DOMINGO V DE CUARESMA “A”

"Morir al pecado es empezar a participar de la resurrección de Cristo"

Ez 37,12-14:         "Os infundiré mi espíritu y viviréis"

Sal 129,1-8:        "Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa"

Rm 8,8-11:         "El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros"

Jn 11,1-45:         "Yo soy la resurrección y la vida"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

«Señor, tu amigo está enfermo… Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». El evangelista juega con dos verbos en el texto griego original: "phileîn" y "agapân". «Tu amigo», al que quieres (phileîn) con afecto de amistad: es la percepción de las hermanas (y también del resto de la gente cuando le ven llorar ante la tumba: «¡Cómo lo quería!»); pero el evangelista, desde la fe revelada, corrige esta percepción limitada de la calidad del amor de Jesús: «Jesús amaba…» con amor de caridad (agapân), que tiene exigencias superiores a lo que puede pedir una mera amistad. Cristo nos ama con un amor que va mucho más allá de lo que nosotros somos capaces de experimentar o desear. El problema es cuando nosotros concebimos el amor de Cristo como proyección de nuestra limitada forma de amar. ¿Será por eso que Jesús nos manda amar a los demás, no como a nosotros mismos, sino como Él nos ha amado?

«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Idénticas palabras repiten las dos hermanas, cada una por su cuenta. Palabras que son expresión de fe en Jesús, pero una fe muy limitada, muy a la medida humana. Creen que Jesús puede curar a un enfermo, pero no creen que pueda resucitar a un muerto. ¿No es así también nuestra fe? Ponemos condiciones al poder del Señor. Y sin embargo su poder es incondicionado: «para Dios nada hay imposible».

«Si crees verás la gloria de Dios». Frente a esta fe tan corta, el evangelio nos impulsa a una fe "a la medida de Dios". Él quiere manifestar su grandeza divina, su poder infinito, su gloria. Deliberadamente, Jesús tarda en acudir a la llamada de Marta y Maria. Permite que Lázaro muera para resucitarle y manifestar de manera más potente su gloria: «Esta enfermedad... servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». No hay situación que no tenga remedio; cuanto más difícil, más fácil que Cristo "se luzca".

«El que cree en mí… vivirá… no morirá para siempre». Jesús es el único que da la vida eterna, y quien la recibe, la tiene precisamente por creer en Él. La amistad entre Jesús, Lázaro y sus hermanas era de sobra conocida. Pero no hace el milagro por eso, sino porque creían en Él. La fe, más que carta de recomendación para el milagro, es requisito indispensable.

El centro del relato lo constituye la revelación que Jesús hace de sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida»; afirmación lo suficientemente grave como para respaldarla con una victoria sobre la muerte, resucitando a Lázaro. Jesús, no sólo "posee" la vida, "es" la vida; no sólo resucitará a otros en el último día, Él mismo "es" la resurrección. La vida sobrenatural, que Jesús concede ya ahora a quienes creen en Él, contiene en germen la resurrección final. Si permite el mal es para que más se manifieste lo que Él es y lo que es capaz de realizar: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros... para que creáis».

En la oración que hace Jesús, la acción de gracias precede al acontecimiento: «Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado», lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: «Yo sabía bien que tú siempre me escuchas», lo que implica que Jesús, por su parte, ora de manera constante y es consciente de su especial relación con "su" Padre. Así, apoyada en la acción de gracias y en la confianza filial y amorosa, la oración de Jesús nos revela cómo pedir: antes de que lo pedido sea otorgado, Jesús se adhiere a Aquel que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el "tesoro", y en Él está el corazón de su Hijo; el don se otorga como «por añadidura».

Porque Jesús es la Resurrección, ha roto las ataduras de Lázaro; pero a nosotros nos libra de las ataduras del pecado y de la muerte. Esta cuaresma tiene que significar para nosotros y para toda la Iglesia, y todavía más, para los que por el pecado están muertos a la vida de gracia –verdaderos "muertos vivientes"– una auténtica resurrección a una vida nueva. Cristo es la resurrección, y lo típico de su acción es hacer surgir la vida donde sólo había muerte. Cristo puede y quiere resucitar al que está muerto por el pecado o por la carencia de fe. Lo suyo es hacer cosas grandes, maravillas divinas. Y nosotros no debemos esperar menos. No tenemos derecho a dar a nadie por perdido.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe en Jesús y la fe en la resurrección:
(994).

Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos, anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del "signo de Jonás", del signo del Templo: anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte.

Los signos del Reino de Dios:
(547. 548. 549. 550).

Jesús acompaña sus palabras con numerosos "milagros, prodigios y signos" que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos (o milagros) que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. Invitan a creer. Jesús concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser "ocasión de escándalo". A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos, del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: «Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios». Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo». Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: "Dios reinó desde el madero de la Cruz".

Libertad, necesidad y perseverancia en la fe:
(160. 161. 162).

El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza. Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados. Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús. En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él.

Creer en Cristo Jesús, y en Aquel que lo envió, es necesario para obtener la salvación. Puesto que «sin la fe... es imposible agradar a Dios» (Hb 11, 6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que haya «perseverado en ella hasta el fin», obtendrá la vida eterna.

