, fuera de la realidad. Nadie más realista que el verdadero creyente. ¿Vivo esperando a Jesucristo?

El mayor pecado es no confiar y no esperar bastante del amor de Dios. Ante el nuevo año litúrgico el mayor pecado es no esperar nada o muy poco de un Dios infinitamente poderoso y amoroso que nos promete realizar maravillas.

Una manera de muerte es que la vida carezca de sentido. No parece posible vivir sin esperanza. El que no la tiene es como si estuviera muerto.

II. LA FE DE LA IGLESIA

"Velen, pues no saben
cuándo vendrá el dueño de la casa"


(1001).

¿Cuándo? Sin duda en el último día; al fin del mundo. En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: "El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar" (1 Ts 4,16).

El Adviento,
actualización de la espera de Cristo:


(524).

Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza la espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda venida.

La esperanza se apoya en las promesas divinas:
(1817 – 1821).

La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

La virtud de la esperanza responde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham, colmada en Isaac, de las promesas de Dios y purificada por la prueba del sacrificio. «Esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones» (Rm 4,18).

La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. La esperanza es "el ancla del alma", segura y firme, «que penetra…adonde entró por nosotros como precursor Jesús» (Hb 6,19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación: «Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación» (1 Ts 5,8). Nos procura el gozo en la prueba misma: «Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación» (Rm 12,12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman y hacen su voluntad. En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, "perseverar hasta el fin" y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque su deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin" (Santa Teresa de Jesús).

"El justo no muere nunca 'de improviso', porque previó la muerte perseverando en la justicia cristiana hasta el fin; muere, a veces, súbita y repentinamente; por eso la Iglesia, siempre sabia, no nos hace pedir en las letanías vernos libres de la muerte repentina simplemente, sino de la muerte 'repentina e imprevista'; la muerte no es mala por ser repentina, sino por ser imprevista" (San Francisco de Sales).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de Madre,
y reúne a sus hijos en vela,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino.

Amén.

DOMINGO XXXIV ORDINARIO “A”

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO,

"Volverá el Señor, Rey del universo, y separará a unos de otros"

Ez 34,11s.15-17:         "A ustedes, ovejas mías, las voy a juzgar"

Sal 22, 1-6:            "El Señor es mi pastor, nada me falta"

1Co 15,20-26a.28:         "Devolverá el Reino a Dios Padre para que Dios sea todo en todo"

Mt 25,31-46:             "Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En este Domingo, el anuncio evangélico tiene dos perspectivas destacadas: la contemplación de Cristo Rey y el retorno del Señor con el juicio final, que remata el tema escatológico de los Domingos anteriores.

La contemplación de Cristo Rey coloca en primer plano a la persona de Jesucristo, por la acumulación de títulos cristológicos en este pasaje: Hijo del hombre, Pastor, Rey, Hijo del Padre, Hermano de los hombres, Señor, Juez de todas las vidas humanas.

El retorno del Señor pone en primer plano, en el juicio final, la caridad con los más necesitados. Se completan las parábolas anteriores: En la vigilancia y el quehacer cristiano, la caridad ocupa el centro. Y la caridad ha de completarse con la vigilancia y el quehacer cristianos.

«Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies». Esta fiesta nos sitúa ante un aspecto central de nuestra fe: Cristo es Rey del universo, es Señor de todo. Este es el plan de Dios: someter todo bajo sus pies, bajo su dominio. Así lo confesaron y proclamaron los apóstoles desde el día mismo de Pentecostés: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien ustedes han crucificado». Toda la realidad creada ha de ser sometida a este poder salvífico de Cristo el Señor. Su influjo poderoso va destruyendo el mal, el pecado, la muerte hasta que sean sometidos todos sus enemigos, que lo son también del hombre.

«Yo mismo apacentaré mis ovejas». Todas las imágenes humanas aplicadas a Cristo se quedan cortas. Por eso, la imagen del Rey es matizada en la primera lectura con la del pastor. Cristo reina pastoreando a todos, cuidando con delicadeza y amor de cada hombre, más aún, buscando al perdido, sanando al pecador, haciendo volver al descarriado... Su dominio, su realeza, su señorío van dirigidos exclusivamente a la salvación y al bien del hombre. Y además este dominio y señorío no son al modo de los reyes humanos: es un influjo en el corazón del hombre, que ha de ser aceptado libremente. Él es Señor, pero cada uno debe reconocerle como Señor, como su Señor, dejándose gobernar por Él en todo. Él apacienta, pero cada uno debe dejarse guiar y apacentar: «El Señor es mi pastor».

