DOMINGO VII DE PASCUA “A” SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

"Creer es también saberse enviado"

Hch 1,1-11:                 "Se elevó a la vista de ellos"

Sal 46, 2-9:                "Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas"

Ef 1,17-23:                 "Lo sentó a su derecha en el cielo"

Mt 28,16-20:                 "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra"

  1.  

I. LA PALABRA DE DIOS

«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». El misterio de la Ascensión celebra el triunfo total, perfecto y definitivo de Cristo. No sólo ha resucitado, sino que es "el Señor". En Él Dios Padre ha desplegado su poder infinito. A san Pablo le faltan palabras para describir «la eficacia de la fuerza poderosa de Dios» por la que el crucificado, el despreciado de todos los pueblos, ha sido glorificado en su humanidad y en su cuerpo y ha sido constituido Señor absoluto de todo lo que existe. Todo ha sido puesto bajo sus pies, bajo su dominio soberano. La Ascensión es la "fiesta de Cristo glorificado", exaltado sobre todo, entronizado a la derecha del Padre. Por tanto, fiesta de adoración de la majestad infinita de Cristo.

Pero la Ascensión es también la "fiesta de la Iglesia". Aparentemente su Esposo le ha sido arrebatado. Y sin embargo la segunda lectura nos dice que precisamente por su Ascensión Cristo ha sido dado a la Iglesia. Libre ya de los condicionamientos de tiempo y espacio, Cristo es Cabeza de la Iglesia, la llena con su presencia totalizante, la vivifica, la plenifica. La Iglesia vive de Cristo. Más aún, es plenitud de Cristo, es Cuerpo de Cristo, es Cristo mismo. La Iglesia no está añadida o sobrepuesta a Cristo. Es una sola cosa con Él, es Cristo mismo viviendo en ella. Ahí está la grandeza y la belleza de la Iglesia: «Yo estoy con vosotros todos los días».

«Id y haced discípulos de todos los pueblos». La Ascensión es también "fiesta y compromiso de evangelización". Pero entendiendo este mandato de Jesús desde las otras dos frases que Él mismo dice –«se me ha dado pleno poder» –«yo estoy con vosotros». Evangelizar, hacer apostolado no es tampoco añadir algo a Cristo, sino sencillamente ser instrumento de Cristo, presente y todopoderoso, que quiere contar con nosotros y con nuestra colaboración para extender su señorío en el mundo. Pero sabiendo que el que actúa es Él y la eficacia es suya, de lo contrario, no hay eficacia alguna.

Para bien de toda la Iglesia, Cristo concedió a los apóstoles y a sus sucesores el magisterio autorizado (Se me dio toda autoridad… por lo tanto, id,…), no para impartir cualquier enseñanza, sino para «hacer discípulos» de Cristo; les dio también el magisterio infalible, por su asistencia ininterrumpida y perenne (todos los días, hasta el fin del mundo); y establece la íntima conexión entre predicación del Evangelio, fe y bautismo: a impulsos de Dios y con su ayuda, el hombre se abre a la fe por la predicación, y se mueve libremente hacia Dios. Además, según estos versículos, la Iglesia la forman la comunidad universal de los discípulos de Jesús, que observan lo que el Señor ha mandado, a la que se agregan mediante la fe y el signo eficaz del bautismo, y en la que viven orientados hacia la manifestación definitiva del señorío de Jesucristo sobre toda la creación.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús subió a los cielos y está sentado
a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso:
(659-664).

El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta. Pero durante los cuarenta días en los que Él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el cielo donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios.

La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no «penetró en un Santuario hecho por mano de hombre, ... sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro». En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. «De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor». Como «Sumo Sacerdote de los bienes futuros», es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos.

Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: "Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno).

Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás». A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del «Reino que no tendrá fin».

Misión de los Apóstoles
y de la Iglesia en el mundo:
(858-860. 849-852).

Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar». Desde entonces, serán sus "enviados" (es lo que significa la palabra griega "apostoloi"). En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío». Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe».

El testimonio de vida cristiana,
exigencia para los bautizados:
(2044. 2045. 2046).

La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. El testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios.

Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo, contribuyen, mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres, a la edificación de la Iglesia. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles, «hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo».

Mediante un vivir según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, Reino de justicia, de verdad y de paz. Sin embargo, no abandonan sus tareas terrenas; fieles al Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.

El apostolado:
(863).

Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado. Se llama "apostolado" a toda la actividad del Cuerpo Místico que tiende a propagar el Reino de Cristo por toda la tierra.

Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, que es como el alma de todo apostolado.

  1. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"La Iglesia, enriquecida por los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios. Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra" (Lumen Gentium, Concilio Vaticano II).

La Iglesia "continúa y desarrolla en el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres. Impulsada por el Espíritu Santo debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección" (Ad Gentes, Concilio Vaticano II).

  1. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

No; yo no dejo la tierra.
No; yo no olvido a los hombres.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están ya sus nombres".

¿Qué hacen mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
ya es vuelta y es cercanía.

El gozo es mi testigo.
La paz, mi presencia viva,
que, al irme, se va conmigo
la cautividad cautiva.

El cielo ha comenzado.
Ustedes son mi cosecha,
El padre les ha sentado
conmigo, a su derecha.

Partan frente a la aurora.
Salven a todo el que crea.
Ustedes marcan mi hora.
Comienza ya su tarea. Amén
.