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo. S. Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron un la fe». Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe "actuar por la caridad", ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La conversión del corazón, principio de una vida nueva:
(1848; cf 1888).

Como afirma S. Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos «la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor». Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: «Reciban el Espíritu Santo». Así pues, en este convencer en lo «referente al pecado», descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito" (Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El sueño, hermano de la muerte,
a su descanso nos convida;
guárdanos tú, Señor, de suerte
que despertemos a la vida.

Tu amor nos guía y nos reprende
y por nosotros se desvela,
del enemigo nos defiende
y, mientras dormimos, nos vela.

Te ofrecemos, humildemente,
dolor, trabajo y alegría;
nuestra plegaria balbuciente:
¡Gracias, Señor, por este día!

Recibe, Padre, la alabanza
del corazón que en ti confía
y alimenta nuestra esperanza
de amanecer a tu gran día.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

DOMINGO IV DE CUARESMA “A”

"Los bautizados estamos iluminados por Cristo para no caminar a ciegas ni en tinieblas"

1S 16,1b.6-7; 10-13a:        "David es ungido rey de Israel"

Sal 22,1-6                            "El Señor es mi pastor, nada me falta"

Ef 5,8-14:                             "Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz"

Jn 9,1-41:                             "Fue, se lavó, y volvió con vista"

  
 

I. LA PALABRA DE DIOS

La curación del ciego de nacimiento es un "milagro-signo revelador", típico del evangelio de Juan: Jesús se revela con palabras y con hechos que las confirman; en este caso, la revelación es: «Yo soy la luz del mundo», soy «la Vida que es la luz de los hombres».

« ¿Quién pecó?». La pregunta de los discípulos parte de la creencia en una relación causa–efecto entre pecado y enfermedad física. «Ni éste pecó ni sus padres». Jesús distingue el pecado del mal físico. El sentido de la respuesta de Jesús sería: "ni pecó este ni sus padres, pero dejad que se manifiesten el él las señales de Dios a favor de Jesús".

«Hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos». Todo el relato describe, por una parte, el itinerario hacia la fe (el ciego llega a ver); y, por otra, el itinerario inverso, el del endurecimiento (la ceguera de los fariseos es mayor al final): El primer paso para la fe resulta paradójico: cegar más; pero es que "la fe, cegando, da luz" (san Juan de la Cruz). Le abrió los ojos, cuando parecía se los tapaba. Ni en el gesto de la aplicación de la saliva –a pesar de que los antiguos le atribuían poderes curativos– ni en la purificación en el estanque, hay relación de causa a efecto, sino una significación sacramental más profunda (bautismo, eucaristía, y los demás sacramentos).

«Empecatado naciste». Queda claro el influjo de la voluntad en la fe y en la negativa a creer. Se acaba insultando al ciego–vidente, que, con ironía popular, da una lección a sus jueces malintencionados. Mientras que Jesús había afirmado que no se trataba de un pecado personal del ciego, la actitud orgullosa de los fariseos hace que se erijan en jueces absolutos y lo condenen como pecador.

«Y lo expulsaron» … «¿Tú crees en el Hijo del Hombre?». Jesús acoge al rechazado por Israel y hace que su conocimiento de fe crezca hasta la plena luz: desde pensar que Jesús es un cualquiera («ese hombre que se llama Jesús»), a reconocer que es un profeta, aceptar luego que es santo y enviado de Dios; hasta, finalmente, confesar y adorar al Hijo del Hombre como Señor y Dios («Creo, Señor. Y se postró»).

«Para un juicio he venido»: para provocar en los hombres un discernimiento y una elección, una decisión a favor o en contra. Ésta es la clave de porqué el ciego llega a la luz mientras que los judíos se vuelven ciegos.

Éste ciego somos nosotros. Ciegos de nacimiento. E incapaces de curarnos nuestra propia ceguera. Hemos entrado en la Cuaresma para ser iluminados por Cristo, para que Él sane nuestra ceguera. ¡Qué poquito conocemos a Dios! ¡Qué poco entendemos sus planes! De Dios es más lo que no sabemos que lo que sabemos. Somos incapaces de reconocer a Cristo, que se acerca a nosotros bajo tantos disfraces. Nuestra fe es demasiado corta. El mejor fruto de Cuaresma es que salgamos de ella con la fe acrecentada, lúcida, potente, en sintonía con el misterio de Dios y sus planes, capaces de discernir la voluntad de Dios, que quiere «arrancarnos del dominio de las tinieblas» para que vivamos en la luz de Cristo, iluminados por su presencia.

La primera condición es reconocer que somos ciegos y dejar entrar en nuestra vida a Cristo, «la luz del mundo». El ciego reconoce su ceguera y además de la vista recibe la fe. Creer en Jesús es dejar atrás la oscuridad del pecado, y tener comunión de vida con Dios. Los fariseos, en cambio, se creen lúcidos «nosotros sabemos» y rechazan a Jesús, se cierran a la luz de la fe y quedan ciegos. La soberbia es el mayor obstáculo para acoger a Cristo y ser iluminados.