El evangelio subraya otro aspecto de la realeza de Cristo: Si ahora ejercita su señorío salvando, al final lo ejercitará juzgando. Y juzgando acerca de la caridad. Por tanto, si no queremos al final ser rechazados «al castigo eterno», es preciso acoger ahora, sin límites ni condiciones, el señorío y la realeza de Cristo. Si nos sometemos ahora a Él y le dejamos infundir en nosotros su amor a todos los necesitados, tendremos garantía de estar también al final bajo su dominio e ir con Él «a la vida eterna».

En continuidad con el evangelio del domingo pasado, en este relato –sin paralelos en todo el Nuevo Testamento– Jesucristo es presentado hoy como «Rey» que viene a juzgar a «todas las naciones», los pueblos del mundo. En esta venida de Cristo al final de la historia habrá un discernimiento –separará a los unos de los otros–. Éste será un juicio perfectamente justo y definitivo. El juicio de Dios quita importancia a los juicios que los hombres puedan hacer de nosotros. El verdadero creyente sabe que no es mejor ni peor porque los hombres le tengan por tal; lo que de verdad somos es lo que somos a los ojos de Dios. En un mundo en que tantas veces triunfa la injusticia y la incomprensión, consuela saber que todo se pondrá en claro y en su sitio, y para siempre y cada uno recibirá su merecido.

Pero Cristo no es sólo el Juez; es también el centro y el punto de referencia por el que se juzga: «a mí me lo hicieron»; «conmigo dejaron de hacerlo». Él ha de ser siempre el fin de todas nuestras acciones. El verdadero amor a Dios es inseparable del amor activo al prójimo; aunque no captemos el sentido profundo de nuestros gestos de caridad, Jesús dice que se considera amado y servido cuando amamos y servimos incondicionalmente a los demás. Por lo demás, ¡qué fácil amar a cada persona cuando en ella se ve a Cristo! ¡Señor, auméntanos la fe!

Este evangelio insiste en otro aspecto que ya aparecía en la parábola de los talentos. El siervo era condenado por guardar su talento sin hacerlo fructificar. A los que son condenados no se les imputan asesinatos, robos..., sino omisiones: no me dieron de comer, no me vistieron... Se les condena porque han «dejado de hacer». No se trata sólo de no matar al hermano, sino de ayudarle a vivir dando la vida por él. El que no da a su hermano lo que necesita, en realidad le mata. El texto nos hace entender la enorme gravedad de todo pecado de omisión, que realmente mata, pues deja de producir la vida que debía producir y que el hermano necesitaba para vivir.

Que la sentencia sea irreversible, y totalmente diversa según las "obras" de cada uno –o bien «la vida eterna», o bien «el castigo eterno» (no la aniquilación física de los condenados)–, es una verdad de fe definida solemnemente por la Iglesia. El «castigo eterno» está en nivel de igualdad, en cuanto a la duración, con «la vida eterna»; el Nuevo Testamento no dice, ni supone, que acabará el infierno, ni que su «fuego» tenga carácter meramente purificador. El infierno existe y es eterno, y no tiene nada de divertido.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo reina ya mediante la Iglesia
(668 – 669, 450).

Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos. La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» porque el Padre «bajo sus pies sometió todas las cosas». Cristo es el Señor del cosmos y de la historia. En Él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación, encuentran su recapitulación, su cumplimiento transcendente.

La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura, el silencio respetuoso en presencia de Dios "siempre mayor".

La Iglesia manifiesta la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas. Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el "Señor". La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro.

Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo. Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia. La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio, constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra.

Para juzgar a vivos y muertos
(678 – 679)

Siguiendo a los profetas y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada
la incredulidad culpable
que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. Jesús dirá en el último día: «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25, 40).

Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. "Adquirió" este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado "todo juicio al Hijo". Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en Él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Cuando damos a los pobres las cosas indispensables, no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo... es cumplir un deber de justicia" (S. Gregorio Magno).

"No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles" (S. Juan Crisóstomo).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Oh Príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, Rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico,
somete a los espíritus rebeldes,
y haz que encuentren rumbo los perdidos,
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Glorificado seas, Jesucristo,
que repartes los cetros de la tierra;
y que contigo y con tu eterno Padre
glorificado el Espíritu sea. Amén.

DOMINGO XXXIII ORDINARIO “A”

"Volverá el Señor y retribuirá a cada uno según sus obras"

Pr 31,10-13.19s.30s.:     "Trabaja con la destreza de sus manos"

Sal 127, 1-5:        "Dichoso el que teme al Señor"

1Ts 5,1-6:             "El día del Señor llegará como un ladrón en la noche"

Mt 25,14-30:         "Como has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que toda persona sensata experimenta que las seguridades de este mundo se quiebran. Por eso, la llamada de atención que nos hace hacia el fin de esta vida, que es comienzo de la otra, no puede desatenderse. Lo único sensato es vivir vigilante, continuar buscando, mejor deseando confiadamente, el futuro final.

