DOMINGO IV DE PASCUA "A"

“La del Buen Pastor, es una voz distinta”

Hch 2, l4a,36-41: “Dios lo ha constituido Señor y Mesías”

Sal 22,1-5: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

1P 2, 2-25: “Han vuelto al Pastor y guardián de sus vidas”

Jn 10,1-10: “Yo soy la puerta de las ovejas”


I. LA PALABRA DE DIOS

Cristo es el Buen Pastor. Pero lo es de cada uno. «Va llamando por el nombre a sus ovejas»: la relación con Cristo es personalísima. Y el tiempo pascual ha de afianzar esta relación. Ha de afianzar la certeza y la experiencia de que «el Señor es mi pastor». Esta es la única seguridad, incluso en medio de las oscuridades: «Nada temo, porque tú vas conmigo».

«Y las saca fuera»: “las hace salir”. Es la termino­logía tradicional de las narraciones del Éxodo para hablar de la liberación de la esclavitud.

¿Cómo vivo mi relación con Cristo? ¿Mi fe se traduce en confianza? ¿Experimento el gozo de saberme salvado y cuidado?

La imagen del “pastor” no es pintura tierna ni idílica: aparece en contexto de lucha y enfren­tamiento con los malos pastores, y entre continuas alusiones a perder la vida por las ovejas. El Buen Pastor se contrapone a los ladrones y salteadores que se aprovechan de las ovejas, y se distingue de los asalariados, porque da su vida en bien del rebaño. «Andaban descarriados... pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas». La Pascua es la celebración gozosa de haber sido encontrados y salvados por Cristo. Perdidos como estábamos, Cristo ha salido a buscarnos por los caminos del mundo y en esa búsqueda se ha dejado la piel: «Sus heridas os han curado». En su búsqueda de nosotros nos ha amado «hasta el extremo». De ahí que también nosotros debamos imitar su ejemplo y seguir sus huellas, estando dispuestos a dejar nuestra piel por buscar a los hombres que permanecen descarriados y perdidos.

«Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará». Cristo es la Puerta. Jesús es nuestro acceso al Padre. Él es el único mediador. «No se nos ha dado otro nombre en quien podamos salvarnos». Por Él, la Puerta, tenemos entrada al nuevo Templo, a la intimidad de Dios. Es a través de la puerta de la humanidad de Cristo como llegamos al Padre y recibimos el Espíritu. El corazón de Cristo, que fue traspasado en la cruz, ahora permanece eternamente glorificado como la única Puerta de salvación.

«Y podrá entrar y salir, y encontrará pastos»: En Cristo estamos en la esfera trinitaria, donde reina la verdadera libertad –«entrar y salir» es una expresión semítica que indica libertad de movimientos y actividad sin coacción– y la plenitud de vida («encontrará pastos»). Sólo a través de la humanidad de Jesús recibimos vida, y vida abundante. De ahí la llamada a convertirnos y a acoger plenamente a Cristo en nuestra vida.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los pastores de la Iglesia
(880-896; 935-939).

El colegio episcopal y su cabeza, el Papa

Cristo, al instituir a los Doce, formó una especie de Colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él. Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles.

El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó pastor de todo el rebaño. Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro. Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles. El Pontífice Romano tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad.

Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares (diócesis, prelaturas, vicariatos). Como tales ejercen su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada, asistidos por los presbíteros y los diáconos. Pero, como miembros del colegio episcopal, cada uno de ellos participa de la solicitud por todas las Iglesias, que ejercen primeramente dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción de la Iglesia universal. Esta solicitud se extenderá particularmente a los pobres, a los perseguidos por la fe y a los misioneros que trabajan por toda la tierra.

Los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió.

Los obispos, ayudados por los presbíteros, sus colaboradores, y por los diáconos, tienen la misión de enseñar auténticamente la fe, de celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, y de dirigir su Iglesia como verdaderos pastores.

La misión de enseñar

Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios. Son los predicadores del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo.

La misión del Magisterio es proteger al Pueblo de Dios de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y de costumbres. Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar "como revelado por Dios para ser creído" y como enseñanza de Cristo, hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe. Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina.

La misión de santificar

El obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos. La santifican con su ejemplo, «no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey». Así es como llegan a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado.

La misión de gobernar

Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada, que deben, no obstante, ejercer para edificar con espíritu de servicio, que es el de su Maes­tro.

El Buen Pastor será el modelo y la "forma" de la misión pastoral del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a los que cuida como verdaderos hijos. Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre. “Que nadie haga al margen del obispo nada en lo que atañe a la Iglesia” (San Ignacio de Antioquía).

La parroquia y su pastor
(2179).

La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio. Es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

No puedes orar en casa como en la Iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes” (S. Juan Crisóstomo).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el Buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.

Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.

Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.

La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.