La sanación es un testimonio potente del paso de Cristo por la vida de este ciego. Él no sabe dar explicaciones de quién es Jesús. Simplemente confiesa: «sólo sé que era ciego y ahora veo». Pero con ello está proclamando que Cristo es la luz del mundo. No se trata de ideas, sino de un acontecimiento: estaba muerto y he vuelto a la vida, era esclavo del pecado y he sido liberado. Esto es nuestra Cuaresma y nuestra Pascua: el acontecimiento de Cristo que pasa por nuestra vida sanando, iluminando, resucitando, comunicando vida nueva.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, revelación del Padre
y misterio de Redención
(516, 517)

Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: «Quien me ve a mí, ve al Padre», y el Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenle». Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre, nos "manifestó el amor que nos tiene" con los menores rasgos de sus misterios.

Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz, pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza; en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento; en su palabra que purifica a sus oyentes; en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales «él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades»; en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica.

Cristo, luz de los pueblos
(748)

Cristo es la luz de los pueblos. La luz de Cristo, resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

El Bautismo, baño de iluminación
(1216)

Este baño, el Bautismo, es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza en la catequesis su espíritu es iluminado. Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre'', el bautizado, "tras haber sido iluminado", se convierte en "hijo de la luz", y en "luz" él mismo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son "la luz del mundo".

El Bautismo nos da la luz de la fe

La fe es una virtud sobrenatural infusa por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, no por la evidencia de esas verdades, sino por la autoridad de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos. Los cristianos creemos las verdades contenidas en la Palabra de Dios, escrita en la Biblia o transmitida por la Tradición, y que son propuestas por el Magisterio de la Iglesia como divinamente reveladas. Las principales verdades de nuestra fe se encuentran resumidas en el Credo. El hombre necesita para creer la gracia del Espíritu Santo, pues la fe es un don sobrenatural. La fe es necesaria para la salvación, pues, como afirmó el Señor, «el que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer se condenará».

El Bautismo es el sacramento de la fe. Pero la fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. La fe debe crecer después del Bautismo.

La duda en la fe puede llevar a
la ceguera del espíritu
(2088)

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe: La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer; La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta –si la duda se fomenta deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del espíritu–; La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento; Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; Apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; Cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.

Los pecados más graves y comunes contra la fe son los siguientes: Creer alguna cosa contra la fe o fomentar dudas sobre ella; Desconfiar de la misericordia paternal de Dios; La idolatría o adoración de dioses falsos; La superstición, o sea, creer en fuerzas ocultas y ridículas; La adivinación y la magia, o sea, el recurso a medios ilícitos que equivocadamente se supone "desvelan" el porvenir; La irreligión, o sea, tentar a Dios o cometer sacrilegios; Leer, retener o propagar escritos contrarios a la fe; El ateísmo o negación de Dios.

Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.

La sexta bienaventuranza proclama «bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Los de "corazón puro" o limpio son los que, iluminados por el Espíritu Santo, han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor a la verdad y la ortodoxia de la fe. Hay un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe.

La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un prójimo; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Quedaremos iluminados, queridos hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento. También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que el Señor nos ilumine... Piensa que también iluminó a los ciegos" (San Agustín).

"El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios... lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios" (San Gregorio Nacianceno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver,
quiero creer.

Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé,
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.

Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.

Están mis ojos cansados
de tanto ver luz sin ver;
por la oscuridad del mundo,
voy como un ciego que ve.

Tú que diste vista al ciego
y a Nicodemo también,
filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe.

     Amén.

DOMINGO III DE CUARESMA “A”

"Rescatados por el agua del bautismo, estamos llamados a beber del agua que salta hasta la vida eterna"

Ex 17,3-7:    Danos agua para beber

Sal 94, 1-9:    Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: «no endurezcan su corazón»

Rm 5,1-2.5-8:    Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo

Jn 4,5-42:    Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna

  
 

I. LA PALABRA DE DIOS

«Jesús, fatigado del camino». El evangelista san Juan sabe unir los extremos: la "gloria" de Jesús y el realismo de su "carne": la fatiga, la sed, las lágrimas, la preocupación, la turbación, la amistad humana. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, pero su vida humana no fue cómoda; la pobreza y las dificultades materiales lo acompañaron durante largas jornadas agotadoras.

«Dame de beber». Con sorpresa de los discípulos y de ella misma (hablar con una mujer era una de las seis cosas que tenían prohibidas los discípulos de los rabinos), Cristo inicia el diálogo con la samaritana. Él toma la iniciativa. No tiene inconveniente en mendigar de ella un poco de agua para entrar en diálogo. Dios tiene sed de dar. Cristo desea ardientemente establecer este diálogo con cada uno de nosotros. El pecado rompe este diálogo. El pecado no consiste ante todo en hacer el mal, sino en romper este diálogo, dejar que se enfríe esta amistad. Por eso, el primer fruto de la Cuaresma debe ser un diálogo renovado con Cristo, una oración más viva, más consciente y personal, más abundante; un diálogo que impregne toda nuestra vida.