«Así pues, no durmamos..., sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente». Es la postura de una sana vigilancia, tantas veces recomendada por el Nuevo Testamento y tan practicada por los cristianos de todas las épocas. Los santos, por ejemplo, han meditado con mucha frecuencia en la muerte. No se trata de una postura macabra, sino profundamente realista. En efecto, el que sabe que su vida es como hierba «que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca», y que ha de rendir cuentas a Dios por lo que realice en este mundo, ese es verdaderamente sensato, se da cuenta, es consciente del momento que vive. En cambio, el que se olvida de la muerte y vive de espaldas a ella es absolutamente insensato: «cuando están diciendo: Paz y seguridad, entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina... y no podrán escapar».

«Pero ustedes, hermanos... son hijos de la luz e hijos del día». Ahí está el secreto y la forma de esta vigilancia. No se trata de estar esperando con miedo, como quien se teme algo horrible. Se trata de vivir en la luz, es decir, unido al Señor, en su presencia, sometido a su influjo, en la obediencia a su voluntad. El que así vive en la luz pasará con gozo y sin sobresalto a la luz en plenitud. Sólo el que vive en tinieblas es sorprendido, denunciado y sus planes son desbaratados completamente por la luz.

En el Evangelio, la "parábola de los talentos" acentúa el hecho de que a su vuelta el Señor «ajustará cuentas» con cada uno de sus siervos. Lo que menos importa en la parábola es que uno haya recibido más o menos talentos: Dios da a cada uno según quiere y al fin y al cabo todo lo que tenemos es recibido de Él. Se trata de que hagamos fructificar los talentos —los dones naturales o sobrenaturales recibidos—, pues de todos ellos hemos de dar cuentas a Dios. Lo que en todo caso es rechazable es limitarse a guardar el talento. El que esconde su talento es condenado porque no ha dado el fruto que de él se esperaba. El que se limita a "no hacer mal", en realidad está haciendo mal, pues no realiza el bien que tenía que hacer.

Es posible que en otras épocas se haya insistido desenfocada o desproporcionadamente en el juicio de Dios; en la nuestra parece que lo tenemos demasiado olvidado. El Dios Juez no se contrapone al Dios Amor: son dos aspectos del mismo misterio de Dios que debemos aceptar como es, sin reducirlo a nuestros esquemas o seleccionando los textos evangélicos a nuestro capricho. Dios no es un Dios bonachón que pasa de todo; Dios se toma en serio al hombre y por eso le pide cuentas de su vida. Somos responsables ante Dios de todo lo que hagamos y digamos y de todo lo que dejemos de hacer y de decir. No se trata de tener miedo a Dios, pero sí de «trabajar con temor y temblor por nuestra salvación». Pensar en el juicio de Dios da seriedad a nuestra vida.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios quiere que todos se salven,
pero respeta la libertad del hombre
(679).

El Hijo de Dios no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo, es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.

Preparemos el juicio
eligiendo ahora el camino de Cristo:
(1696).

El camino de Cristo "lleva a la vida", un camino contrario "lleva a la perdición". La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación. "Hay dos caminos, el uno de la vida, el otro de la muerte; pero entre los dos, una gran diferencia".

Adelantemos el juicio definitivo
en el tribunal de misericordia de la Iglesia:
(1468 - 1470).

Por el Sacramento de la Penitencia, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida, cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte, y sólo por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino del que el pecado grave nos aparta. Convirtiéndose a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de la muerte a la vida «y no incurre en juicio».

Toda la fuerza del sacramento de la penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad. El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual. En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera "resurrección espiritual", una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios.

Este sacramento reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia la repara o la restaura. En este sentido, no cura solamente al que se reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros. Restablecido o afirmado en la comunión de los santos, el pecador es fortalecido por el intercambio de los bienes espirituales entre todos los miembros vivos del Cuerpo de Cristo, estén todavía en situación de peregrinos o que se hallen ya en la patria celestial.

Pero hay que añadir que tal reconciliación con Dios tiene como consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo más íntimo de su propio ser, en el que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la Iglesia, se reconcilia con toda la creación.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Todos los frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra inteligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal. Dios será entonces «todo en todos»" (Gaudium et spes, 39).

"Quiso Dios dejar al hombre en manos de su propia decisión, de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección" (Gaudium et spes, 17).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este mundo del hombre,
en que él se afana
tras la felicidad que tanto ansía,
tu lo vistes, Señor, de luz temprana
y de radiante sol al mediodía.