«Si conocieras el don de Dios...» Como en otro tiempo le ocurrió a Nicodemo, la samaritana se queda en la superficie de lo que oye. El verdadero pecado de la Samaritana, del que brota su vida moral desquiciada, es no conocer a Jesús. Conocer es el primer paso de la conversión. Jesús va conduciendo el diálogo con esta mujer pecadora, suscitando en ella el atractivo por lo bello, por lo grande, por lo eterno. El que ha empezado pidiendo, se revela en seguida como el que ofrece y es capaz de dar lo infinito, lo divino, «el don de Dios»: el don de la verdad. Todo el relato está orientado hacia la revelación de la identidad de Jesús. Poco a poco se va dando a conocer a ella, para que al final termine aceptándole como «el Salvador del mundo». El diálogo con Cristo –también para nosotros– es siempre un diálogo de salvación, un diálogo que nos dignifica y nos hace descubrir el sentido de nuestra vida, los horizontes sin fin de una vocación eterna.

«Agua viva». La que brota y corre limpia, en oposición al agua estancada. Conocer a Jesús es beber agua que fluye como manantial perenne y comunica vida eterna. A partir de la glorificación de Jesús, ese conocimiento se da en la Iglesia gracias a la acción del Espíritu Santo, que nos acerca la revelación.

«Adorarán al Padre en espíritu y en verdad». Mucho más que espiritualmente (en oposición al culto exterior) y que verdaderamente (con autenticidad). La adoración al Padre es suscitada en el creyente por el Espíritu de Dios, que lo hace orar "injertado" en el Hijo, en Jesús (que es la verdad). El culto cristiano (interno y externo) querido por Dios, nace cuando se acepta la revelación de Cristo y se siguen las mociones del Espíritu del Padre y del Hijo.

«Yo soy, el que te está hablando». Es la cima del relato; Jesús se revela, se da a conocer: «Yo soy». Así se revela Yahveh en el AT (cf. Ex 3,14); al hacer suyo el nombre divino, Jesús se coloca en el nivel de Dios, expresando su ser eterno.

«En aquel pueblo, muchos creyeron en Él por el testimonio que había dado la mujer». El que nota que Cristo ha entrado en su vida y experimenta el gozo de su salvación, hace que continúe para otros este diálogo de salvación. Es lo que hace la samaritana: «Venid a ver... me ha dicho todo lo que he hecho...» Su testimonio suscita en otros el atractivo por Cristo y hace que entren en la órbita de Cristo. De esa manera acaban también ellos experimentando la salvación: «Ya no creemos por lo que tú dices, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos...» ¿Será tan difícil que cada uno de nosotros dé testimonio de lo que Cristo ha hecho en su vida?

II. LA FE DE LA IGLESIA

El agua, símbolo del Espíritu Santo
(694).

El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero «bautizados en un solo Espíritu», también «hemos bebido de un solo Espíritu»: el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna.

El Agua en la economía de la salvación
(1217-1222).

En la liturgia de la Noche Pascual, cuando se bendice el agua bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria de los grandes acontecimientos de la historia de la salvación que prefiguraban ya el misterio del Bautismo. Desde el origen del mundo, el agua, criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad. La Sagrada Escritura dice que el Espíritu de Dios «se cernía» sobre ella. La Iglesia ha visto en el arca de Noé una prefiguración de la salvación por el bautismo. Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la Cruz. Por este simbolismo, el bautismo significa la comunión con la muerte de Cristo. Sobre todo el paso del mar Rojo, verdadera liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la liberación obrada por el bautismo. Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida, imagen de la vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza.

Dar a Dios culto en espíritu y en verdad
(1179).

El culto «en espíritu y en verdad» de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles se reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las «piedras vivas», reunidas para «la edificación de un edificio espiritual». El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo, «somos el templo de Dios vivo».

Fuentes de la oración
(2652-2660).

El Espíritu Santo es el «agua viva» que, en el corazón orante, «brota para vida eterna». Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo.

* La Palabra de Dios

La Iglesia recomienda insistentemente a todos sus fieles la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras" (San Ambrosio).

Los Padres espirituales resumen así las disposiciones de un corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: "Busca leyendo, y encontraras meditando; llama orando, y te abrirán contemplando" (Guido el Cartujano).

* La Liturgia de la Iglesia

La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante su celebración y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive «en lo secreto», siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Santísima Trinidad.

* Las virtudes teologales

Se entra en oración como se entra en la liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo que queremos escuchar y guardar.

El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza. Inversamente, la oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la esperanza. Los salmos muy particularmente, con su lenguaje concreto y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: «En el Señor puse toda mi esperanza, Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor» (Sal 40, 2). «El Dios de la esperanza les colme de todo gozo y paz en su fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15, 13).

«La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como Él nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración.

* "Hoy"

Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual; pero, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración. La enseñanza de Jesús sobre la oración a nuestro Padre está en la misma línea que la de la Providencia (cf. Mt 6, 11.34): el tiempo está en las manos del Padre; lo encontramos en el presente, ni ayer ni mañana, sino hoy: «¡ojalá oigan hoy su voz!: no endurezcan su corazón» (Sal 94,7.8).

Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los "pequeños", a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino (cf. Lc 13, 20 21).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Jesús pide de beber y promete dar de beber; necesita como si hubiera de recibir, y mana como si hubiera de saciar. "Si conocieras, dice, el don de Dios". Este don de Dios es el Espíritu Santo, pero todavía está oculto a la mujer y poco a poco va entrando en su corazón. Quizás ya lo está presagiando. ¿Hay algo más suave y bello que estas palabras: Si conocieras...? Agua viva es la que corre de una fuente.... es la que había allí, ¿cómo, pues, promete lo que pide?» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Te amo, Dios mío,
y mi único deseo es amarte
hasta el último suspiro de mi vida.

Te amo, Dios mío infinitamente amable
y prefiero morir amándote
a vivir sin amarte.

Te amo, Señor,
la única gracia que te pido
es amarte eternamente...

Dios mío, si mi lengua no puede decir
en todos los momentos que te amo,
quiero que mi corazón te lo repita
cada vez que respiro
.

            (S. Juan María Vianney).

DOMINGO II DE CUARESMA “A"

Los que habían anunciado al Mesías ven su luz; los que tienen que anunciarlo verán antes su cruz

Gn 12,1-4a:             Vocación de Abraham, padre del pueblo de Dios

Sal 32, 4-32:            Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti

2Tm 1,8b-10:             Dios llama y nos ilumina

Mt 17,1-9:             Su rostro resplandeció como el sol

I. LA PALABRA DE DIOS

La escena de la Transfiguración, situada junto a la predicción de la Pasión, hace que los discípulos descubran la profundidad de lo que antes les resultaba escandaloso. Para los discípulos, que acaban de oír que el Mesías realizará su misión mediante el sufrimiento, la transfiguración de Jesús tenía una función pedagógica: sostener su fe con una experiencia de gloria, breve anticipación de lo que verían cuando el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos.

La llamada a la conversión que la Iglesia nos ha dirigido en el primer domingo, ahora se precisa más. La conversión sólo es posible mirando a Cristo, dejándonos cautivar por su infinito atractivo: «Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!». Contemplando a Cristo también nosotros vamos siendo transfigurados; recibiendo su luz vamos siendo transformados en una imagen cada vez más perfecta del Señor.

«Nos salvó y nos llamó a una vida santa» (segunda lectura). La conversión no es poner algún parche o remiendo a los defectos más gruesos. Cristo quiere hacernos santos. Y la conversión está en función de esta vida santa a la que nos llama. Él no se conforma con menos. La conversión es continua, hasta que quede perfectamente restaurada en nosotros la imagen de Dios, hasta que Cristo sea plenamente formado en nosotros. Dejar de lado la conversión es olvidar que hemos sido llamados a una vida santa y es despreciar a Cristo que nos llama a ella.

«Sal de la tierra» (primera lectura). La respuesta de Abraham a la iniciativa de Dios irrumpiendo en su historia, no puede ser otra que la fe. Es respuesta arriesgada, porque no sabe a dónde va; y segura porque Dios está con él. Luz y tinieblas mezcladas. También a nosotros se nos dirige esta llamada, como a Abraham. Conversión significa salir de nosotros mismos, romper con nuestra instalación y nuestras seguridades, dejar nuestros egoísmos y comodidades... Llamada a la santidad significa ponernos en camino hacia la tierra que el Señor nos mostrará, con entera disponibilidad a su voluntad, a los planes que nos irá manifestando, para que nos lleve a donde Él quiera, cuando y como Él quiera.

«Sal de tu tierra» significa también «toma parte en los duros trabajos del evangelio según las fuerzas que Dios te dé» (segunda lectura), es decir, colabora con todas tus energías para que muchos otros reciban la buena noticia de que pueden convertirse y ser santos. He ahí el profundo sentido apostólico, evangelizador y misionero de la Cuaresma. El Señor nos ofrece, como a Abraham: «De ti haré un gran pueblo». El Señor desea que demos fruto abundante (Jn 15,16). Pero una vida mediocre es una vida estéril. De nuestra conversión y santidad depende que nuestra vida sea fecunda.

La cruz en el horizonte del cristiano, aunque como a los discípulos dé miedo, no deja de ser identificación con el propio Cristo. A la luz del Tabor es sencillo sentirse cómodo; pero el de la luz no es el Cristo "completo": falta el paso de la Cruz.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Transfiguración, visión anticipada del Reino
(568, 554 – 556).

La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un "monte alto" prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: "la esperanza de la gloria".

A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día»: Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por Él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le «hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén». Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle».

Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para "entrar en su gloria", es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: "Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa" (Santo Tomás de Aquino).

En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús "fue manifestado el misterio de la primera regeneración": nuestro bautismo; la Transfiguración "es el sacramento de la segunda regeneración": nuestra propia resurrección.

Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios»: "Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña. Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?" (S. Agustín).

En la Cruz Jesús nos mereció la salvación
(616 – 618).