Así el poder de tu presencia encierra
el secreto más hondo de esta vida;
un nuevo cielo y una nueva tierra
colmarán nuestro anhelo sin medida.

Poderoso Señor de nuestra historia,
no tardes en venir gloriosamente;
tu luz resplandeciente y tu victoria
inunden nuestra vida eternamente.

Amén.

DOMINGO XXXII ORDINARIO "A"

"Volverá el Señor para abrir y cerrar la puerta del banquete de bodas"

Sb 6,13-17: "Encuentran la sabiduría los que la buscan"

Sal 62,2-8: "Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío"

1Ts 4,12-18: "A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él"

Mt 25,1-13: "Que llega el esposo, salgan a recibirlo".

I. LA PALABRA DE DIOS

En estas últimas semanas del año litúrgico la Iglesia quiere fijar nuestra mirada en la venida de Cristo al final de los tiempos. En esta venida aparecerá como Rey y como Juez (evangelio de los dos próximos domingos); pero hoy se nos presenta como la llegada del Esposo.

«No se aflijan como los hombres sin esperanza». Hay un dolor por la muerte de los seres queridos que es natural y totalmente normal. Pero también hay un tipo de tristeza que no tiene nada de cristiana y que sólo refleja falta de fe y de esperanza. El verdadero cristiano puede sentir pena en su sensibilidad, pero en el fondo de su alma está lleno de confianza, porque Cristo ha resucitado y los muertos resucitarán.

«A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él». En esto se decide todo: en "morir en el Señor". Para el cristiano, la verdadera tristeza no es la causada por el hecho de morir, sino por morir fuera de Jesús; porque esa sí que es verdadera muerte, la «muerte segunda», la muerte definitiva en los horrores del infierno por toda la eternidad. En cambio, el que muere en Jesús no puede perderse, pues Jesús no abandona a los suyos, sino que como Buen Pastor los conduce a «verdes praderas» para hacerlos descansar. El que muere en el Señor no pierde ni siquiera su cuerpo. El que no muere en Jesús lo pierde todo, «se pierde a sí mismo».

El título de "Esposo", que se aplica a Yahvé en el Antiguo Testamento, Jesús lo toma para sí. Sin entrar en mayores explicaciones, este título subraya sobre todo la relación de profunda intimidad amorosa que Cristo-esposo establece con la Iglesia, su esposa y —en ella— con cada cristiano. Mientras llega ese momento, cada cristiano, y toda la Iglesia, debe estar vigilante.

El cristiano –según esta parábola– es el que está esperando a Cristo Esposo con un gran deseo que brota del amor y que le hace obrar en consecuencia para tener suficiente aceite. Por tanto, es una espera amorosa y activa. Y no es una espera de estar con los brazos cruzados: el que espera de verdad prepara la lámpara, sale al encuentro.

«Mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis». Esta respuesta sería egoísta si sólo se tratara de aceite material. Pero aquí tiene un sentido mucho más profundo: se trata de salvación o condenación, y nadie debe pensar que su respuesta personal a Cristo van a darla otros por él.

«Y se cerró la puerta». Es el dato más dramático de toda la parábola. Muchos de los invitados se quedarán fuera y para siempre. A un cristiano no lo salva automáticamente el hecho de pertenecer a la Iglesia por el bautismo, ni el estar invitado a las bodas del cielo, ni la sola fe en Jesús como su salvador personal («Señor, Señor, ábrenos»), sino el tener encendida la antorcha del amor en el momento de su muerte, a la llegada del Esposo.

Precisamente, la parábola pone el acento en esta atención vigilante (esperanza) a Cristo que viene, para estar preparado, con suficiente aceite de buenas obras de amor para que arda la lámpara de la fe. La lámpara sin aceite se apaga, «la fe sin obras está muerta».

Lejos de temer esta venida, el cristiano la desea, como la esposa fiel desea la vuelta del esposo que marchó de viaje. Sólo la esposa infiel teme la llegada del esposo. El cristiano no se entristece por la muerte «como los hombres sin esperanza». La muerte es sólo un «dormir» y el cristiano tiene la certeza de que será despertado y experimentará la dicha de «estar siempre con el Señor». Por eso, en lugar de vivir de espaldas a la muerte, el verdadero creyente vive aguardando serenamente el momento del encuentro con el divino Esposo, la vuelta de Jesús desde el cielo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

"Mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Señor Jesucristo"


(672)

El Reino de Cristo, está presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado. Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: "Ven, Señor Jesús." Nosotros vivimos el entretiempo que media de la primera a la segunda venida del Señor. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía por la "tristeza" y la prueba del mal, que afecta también a la Iglesia, e inaugura los combates de los últimos días. Es un tiempo de espera y de vigilia.