Jesús consuma su sacrificio en la cruz. El "amor hasta el extremo" es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

"Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación" enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como "causa de salvación eterna". Y la Iglesia venera la Cruz cantando: "Salve, oh cruz, única esperanza".

Nosotros participamos en el sacrificio de Cristo. La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador entre Dios y los hombres". Pero, porque en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre", Él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual". El llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" porque El «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas». El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Para que los apóstoles concibiesen con toda su alma esta dichosa fortaleza, no temblasen ante la aspereza de la cruz, no se avergonzasen de la Pasión de Cristo y no tuviesen por denigrante el padecer .... subió con ellos solos a un monte elevado, les manifestó el resplandor de su gloria, porque, aunque creían en la majestad de Dios, sin embargo ignoraban el poder del cuerpo, bajo el que se ocultaba la divinidad... Con esa Transfiguración pretendía especialmente sustraer el corazón de sus discípulos del escándalo de la cruz y evitar que la voluntaria ignominia de su Pasión hiciese flaquear la fe de los mismos" (San León Magno).

"Tú te has transfigurado en la montaña, y en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente irradiación del Padre" (Liturgia bizantina de la Fiesta de la Transfiguración).

"Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo" (Sta. Rosa de Lima).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado.

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Mas no a mí solo,
purifica también a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo.

Transfigúralos, Señor, transfigúralos.

Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Amén.

DOMINGO I DE CUARESMA “A”

El desierto, escenario de la tentación y comienzo de la victoria de la Pascua

Gn 2,7-9;3,1-7:                             Creación y pecado de los primeros padres

Sal 50,3-17:                                Misericordia, Señor, hemos pecado

Rm 5,12-19:                                 Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia

Mt 4,1-11:                                 Jesús ayuna durante cuarenta días y es tentado

 

I. LA PALABRA DE DIOS

El Génesis presenta a la serpiente como símbolo de un poder hostil al hombre. Eva es engañada. El pecado comienza siempre con un falseamiento de la verdad.

«Todos pecaron». Al inicio mismo de la Cuaresma la Iglesia pone ante nuestros ojos este hecho triste y desgraciado. La historia de Adán y Eva es nuestra propia historia: la historia de un fracaso y de una frustración como consecuencia del pecado. Por el pecado entró en el mundo la muerte. En el fondo, todos los males provienen del pecado, del querer ser como dioses, del deseo de construir un mundo sin Dios, al margen de Dios.

Por eso la conversión es necesaria. Estamos tocados por el pecado, manchados, contaminados... No podemos seguir viviendo como hasta ahora. Se hace necesario un cambio radical de mente, de corazón y de obras. La conversión es necesaria. O convertirse o morir. Y eso no sólo cada uno como individuo; también nuestras comunidades, nuestras parroquias, nuestras instituciones, las diócesis, la Iglesia entera... que han de ser continuamente reformadas para adaptarse al plan de Dios, para ser fieles al evangelio. «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». (Lc 13,5).

Las llamadas "tres tentaciones" –experiencia personal del Hijo de Dios que, en su humanidad, se vio sometido a "pruebas" (eso es una tentación)–, son variantes del mismo ataque diabólico, tendente a hacer que Jesús se presentara como Mesías político o revolucionario y predicara el Evangelio con métodos del "mundo". No podemos saber, por el texto, si se trata de visiones corporales y tangibles, o de visiones imaginarias experimentadas en la psicología humana de Jesús.

«Si eres Hijo de Dios…». ¡Hasta en el Calvario se repite este estribillo tentador! «La ciudad santa» es Jerusalén. Frente al camino fácil para atraer a las masas –lo espectacular, lo popular: "pan y circo"– Jesús se adhiere a la voluntad del Padre, que quiere ganar cada corazón humano por la conversión y renovación de vida.

Tener pan, tener poder, tener a Dios a mano para utilizarlo; he aquí una trilogía de tentaciones con un solo vencedor: Jesucristo, porque eligió la libertad. El que busca "ser" antes que "tener", siempre es libre; el que quiere "tener" antes que "ser", casi nunca. Frente a toda tentación, que para presentarse al hombre se disfraza de verdad y bien, Cristo se presenta como la "Verdad", sin disfraces de ninguna clase. Así, la victoria sobre el pecado es segura.

La conversión es necesaria. Esta es la buena noticia que nos da la Iglesia, que quiere sacarnos de nuestros pecados, de la mentira, de la muerte. Pero además nos anuncia que donde Adán fracasó Cristo ha vencido (evangelio). También Él ha sido tentado, pero el pecado no ha podido con Él: Satanás y el pecado han sido derrotados.

Más aún, la victoria de Cristo es también la nuestra (segunda lectura). La contraposición paulina ADAN-CRISTO dice que en la justificación Cristo nos da lo que nos quitó Adán con su pecado. Todo el magisterio de la Iglesia anterior y posterior al concilio de Trento, cita este pasaje para explicar el dogma del pecado original (verdadero pecado, que se transmite por generación a todos, y existe en cada hombre como suyo propio; que acarrea consecuencias negativas para toda la humanidad, y para el individuo: perdida de la gracia, sometimiento a la muerte). Con todo, el núcleo del pensamiento de san Pablo no es el pecado introducido por Adán, sino la redención universal gracias a Cristo: solidaridad de todos los hombres entre sí y en Cristo, la humanidad recapitulada en Cristo para la vida, como lo está en Adán para la muerte.