La espera en vigilia:
(2612; 2849; 2699)

"Vigilia" es un término clásico del lenguaje cristiano para designar un tiempo largo dedicado a la oración en las horas de la noche. Tiempo de silencio exterior y de riqueza interior, porque es espera del Señor y todo se mira desde su próxima venida (Parusía). Tiempo simbólico que remite a la venida del Señor en la muerte de cada uno y al fin de los tiempos.

Jesús –«el Reino de Dios está próximo»– llama a la conversión y a la fe, pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a aquél que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate; y velando en la oración es como no se cae en la tentación.

Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del "Tentador", desde el principio y en el último combate de su agonía. En la petición a nuestro Padre "no nos dejes caer en la tentación", Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es guarda del corazón, y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre». El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela».

El Señor conduce a cada persona por los caminos de la vida y de la manera que Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación, y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.

El retorno del Señor es gozoso: se compara a un banquete de bodas y, al mismo tiempo, abre un gran interrogante: decide la suerte eterna que cada uno se ha labrado durante la propia vida. El entretiempo actual es tiempo de oración vigilante. En su centro, la Plegaria eucarística y la comunión, esperando la venida del Señor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes'" (Lumen Gentium 48).

"Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos" (Misal Romano).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este es el tiempo en que llegas,
Esposo, tan de repente,
que invitas a los que velan
y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro
doncellas con ramos verdes
y lámparas que guardaron
copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpearon las necias
las puertas de tu banquete!
¡Y cómo lloran a oscuras
los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,
Esposo, por si vinieres,
y está el corazón velando,
mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,
Amor que a la noche vienes,
antes que la noche acabe
y que la puerta se cierre. Amén.

DOMINGO XXXI ORDINARIO “A”

"En la Iglesia ante todo, la fraternidad"

Mal 1,14b-2.2b.8-10:         "Se apartaron del camino y han hecho tropezar a muchos en la ley"

Sal 130, 1-3:            "Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor"

1Ts 2,7b-9.13:         "Deseábamos no sólo entregarles el Evangelio, sino hasta nuestras propias personas"

Mt 23,1-12:             "No hacen lo que dicen"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

«Les teníamos tanto cariño que deseábamos entregarles no sólo el evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas». Además de acoger la Palabra de Dios estamos llamados también –todos– a transmitirla a otros. Este es el mayor acto de caridad que podemos realizar, pues lo más grande que podemos dar es el Evangelio de Jesucristo.

Pero es preciso subrayar que esta increíble noticia del amor personal de Dios a cada uno, sólo puede ser hecha de manera creíble si el que transmite el evangelio está lleno de amor hacia aquel a quien se lo transmite. El evangelio no se comunica a base de argumentos. Para que cada hombre pueda entender que «Cristo me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20), es necesario que el que le hable de Cristo le ame de tal modo que esté dispuesto a dar la vida por él. Y con un amor concreto y personal, lleno de ternura y delicadeza, «como una madre cuida de sus hijos»; un amor que a san Pablo le llevó a «esfuerzos y fatigas», incluso a trabajar «día y noche para no ser gravoso a nadie»

Las palabras de Jesús en el Evangelio nos dan pie para examinar qué hay de fariseo dentro de nosotros mismos. En primer lugar, el Señor condena a los fariseos porque «no hacen lo que dicen». Jesús condena, no la enseñanza transmitida por los escribas y los fariseos, sino la vida de éstos, que no se corresponde con la doctrina. También nosotros podemos caer en el engaño de hablar muy bien, de tener muy buenas palabras, pero no buscar y desear vivir aquello que decimos. Sin embargo, sólo agrada a Dios «el que hace la voluntad del Padre celestial», pues sólo ese tal «entrará en el Reino de los cielos».

En segundo lugar, Jesús les reprocha que «todo lo que hacen es para que los vea la gente». ¡Qué demoledor es este deseo de quedar bien a los ojos de los hombres! Incluso las mejores obras pueden quedar totalmente contaminadas por este deseo egoísta que lo estropea todo. Por eso san Pablo exclamará: «Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal 1,10). El cristiano solo busca «agradar a Dios» (1 Tes 4,1) en toda su conducta; le basta saber que «el Padre que ve lo secreto le recompensará» (Mt 6,4).

Y, finalmente, Jesús les echa en cara que buscan los honores humanos, las reverencias de los hombres, la gloria mundana. También a nosotros fácilmente se nos cuela esa búsqueda de gloria que en realidad es sólo vanagloria, es decir, gloria vana, vacía. Los honores que los hombres consideran valiosos el cristiano los estima como basura (Flp 3,8), pues espera la verdadera gloria, la que viene de Dios, «que nos ha llamada a su Reino y gloria» (1 Tes 2,12). En cambio, buscar la gloria que viene de los hombres es un grave estorbo para la fe (Jn 6,44).

Las frases «No se dejen llamar maestro... no llamen padre... no se dejen llamar jefes» no se puede entender literalmente, pues el mismo NT utiliza esos términos en otros pasajes. Los evangelistas usan con toda normalidad la palabra "padre" o "padres" (terrenos) en su sentido propio más de cuarenta veces; Jesús mismo cita el 4º mandamiento y exige su cumplimiento; san Pablo se considera "padre" de sus cristianos; san Juan los llama "hijitos"; históricamente, las primeras generaciones cristianas no tuvieron escrúpulo en aplicar ese apelativo a los superiores jerárquicos en la Iglesia, sabiendo que no desobedecían una orden del Señor. La prohibición de Jesús formula —a la manera de Mc 10,18 («nadie es bueno sino sólo Dios»)— una cualidad típicamente divina, la paternidad, que no es propiedad de ninguna criatura (favorece esta interpretación el que en la mentalidad judía "llamar" es equivalente a "ser"; es decir, nadie "es" padre, sino por la gracia de Dios). Por tanto, lo que Jesús prohíbe a los suyos es suplantar a Dios Padre (Maestro, Jefe); si alguien puede ser llamado con ese nombre, será porque es, y en cuanto es, imagen del único verdadero padre.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los fieles cristianos:
jerarquía, laicos, vida consagrada
(871 – 873)

Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y, hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo.

Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo.

Las mismas diferencias que el Señor quiso poner entre los miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y sus sucesores (jerarquía) les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios. En fin, en esos dos grupos (jerarquía y laicos), hay fieles –los consagrados– que por la profesión de los consejos evangélicos se consagran a Dios y contribuyen a la misión salvífica de la Iglesia según la manera peculiar que les es propia.

Razón del ministerio eclesial
(874 – 876)

El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. Él lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad: Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que están ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que posean la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios lleguen a la salvación.

«¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído? ¿cómo oirán sin que se les predique? y ¿cómo predicarán si no son enviados?» Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. «La fe viene de la predicación» (Rm 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y la facultad (el "poder sagrado") de actuar in persona Christi Capitis (en persona de Cristo Cabeza de la Iglesia). Este ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama "sacramento". El ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento específico –el sacramento del Orden sacerdotal–.

El carácter de servicio del ministerio eclesial está intrínsecamente ligado a la naturaleza sacramental. En efecto, enteramente dependiente de Cristo, que da misión y autoridad, los ministros son verdaderamente «esclavos de Cristo» (Rm 1, 1), a imagen de Cristo que, libremente ha tomado por nosotros «la forma de esclavo» (Flp 2, 7). Como la palabra y la gracia de la cual son ministros no son de ellos, sino de Cristo que se las ha confiado para los otros, ellos se harán libremente esclavos de todos (cf. 1 Co 9, 19).

A la jerarquía se le pide fidelidad y actitud de servicio fraternal en el cumplimiento de su misión. A todos los fieles se les pide espíritu de colaboración con los legítimos pastores y comunión eclesial.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Los laicos "tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los Pastores, habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas" (Código de Derecho Canónico 212,3).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Sólo desde el amor
la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas.

Desde el cimiento mismo
del corazón despierto,
desde la fuente clara
de las verdades últimas.

Ver al hombre y al mundo
con la mirada limpia
y el corazón cercano,
desde el solar del alma.

Tarea y aventura:
entregarme del todo,
ofrecer lo que llevo,
gozo y misericordia.

Aceite derramado
para que el carro ruede
sin quejas egoístas,
chirriando desajustes.

Soñar, amar, servir,
y esperar que me llames,
tú, Señor, que me miras,
tú que sabes mi nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén.

DOMINGO XXX ORDINARIO “A”

"Si me aman, guardarán mis mandamientos"

Ex 22,21-27:         "Si explotan a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra ustedes"

Sal 17:            "Yo te amo, Señor; tú eres mí fortaleza"

1Ts 1,5c-10:         "Abandonaron los ídolos para servir a Dios y esperar la vuelta de su Hijo"

Mt 22,34-40:         "Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio de hoy es una magnífica ocasión para ver si realmente estamos en el buen camino. Porque este doble mandamiento del amor es el principal: no sólo el más importante, sino el que está en el principio de todo lo demás. El que lo cumple, también cumple –o acaba cumpliendo– el resto, pues todo brota del amor a Dios y del amor al prójimo como de su fuente. Pero el que no vive esto, no ha hecho nada, aunque sea perfectamente cumplidor de los detalles –es el drama de los fariseos, «sepulcros blanqueados»–. La clave de todo está en el amor.

El amor a Dios está marcado por la totalidad. Siendo Dios el Único y el Absoluto, no se le puede amar más que con todo el ser personal. El hombre entero, con todas sus capacidades, con todo su tiempo, con todos sus bienes... ha de emplearse en este amor a Dios. No se trata de darle a Dios algo de lo nuestro de vez en cuando. Como todo es suyo, hay que darle todo y siempre. Pero ¡atención! El amor a Dios no es un simple sentimiento:
«En esto consiste el amor a Dios, en que guardemos sus mandamientos» (1 Jn 5,3). Amar a Dios es cumplir los diez mandamientos y hacer su voluntad en cada instante.

Y el segundo es «semejante» a este. El segundo mandamiento no es igual ni equivalente al primero, sino parecido a él; ¡el primero siempre es el primero!

El punto de referencia del amor al prójimo en la Ley de Moisés es «como a ti mismo» ¿Cómo me amo a mí mismo? Por desgracia, el contraste entre las atenciones para con el prójimo y para con uno mismo suele ser enorme. Aquí usamos también la "ley del embudo": lo ancho para mí y lo estrecho para ti. Pero amar al prójimo no es sólo no hacerle mal, sino hacerle todo el bien posible, como el buen samaritano (Lc 10,29-37). Y amar al prójimo «como a ti mismo» es todavía un mandamiento del Antiguo Testamento; Cristo va más allá: «Ámense unos a otros "como yo les he amado"», es decir, «hasta el extremo» (Jn 13,1), hasta dar la vida por el prójimo. Esta es la Ley Nueva —el mandamiento nuevo— de Cristo.

Cuanto más amor hay en el corazón del hombre, mejor refleja la imagen de Dios que hay en él. La gran diferencia entre los mandamientos de la Ley Antigua y los mismos trasladados a la Ley Nueva está en Jesucristo que los ha convertido en vida y en modo de ser. Son más exigentes, pero tenemos por delante un guía y un amigo que en la Eucaristía nos da su fuerza para cumplirlos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El amor y los mandamientos
(2067; cf 2072).

Los diez Mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo. Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están gravados por Dios en el corazón del ser humano.

La relación amor-mandamientos:
(1822-1829. 2052-2074).

La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (Jn 13,34). Amando a los suyos «hasta el fin» (Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: «Como el Padre me amó, yo también les he amado a ustedes; permanezcan en mi amor» (Jn 15,9). Y también: «Este es el mandamiento mío: que se amen unos a otros como yo les he amado» (Jn 15,12).

Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: «Permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor».

Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos suyos. El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos, que nos hagamos prójimos del más lejano (cf. Lc 10,27-37), que amemos a los niños (Mc 9,37) y a los pobres como a Él mismo (Mt 25,40.45).

El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa. No es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).

«Si no tengo caridad –dice también el apóstol– nada soy». La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.

La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del «que nos amó primero» (1 Jn 4,19).

La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión.

El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.

El Amor de Dios se nos da como gracia, no es fruto espontáneo del corazón humano, hay que dejarse llevar de su impulso divino. «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto». El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida hecha fecunda por la unión con Cristo. El Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar".

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos" (S. Agustín).

"O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda y entonces estamos en la disposición de hijos" (S. Basilio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

DOMINGO XXIX ORDINARIO “A”

"Independencia y colaboración entre la Iglesia y la Autoridad civil"

Is 45,1.4-6:                 "Llevó de la mano a Ciro para doblegar ante él las naciones"

Sal 95:                    "Aclamad la gloria y el poder del Señor"

1Ts 1,1-5b:                 "Recordamos vuestra fe, esperanza y caridad"

Mt 22,15-21:                 "Páguenle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios"

  1.  

I. LA PALABRA DE DIOS

Después de la carta a los filipenses, la Iglesia nos presenta durante los próximos domingos la Primera Carta a los Tesalonicenses, que es el primer escrito de san Pablo y de todo el Nuevo Testamento. Asistimos en ella a los primeros pasos de la comunidad cristiana de Tesalónica.

«Recordamos sin cesar la actividad de la fe de ustedes, el esfuerzo de su amor y el aguante de su esperanza». Motivo especial de gratitud es que el don de Dios no ha quedado esteril. La fe recibida por los tesalonicenses se ha traducido en obras, su amor se ha prolongado en entrega esforzada por el Señor y por los hermanos, su esperanza se ha manifestado en la tenacidad y el aguante. Y nosotros, ¿qué hemos hecho de los dones recibidos de Dios?

El evangelio pone de relieve la admirable sabiduría y el ingenio, la seguridad y la fuerza dialéctica de Jesús, que deja sin argumentos a sus adversarios. Como en otras ocasiones, intentan meterle en un callejón sin salida: o dice que hay que pagar, y entonces se gana la antipatía de los judíos que no podían soportar la opresión de los romanos; o dice que no hay que pagar, y entonces se gana las iras de los romanos que le verían como un revolucionario. Pero Jesús sale de este dilema remontándose a un nivel superior.

No sólo escapa de la trampa, sino que además hace ver a sus interlocutores su mala voluntad. El tributo al Cesar representaba claramente la humillante sumisión de los judíos al emperador romano. La moneda romana del tributo era en sí misma blasfema para un judío ortodoxo: por la imagen (contra el 2º mandamiento) y por la inscripción, que consideraba al emperador "hijo del divino Augusto". Por el mero hecho de llevar consigo aquella moneda, demostraban su condición de súbditos del emperador; y aparecía más claramente su hipocresía.

«Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». La moneda lleva la imagen del emperador y por eso le pertenece a él; pues bien, el hombre es imagen de Dios y por eso le pertenece a Dios, que es su Creador, su Dueño y Señor. Lo de menos es que el emperador exija un tributo que es una moneda, suya al fin y al cabo; lo importante es su tributo personal, es decir, a quién prestan ustedes su adhesión, a qué señor sirven. Es como recordarles: ustedes pertenecen a Dios, llevan grabada su imagen; obedézcanle, sométanse a Él y a su voluntad. El que viva en ese plano profundo, como súbdito o siervo de Dios, sabrá ser súbdito de la autoridad humana y adoptará la actitud más cristiana en cada caso concreto.

Este evangelio no lleva a posturas subversivas o antisistema. Jesús afirma claramente: «Den al César lo que es del César», pues toda autoridad humana viene de Dios. Pero a la vez relativiza los poderes humanos: «Den a Dios lo que es de Dios». Si la autoridad humana obedece a Dios, es instrumento de Dios y hay que obedecer; pero si desobedece a Dios y pretende ponerse en el lugar de Dios, entonces hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia ha de promover la actitud de colaboración y de libertad entre los ciudadanos y el Estado. Pide de los Estados el cumplimiento de su misión para el bien común, sin sobrepasar sus límites. Y la Iglesia colabora para elevar la escala de valores de la sociedad. Los fieles han de cumplir sus deberes ciudadanos y evangelizar la política y la cultura. Así se va haciendo la nueva creación

Las autoridades en la sociedad civil
(2234 – 2237)

El cuarto mandamiento de Dios nos ordena también honrar a todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. Este mandamiento determina los deberes de quienes ejercen la autoridad y de quienes están sometidos a ella.

Los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio. «El que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su esclavo» (Mt 20,26). Nadie puede ordenar o instituir lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural.

El ejercicio de la autoridad ha de manifestar una justa jerarquía de valores con el fin de facilitar el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad de todos. Los superiores deben ejercer la justicia distributiva con sabiduría teniendo en cuenta las necesidades y la contribución de cada uno y atendiendo a la concordia y la paz. Deben velar porque las normas y disposiciones que establezcan no induzcan a la tentación de la corrupción oponiendo el interés personal al de la comunidad.

El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente de las familias y de los desheredados.

Deberes de los ciudadanos
(2238 – 2243)

Los que están sometidos a la autoridad deben mirar a sus superiores como representantes de Dios que los ha instituido ministros de sus dones: «Sean sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana... Obren como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios» (1P 2,13.16). Su colaboración leal entraña el derecho, a veces el deber, de ejercer una justa reprobación de lo que les parece perjudicial para la dignidad de las personas o el bien de la comunidad.

Deber de los ciudadanos es contribuir con la autoridad civil al bien de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política.

La sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto, la defensa del país: «Den a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor» (Rm 13,7).

El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, les es lícito a estos defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica.

La comunidad política y la Iglesia
(2044 – 2046)

La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre. Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia.

Pertenece a la misión de la Iglesia emitir un juicio moral también sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Los cristianos residen en su propia patria, pero como extranjeros domiciliados. Cumplen todos sus deberes de ciudadanos y soportan todas sus cargas como extranjeros. Obedecen a las leyes establecidas, y su manera de vivir está por encima de las leyes. Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar" (Carta a Diogneto).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Oh Dios, que diste un origen idéntico
a todos los pueblos y quisiste formar
con ellos una sola familia en tu amor,
llena los corazones del fuego de tu caridad
y suscita en todos los hombres
el deseo de un progreso justo y fraternal,
para que, con los bienes que generosamente repartes entre todos,
se realice cada uno como persona humana
y, suprimida toda discriminación,
reinen en el mundo la igualdad y la justicia.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.