La conversión es posible. El pecado ya no es irremediable. Cristo, al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado; de este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba. No podemos seguir excusándonos diciendo que somos débiles y pecadores. La gracia de Cristo es más fuerte que el pecado. El pecado ya no debe dominar en nosotros. Entramos en la Cuaresma para luchar y para vencer; y no sólo nuestro pecado, sino también el de los demás; pero no con nuestras solas fuerzas, sino con la fuerza y las armas de Cristo.

El camino de Cristo hacia la Pascua comienza en el desierto. La Iglesia, siguiendo a su Señor, inicia en este tiempo el largo itinerario cuaresmal con una convicción que nos llena de ánimo: Cristo saldrá vencedor ...y nosotros con Él.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las tentaciones de Jesús
(538-540)

Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan. «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de Él «hasta el tiempo determinado».

Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación, Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto, Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo. Él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

La victoria sobre el «príncipe de este mundo» (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo ha sido «echado abajo» (Jn 12, 31; Ap 12, 11).

Las tentaciones de Jesús manifiestan la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al Tentador a favor nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.

«No nos dejes caer en la tentación»
(2846-2849)

En esta petición del Padrenuestro pedimos a nuestro Padre que no nos "deje caer" en ella: significa "no permitas entrar en", "no nos dejes sucumbir a la tentación". «Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie» (St 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate "entre la carne y el Espíritu". Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.

El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior (Lc 13, 1315; Hch 14, 22; 2 Tm 3, 12) en orden a una «virtud probada» (Rm 5, 35), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (St 1, 1415). También debemos distinguir entre "ser tentado" y "consentir" en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gen 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.

"No entrar en la tentación" implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores». «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu». El Padre nos da la fuerza para este "dejarnos conducir" por el Espíritu Santo. «No han sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que sean tentados sobre sus fuerzas. Antes bien, con la tentación les dará el modo de poderla resistir con éxito» (1 Co 10, 13).

Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su Nombre". El Espíritu Santo trata de despertamos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16, 15).

Formas de penitencia en la vida cristiana
(1438)

Los tiempos y los días de penitencia (el tiempo de Cuaresma, y cada viernes del año en memoria de la muerte del Señor) a lo largo del año litúrgico son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres... En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado" (Orígenes).

"El alma que hubiera de vencer su fortaleza (la del Tentador) no podrá sin oración, ni sus engaños podrá entender sin mortificación y sin humildad. Que por eso dice S. Pablo avisando a los fieles estas palabras: «Vístanse de las armas de Dios, para que puedan resistir contra las astucias del enemigo, porque esta lucha no es como contra la carne y sangre» entendiendo por sangre el mundo, y por las armas de Dios, la oración y cruz de Cristo, en que está la humildad y mortificación que habemos dicho" (San Juan de la Cruz).

"El Señor que ha borrado su pecado y perdonado sus faltas también les protege y les guarda contra las astucias del diablo que les combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no les sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio. "Si Dios esta" con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

María, pureza en vuelo,
Virgen de vírgenes, danos
la gracia de ser humanos
sin olvidarnos del cielo.

Dichosa tú, que, entre todas,
fuiste por Dios sorprendida
con tu lámpara encendida
por el banquete de bodas.

Con el abrazo inocente
de un hondo pacto amoroso,
vienes a unirte al Esposo
por virgen y por prudente.

Enséñanos a vivir;
ayúdenos tu oración;
danos en la tentación
la gracia de resistir.

Honor a la Trinidad
por esta limpia victoria.
Y gloria por esta gloria
que alegra la cristiandad. Amén.

DOMINGO IV ORDINARIO “A”


Cristo llama bienaventurados a los que el mundo desprecia

So 2,3;3,12-13:             Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde

Sal 145, 7-10:                Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

1Co 1,1-12:                 Dios ha escogido lo débil del mundo

Mt 5,1-12:                 Dichosos los pobres de espíritu

 

I. LA PALABRA DE DIOS

Como Moisés en el Sinaí promulgó la Ley antigua, Cristo en la montaña proclama la Ley de la Nueva Alianza.

«Él se puso a hablar, enseñándoles». Después de la proclamación, viene la enseñanza catequética para los seguidores de Jesús.
Este discurso inaugural es programático: habla de reforma interior, de las actitudes internas necesarias para ese nuevo tipo de existencia, o "nuevo estilo de vida", llamado "salvación", "reino de Dios", "vida nueva", "civilización del amor".

"Las bienaventuranzas no tienen como objeto, propiamente, unas normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no coinciden con los mandamientos. Pero no hay separación o discrepancia entre las bienaventuranzas y los mandamientos, pues ambos se refieren al bien, a la vida eterna. Las bienaventuranzas son, ante todo, promesas de las que también se derivan, de forma indirecta, indicaciones normativas para la vida moral. En su profundidad original son una especie de autorretrato de Cristo y, precisamente por esto, son invitaciones a su seguimiento y a la comunión de vida con Él" (Juan Pablo II).

«Los pobres en el espíritu». Literalmente "los pobres (en cuanto) al espíritu". Esos "pobres" son los "anawím" del AT: conscientes de su radical necesidad de Dios, ponen sólo en Él su confianza; son los "humildes", más bien que los que carecen de bienes materiales. Esos "pobres" pueden ser ricos, como el rey David, que "llámase pobre, aunque está claro que era rico, porque no tenía en las riquezas su voluntad; si fuera realmente pobre, y de la voluntad no lo fuera, no era verdaderamente pobre" (San Juan de la Cruz). El Eclesiástico (31,8-11) habla de la bienaventuranza del rico que usa bien sus riquezas. En cambio, puede existir un triunfalismo de la pobreza, no evangélico: en Qumrán "pobres de espíritu" parece ser título honorífico que se atribuía a sí misma la comunidad. Las demás bienaventuranzas son todas explicitaciones de la primera; los "pobres" son los que sufre, los mansos, los pacificadores, los perseguidos, etc.

Esa pobreza es la característica de la Antigua Alianza en la que Dios realiza su designio a través «de un pueblo pobre y humilde» (1a Lect.). Es también la característica de la Iglesia en la que «no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas» (2a Lect.).

«Dios ha elegido lo necio del mundo,... lo débil... lo plebeyo y despreciable..., lo que no cuenta...». Cuando San Pablo escribe estas palabras a los corintios no sólo está poniendo de relieve una situación de hecho –la inmensa mayoría de los cristianos eran gente pobre, sencilla, inculta, que no contaba a los ojos del mundo, despreciable para los que se creían algo–, sino que está enunciando un principio, un criterio de la acción de Dios, que elige con preferencia lo humanamente inútil para manifestar que Él y sólo Él es el Salvador.

«Para que nadie pueda gloriarse en presencia de Dios». Tenemos que estar muy atentos para ver si nuestros criterios y modos de actuar son los del evangelio. El mayor pecado es el gloriarnos en presencia de Dios, el enorgullecernos pensando que somos algo o podemos algo por nosotros mismos. El Señor nos dice tajantemente: «Sin mí no podéis hacer nada». No dice que sin Él no podemos mucho o sólo una parte, sino «nada». Cuando nos apoyamos –en la vida personal o apostólica– en la sabiduría humana, estamos perdidos. Cuando confiamos en el prestigio humano o en el poder, el resultado es el fracaso total, la esterilidad más absoluta.

«El que se gloríe, que se gloríe en el Señor». En Él y sólo en Él vale la pena apoyarse. «En cuanto a mí –dirá San Pablo– me glorío en mis debilidades» (2 Cor 12,9). Gozarnos en ser nada, en sabernos inútiles e incapaces, para apoyarnos sólo en Él, que nos dice: «Te basta mi gracia». Apoyarnos en los hombres no sólo conduce al fracaso, sino que es reproducir el primer pecado, el querer "ser como dioses", el prescindir de Dios.

Esto es tan serio, que San Pablo exclamará con vehemencia: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6,14). Sólo Cristo crucificado y humillado salva, pues Él es «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23-24). Él es para nosotros «sabiduría, justicia, santificación y redención». Fuera de Él no hay santidad, no hay salvación, no hay sabiduría.

Las Bienaventuranzas nos conducen a reconocer nuestra insuficiencia, a identificarnos con Jesucristo, a construir un mundo nuevo con los valores del Reino y a conseguir la bienaventuranza de Dios.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las Bienaventuranzas
(1716-1723).

Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

Las bienaventuranzas responden al deseo natural de Felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia El, el único que lo puede satisfacer.

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor

Los que esperan de Dios la justicia:
(716; 721; 725).

La gran obra del Espíritu Santo, durante el tiempo de las promesas para preparar la venida de Cristo, es el Pueblo de los "pobres", los humildes y los mansos; totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías. Esta es la calidad del corazón, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor «un pueblo bien dispuesto».

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres.

Por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en comunión con Cristo a los hombres "objeto del amor benevolente de Dios", y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios». Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, «nadie verá a Dios y seguirá viviendo», porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios... porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios" (San Ireneo).

"¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti" (S. Agustín).

"El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad... Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad [querer ser famoso] es otro... La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración" (Newman).

"Sólo Dios sacia" (S. Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Sólo desde el amor
la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas.

Desde el cimiento mismo
del corazón despierto,
desde la fuente clara
de las verdades últimas.

Ver al hombre y al mundo
con la mirada limpia
y el corazón cercano,
desde el solar del alma.

Tarea y aventura:
entregarme del todo,
ofrecer lo que llevo,
gozo y misericordia.

Aceite derramado
para que el carro ruede
sin quejas egoístas,
chirriando desajustes.

Soñar, amar, servir,
y esperar que me llames,
tú, Señor, que me miras,
tú que sabes mi nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén.