DOMINGO XV ORDINARIO “A”


Si el sembrador siembra y la semilla es fecunda, ¿por qué no hay fruto?

Is 55, 10-11:        La lluvia hace germinar la tierra

Sal 64,10-14:        La semilla cayó en tierra buena y dio fruto

Rm 8, 18-23:         La creación está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios

Mt 13, 1-23:         Salió el sembrador a sembrar

 

I. LA PALABRA DE DIOS

La palabra, como la semilla, es en sí eficaz. La Palabra de Dios que anunciaba a Israel el fin de la cautividad de Babilonia se cumpliría: «hará mi voluntad, cumplirá mi encargo» (1.a Lect.).

El Espíritu que habita en nosotros nos introduce en la Palabra para que produzca el fruto de la esperanza de la «libertad gloriosa de los hijos de Dios».

Cristo es el sembrador que siembra su palabra en nosotros. Y la semilla tiene fuerza para dar fruto abundante –¡el ciento por uno! Por malo que venga el año, la semilla da fruto..., a no ser que algo lo impida.

Si nosotros estamos recibiendo continuamente la semilla de la palabra de Cristo, ¿a qué se debe que no demos fruto, o que no demos todo lo que teníamos que dar? La culpa no es del sembrador –Cristo no puede fallar al sembrar–, ni de la semilla –que tiene poder de germinar–, sino de la tierra en que cae esa semilla. ¿Qué hay en nosotros que nos impide dar fruto? Jesús mismo lo explica claramente. La Palabra necesita de la cooperación humana como la semilla necesita de la tierra. Su eficacia está condicionada a la libre respuesta del hombre.

Con la imagen de la tierra, el evangelista señala cuatro actitudes:

1) El corazón duro, orgulloso, autosuficiente; es el no entender la Palabra, el no pararnos a asimilarla, a meditarla, a orarla; la superficialidad hace que el Maligno, siempre activo, se lleve lo que ese tal ha recibido.

2) Los veleidosos, inconstantes, caprichosos; el tener miedo a los desprecios y burlas; el que busca quedar bien ante todos y ser aceptado por todos y no está dispuesto a ser despreciado por causa de Cristo y de su Evangelio, ese tal no puede agradar a Cristo ni acoger su Palabra. Y este no tener raíces hondas hace también que cualquier dificultad acabe con todo.

3) Los que están esclavizados por las riquezas, las comodidades, los honores, las vanidades; el apego a las cosas de este mundo; sin un mínimo de sosiego para escuchar a Cristo y sin un mínimo de desprendimiento, de austeridad y de pobreza, la palabra sembrada se ahoga y queda estéril.

4) Los que acogen la Palabra con buena voluntad y dan fruto.

El que no da fruto es el único culpable de su propia esterilidad. Al que no quiere escuchar porque endurece su corazón, Jesús no se molesta en explicarle. En el pecado lleva la penitencia. El que voluntariamente se cierra a Dios tiene el castigo de su propia obcecación: Dios no podrá curar la ceguera ni la sordera de ese «corazón embotado». Es inútil intentar aclarar al que no es dócil, pues oye sin querer entender: «El que tenga oídos que oiga».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, Palabra única
de la Sagrada Escritura:
(65; 104; 108).

En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas. A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien Él se dice en plenitud:

"Recuerden que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo" (S. Agustín).

Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios. En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos.

«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta ya pronunciada.

Sin embargo, la fe cristiana no es una "religión del Libro". El cristianismo es la religión de la "Palabra" de Dios, "no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo" (S. Bernardo). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas.

La fe cristiana no puede aceptar "revelaciones" que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas Religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes "revelaciones".

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas "privadas", algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de "mejorar" o "completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia.

Fecundidad de la Palabra divina:
(1724; 2654).

El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ello avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.

Los Padres espirituales, parafraseando Mt 7,7, resumen así las disposiciones del corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: "Busca leyendo, y encontrarás meditando; llama orando, y se te abrirá por la contemplación" (El Cartujano).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra... porque lo que hablaba antes en partes a los profetas, ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad" (S. Juan de la Cruz).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dame, Señor, la firme voluntad,
compañera y sostén de la virtud;
la que sabe en el golfo hallar quietud
y, en medio de las sombras, claridad;

la que trueca en tesón la veleidad,
y el ocio en perennal solicitud,
y las ásperas fiebres en salud,
y los torpes engaños en verdad.

Y así conseguirá mi corazón
que los favores que a tu amor debí
le ofrezcan algún fruto en galardón...

Y aún tú, Señor, conseguirás así
que no llegue a romper mi confusión
la imagen tuya que pusiste en mí.

Amén.

DOMINGO XIV ORDINARIO “A”

"Hacerse pequeño para recibir el Reino"

Za 9,9-10:                     "Tu rey viene pobre a ti"

Sal 144,1-14:                    "Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey"

Rm 8,9.11-13:                 "Si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán"

Mt 11,25-30:                     "Soy manso y humilde de corazón"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En Jesucristo se cumple la profecía de Zacarías: «Mira a tu Rey». En contraste con los jefes de Israel, políticos y religiosos, y de los Escribas que oprimían las conciencias con interpretaciones abusivas de la Ley, Jesucristo proclama que los valores del Reino se dan en los pequeños. Él mismo es el primero de ellos.

El que tiene el Espíritu de Cristo, destruye la autosuficiencia, la soberbia, los egoísmos y ambiciones y mediante la acción del Espíritu es vivificado y asemejado a Jesús (2.a Lect.).

«Ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu». San Pablo quiere inculcarnos la certeza de esta nueva vida que ha sido depositada en nuestra alma por el bautismo. No estamos en la carne, es decir, no estamos abandonados a nuestras solas fuerzas naturales y a nuestra debilidad pecaminosa. Por tanto, no tiene sentido seguir lamentándonos y apelando a nuestra debilidad cuando estamos en el Espíritu, cuando tenemos en nosotros la fuerza del Espíritu que nos hace capaces de una vida santa. «Estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente».

«El Espíritu de Dios habita en ustedes». Somos templo del Espíritu Santo. Estamos consagrados. Somos lugar donde Dios mora y donde ha de ser glorificado. Pero el Espíritu Santo no está en nosotros inmóvil. Permanece en nosotros como Ley nueva, como impulso de vida. Su acción omnipotente se vuelca sobre nosotros para hacernos santos, para vivir según Cristo. Ser santo ni es imposible ni es difícil. Se trata de acoger dócilmente la acción del Espíritu, secundando su impulso poderoso, dando muerte con la fuerza del Espíritu a las obras de la carne para que se manifieste en nosotros el fruto del Espíritu.

«Vivificará también sus cuerpos mortales por el mismo Espíritu». Hay una «primera resurrección»: cuando el hombre es arrancado del dominio del pecado y comienza a caminar en novedad de vida por la acción del Espíritu. Pero habrá una «segunda resurrección»: también nuestro cuerpo mortal se beneficiará de esta vida nueva suscitada por Dios en nosotros. El Espíritu Santo tiene por característica propia el ser Creador y desea vivificar nuestra persona entera, alma y cuerpo.

Quien con plena naturalidad y normalidad habla en el Evangelio de hoy es el "Jesús histórico". No usa las fórmulas dogmáticas de Nicea, Éfeso o Calcedonia, pero dice lo mismo con una cristología indirecta: cuando habla, vive, actúa, ora, etc., lo hace con la autoconciencia de quien sabe que es Hijo de Dios en sentido singular y exclusivo. Si el mero apelativo "hijo" no acreditara por sí mismo la identidad con la naturaleza divina del Padre, la anterior afirmación quedaría confirmada por la forma como Jesús se muestra a lo largo de su vida terrena: igual conocimiento, igual poder de hacer milagros, de perdonar pecados, de juzgar a vivos y muertos, que el que tiene el Padre.

«Exclamó Jesús: –Te doy gracias, Padre…». Jesús sabe no sólo que es conocido por Dios, sino que, en cierto modo, es el objeto único del conocimiento divino; y responde al Padre con esta típica oración de alabanza y acción de gracias judía, proclamando "las maravillas de Dios". ¿Cuáles son esas maravillas? El conocimiento de Dios Padre por parte de los pequeñuelos («la gente sencilla», los discípulos), que por revelación divina han conocido secretos de Dios ocultos para «los sabios y entendidos». La línea de pensamiento es la del Magnificat de María y la de san Pablo en 1Cor 1,26ss (Dios ha elegido lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes). Dios no revela sus secretos más que a los que se hacen pequeños.

Al que es humilde de veras, Dios le concede entrar en su intimidad y conocer los misterios de su vida trinitaria, la relación entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Esto no es sólo para algunos pocos privilegiados, sino para todo bautizado, para todo el que es «sencillo» y se deja conducir por Dios. Pues precisamente «esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Y conocer no es sólo saber con la cabeza, sino tratar con Dios con familiaridad. ¿Mi vida como cristiano va dirigida a crecer en este trato familiar con el Dios que vive en mí o me quedo en unas simples formas de comportamiento?

La expresión Dios «Padre» nunca había sido revelada a nadie. Cuando el mismo Moisés preguntó a Dios quién era, escuchó otro nombre (cf. Ex 3,14). A nosotros se nos ha revelado este nombre en el Hijo, pues este nombre de Hijo implica el nombre nuevo de Padre (Tertuliano).

«Venid a mí … cansados y agobiados». Son prácticamente los pobres de las bienaventuranzas, los sencillos: personas sin prestigio social o religioso, tal vez incultos y sin muchos conocimientos.

«Mi yugo … y mi carga». La ley de Jesús es llevadera; Él da fuerzas. Pero la razón decisiva para aceptar su invitación al discipulado («aprended de mí») no es la enseñanza, sino el Maestro que la imparte: lo más íntimo y secreto de Cristo, su «corazón», está lleno del espíritu del siervo de Isaías. El verdadero pobre bíblico que vive las bienaventuranzas, sometido a sólo el Padre, en quien solamente confía, es Jesús, «manso y humilde de corazón».

Ante la humildad de Cristo, el cristiano aprende también a ser humilde. El Hijo de Dios no ha venido con triunfalismos, sino sumamente humilde y modesto, montado en un asno. A Jesús le gusta la humildad. Es el estilo de Dios. Y el cristiano no tiene otro camino. Dios no se da a conocer a los que se creen sabios y entendidos, a los arrogantes y autosuficientes, a los que creen saberlo todo, sino al que humildemente se pone ante Dios reconociendo su pequeñez y su ceguera.

Cristo se nos presenta como nuestro descanso. Frente a los cansancios y agobios que nos procuramos a nosotros mismos y frente a las cargas inútiles e insoportables que ponemos en nuestros hombros, Cristo es el verdadero descanso y su ley un alivio. El pecado cansa y agobia. El trato y la familiaridad con Cristo descansan. ¿Me decido a fiarme de Cristo y de su palabra?

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Reino de Dios revelado a los pequeños:
(544; 2603).

El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para «anunciar la Buena Nueva a los pobres». Los declara bienaventurados porque «de ellos es el Reino de los cielos»; a los "pequeños" es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes. Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino.

Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los "pequeños" (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor «¡Sí, Padre!» expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el "Fiat" de Su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al misterio de la voluntad del Padre.

La oración confiada:
(2778; 2779; 2785).

El poder del Espíritu que nos introduce en la Oración del Señor se expresa en las liturgias de Oriente y Occidente con la bella palabra, típicamente cristiana "parrhesía", simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado.

Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños; porque es a "los pequeños" a los que el Padre se revela.

Antes de hacer nuestra la primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsa de "este mundo". La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar», es decir, "a los pequeños."

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La Sagrada Escritura me parecía indigna. Mi hinchazón huía su manera de decir, y mi agudeza no penetraba en su sentido más profundo. Y, sin embargo, era esa Escritura cuya inteligencia crece a medida que uno se hace párvulo; pero yo rehusaba hacerme párvulo: hinchado de orgullo, me parecía grande». (San Agustín).

«Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tú bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo te has convertido en buen hijo... Eleva pues, los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro... Pero no reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras que a nosotros nos ha creado. Di entonces también por medio de la gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo». (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El mal se destierra,
ya vino el consuelo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.

Ya el mundo es trasunto
del eterno bien,
pues está en Belén
todo el cielo junto.

Ya no habrá más guerra
entre cielo y suelo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.

Ya baja a ser hombre
porque subáis vos,
ya están hombre y Dios
en un solo hombre.

Ya muere el recelo
y el llanto se cierra:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.

Ya el hombre no tiene
sueños de grandeza,
porque el Dios que viene
viene en la pobreza.

Ya nadie se encierra
en su propio miedo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo. Amén.

SAN PEDRO Y SAN PABLO, APÓSTOLES (29 de Junio)

"Pedro fue el primero en confesar la fe; Pablo, el maestro insigne que la interpretó"

Hch 12,1-11:                     "El Señor me ha librado de las manos de Herodes".

Sal 18,2-4:                     "El Señor me libró de todas mis ansias."

2Tm 4,6-8.17-18:                 "Ahora me aguarda la corona merecida"

Mt 16,13-19:                     "Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los Cielos".

 

I. LA PALABRA DE DIOS

La fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo nos trae a la memoria los inicios de la Iglesia. Sin medios, sin poder, en total debilidad, realizaron grandes cosas.

San Lucas busca deliberadamente una relación entre la prisión y liberación de Pedro y las que se dan en otros momentos de la Historia de la Salvación.

La misma experiencia parece hacer notar San Pablo, al sentir que Dios le ayuda y que le llevará al cielo. Ha ido dejándose ganar por Cristo. Ha sabido adaptar perfectamente el mensaje cristiano a las diversas culturas y se siente satisfecho por haberlo anunciado a los gentiles.

Tanto Pedro como Pablo han vibrado con un amor tierno y apasionado a Cristo. Apóstol no es el que sabe muchas cosas, sino el que ama a Cristo apasionadamente, hasta el punto de estar dispuesto a perderlo todo por Él. Pedro y Pablo se desgastaron predicando el Evangelio, y al final perdieron por Cristo la vida. Así plantaron la Iglesia. Y sólo así puede seguir siendo edificada.

Jesús pensó en la Iglesia y la quiso siempre bajo Pedro y sus sucesores. Es de fe divina y católica, solemnemente definida, que Cristo, conforme a su promesa, concedió a Pedro el primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia. La afirmación de Lutero, de que esas palabras de Jesús sólo se dirigían a Pedro, no a sus sucesores, está condenada en la doctrina de la Iglesia.

Cristo ha dejado en la Iglesia un signo de su presencia: la «roca», fundamento de la unidad, aglutinante de cuantos creemos en Jesús, garantía de nuestra fe. Las «llaves» son signo de poder, en particular del poder de enseñar, de adoctrinar. Jesús entregará a Pedro la suprema autoridad visible sobre su Iglesia; cuando Jesús se ausente visiblemente, Pedro quedará haciéndolo presente y visible, con una presencia singular. «Lo que ates…, lo que desates…» indica la totalidad de poder (declarar lícito o ilícito en lo doctrinal; admitir o rechazar en la comunidad) e incluye el pleno poder de absolver y condenar. Pedro administra un poder cuyo dueño es Jesús. Y, como Cristo, será piedra "probada", "rechazada por los arquitectos", pero "piedra angular".

En nuestra sociedad proliferan personas y grupos que aceptan plenamente la doctrina pontificia y para quienes la figura del Papa suscita entusiasmos. Sus viajes y las multitudinarias adhesiones en ellos recibida así lo avalan. Pero hay también quienes lo rechazan y combaten su pensamiento ¿Será que es por sí mismo piedra de escándalo? De algo estamos todos muy ciertos: El Papa a nadie deja indiferente.

A esta Piedra-Palabra de Salvación (Cristo-Pedro-Apóstoles) hemos de acercarnos todos, apoyándonos en el sí de nuestra fe, arraigados y edificados en la fe de la Iglesia para ser "piedras vivas", para ser pueblo del Señor.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

Pedro, piedra de la Iglesia
(881 – 882, 891)

El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente a él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó Pastor de todo el rebaño. Está claro que también el Colegio de los apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro. Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles. El Pontífice Romano tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad.

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de infalibilidad en materia de fe y de costumbres en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar "como revelado por Dios para ser creído" y como enseñanza de Cristo, hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe. Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina.

Vivir en comunión con la Iglesia
(837; 2034
2040)

Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión.

La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3, 15), recibió de los apóstoles el solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva. Por tanto, compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.

El Romano Pontífice y los obispos, como maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo, predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica. El magisterio ordinario y universal del Papa, y de los obispos en comunión con él, enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.

El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina; se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas.

La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida por el Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las prescripciones de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce una parte esencial de su función profética de anunciar a los hombres lo que son en verdad y de recordarles lo que deben ser ante Dios.

La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, sanan la razón humana herida. Tienen el deber de observar las constituciones y los decretos promulgados por la autoridad legítima de la Iglesia.

La conciencia de cada cual en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor empeño debe abrirse a la consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia.

Así puede desarrollarse entre los cristianos un verdadero espíritu filial con respecto a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo miembros del Cuerpo de Cristo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que no cree en la unidad de la Iglesia, ¿puede tener fe? El que se opone y resiste a la Iglesia, el que abandona la cátedra de Pedro, sobre la que aquella está fundada, ¿puede pensar que se halla dentro de la Iglesia? También el bienaventurado Pablo enseña lo mismo y pone de manifiesto el misterio de la unidad, cuando dice: Sólo hay un cuerpo y un espíritu, como también una sola esperanza a la que habéis sido llamados: un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo"» (San Cipriano).

IV LA ORACIÓN CRISTIANA

El Señor te dijo: "Simón, tú eres Piedra,
sobre este cimiento fundaré mi Iglesia:
la roca perenne, la nave ligera.
No podrá el infierno jamás contra ella.
Te daré las llaves para abrir la puerta."
Vicario de Cristo, timón de la Iglesia
.

Pablo, tu palabra, como una saeta,
llevó el Evangelio por toda la tierra.
Doctor de las gentes, vas sembrando Iglesias;
leemos tus cartas en las asambleas,
y siempre de Cristo nos hablas en ellas;
la cruz es tu gloria, tu vida y tu ciencia
.

San Pedro y san Pablo: en la Roma eterna
quedasteis sembrados cual trigo en la tierra;
sobre los sepulcros, espigas, cosechas,
con riesgo de sangre plantasteis la Iglesia.
San Pedro y san Pablo, columnas señeras,
testigos de Cristo y de sus promesas
.

San Pedro y san Pablo, unidos
por un martirio de amor,
en la fe comprometidos,
llevadnos hasta el Señor. Amén.

DOMINGO XIII ORDINARIO “A”

"La radicalidad evangélica frente a la mediocridad"

2R 4,8-11.14-16:     "Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí"

Sal 88,2-19:        "Cantaré eternamente las misericordias del Señor"

Rm 6,3-4.8-11:     "Por el Bautismo fuimos sepultados con Él, para que andemos en una vida nueva"

Mt 10,37-42:         "El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mi"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

Dios visita al matrimonio de Sunam y, por medio de Eliseo, le concede el hijo que hasta entonces no habían logrado. Era el premio de la hospitalidad hacia el Profeta. Abrir la puerta al pobre es abrírsela a Dios, a su gracia, a la salvación (1.a Lect.).

«Así como Cristo ... también nosotros». He aquí la base de la novedad cristiana. Lo que Cristo es y vive estamos llamados a serlo y vivirlo también nosotros. Pero no como una imitación «desde fuera». Por el bautismo hemos sigo injertados a Cristo y Él vive en nosotros (Gal 2,20). Todo lo suyo es nuestro: sus virtudes, sus sentimientos, sus actitudes... Por eso, para un cristiano lo más natural es vivir como Cristo. No se nos pide nada extraño o imposible: se trata sencillamente de dejar que se desarrolle plenamente esa vida que ya está en nosotros.

«Considérense muertos al pecado...» La fe nos hace vernos a nosotros mismos como Dios nos ve. Por el bautismo hemos muerto al pecado, a quedado destruida «nuestra personalidad pecadora» y hemos cesado de ser esclavos del pecado (Rom 6,6). Se trata de tomar conciencia de este don recibido. ¿Por qué seguir pensando y actuando como si el pecado fuera insuperable? El pecado no tiene por qué esclavizarnos, pues Cristo nos ha liberado y la fuerza del pecado ha quedado radicalmente neutralizada. Hemos muerto al pecado: vivamos como tales muertos. «Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo seguir viviendo en él?» (Rom 6,2).

«...Y vivos para Dios en Cristo Jesús». La muerte al pecado es sólo la cara negativa. Lo más importante es la vida nueva que ha sido depositada en nuestra alma. Y esta vida nueva es esencialmente positiva: consiste en vivir –lo mismo que Cristo– para Dios, en la pertenencia total y exclusiva a Dios, dedicados a Él en alma y cuerpo. Esta es la riqueza y la eficacia de nuestro bautismo. Se trata sencillamente de cobrar conciencia de ello y dejar que aflore en nuestra vida lo que ya somos. ¡Reconoce, cristiano tu dignidad! ¡Sé lo que eres!

«El que quiere a su padre o a su madre (a su hijo o a su hija) más que a mí no es digno de mí»: Cuando se escribieron estos versículos, la conversión al cristianismo suponía en muchos casos la ruptura con la familia, la pérdida de posición social o de bienes materiales. Aun los amores más santos y bendecidos por Dios no deben anteponerse al amor de Cristo. Estamos en la esfera del primer mandamiento –«Nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas»– y Jesús reclama para sí un amor semejante; así declara implícitamente su divinidad: sólo Dios puede exigir una adhesión a él tan inaudita.

La vida nueva ha de ser conducida por caminos nuevos. Por el "Camino" que es Jesucristo, de modo que nada ni nadie nos impida vivir en comunión con Él.

Ante evangelios como este, hemos adquirido el hábito de no darnos por aludidos, como si fueran dirigidos sólo a las monjas o a los sacerdotes. Y, sin embargo, estas palabras de Jesús van dirigidas a todos, para indicar que ningún lazo familiar, incluso bueno y legítimo, debe ser estorbo para seguirle a Él; y en el caso de que se plantease conflicto entre un lazo familiar y el seguir a Jesús, habría que elegir seguir a Jesús. Lo contrario significa no ser dignos de Él.

Se necesita la lógica de la fe y la luz del Espíritu para entender que lo que parece perder la vida es ganarla y lo que parece muerte es en realidad vida. Porque se trata de preferir a Cristo no solo por encima de los cariños familiares, sino incluso antes que la propia vida, antes que la propia comodidad, antes que la propia fama... estando dispuestos a ser despreciados y perseguidos por Cristo, a perderlo todo por Él, a sacrificarlo todo por Él.

Perderlo todo por Cristo: en realidad este evangelio nos está proponiendo un gran negocio, pues se trata de ganar a Cristo, cuyo amor vale infinitamente más que todo lo demás. Deberíamos mirar más a Cristo para dejarnos entusiasmar por Él. Es infinitamente más lo que recibimos que lo que damos.

Además, el evangelio de hoy nos propone otro «negocio» continuo. Un simple vaso de agua dado a un pobrecillo cualquiera, sólo porque es discípulo de Jesús, no perderá su paga. ¿Cuántas pagas perdemos cada día?

II. LA FE DE LA IGLESIA

La primera vocación del cristiano
es seguir a Jesucristo:
(2232-2233).

Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi».

Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal. Deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla.

Jesús, nuestro modelo:
(520).

Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo. Él es el hombre perfecto que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo a imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza invita a aceptar libremente la privación y las persecuciones.

Cristo, centro de toda vida cristiana:
(1618-1620).

Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales. Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya, para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle, para ir al encuentro del Esposo que viene. Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo.

La virginidad, o el celibato por el Reino de los Cielos, es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo.

Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la virginidad por el Reino y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Les ruego que piensen que Jesucristo, Nuestro Señor, es su verdadera Cabeza, y que ustedes son uno de sus miembros. Él es con relación a ustedes lo que la cabeza es con relación a sus miembros; todo lo que es Suyo es de ustedes, su Espíritu, su corazón, su cuerpo, su alma y todas sus facultades, y deben usar de ellas como de cosas que son de ustedes, para servir, alabar, amar y glorificar a Dios. Ustedes y Él son como los miembros y su cabeza. Así desea Él ardientemente usar de todo lo que hay en ustedes, para el servicio y la gloria de Su Padre, como de cosas que son de Él" (S. Juan Eudes ).

"El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo; se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable" (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Otra vez -te conozco- me has llamado.
Y no es la hora, no; pero me avisas.
De nuevo traen tus celestiales brisas
claros mensajes al acantilado

del corazón, que, sordo a tu cuidado,
fortalezas de tierra eleva, en prisas
de la sangre se mueve, en indecisas
torres, arenas, se recrea, alzado.

Y tú llamas y llamas, y me hieres,
y te pregunto aún, Señor, qué quieres,
qué alto vienes a dar a mi jornada.

Perdóname, si no te tengo dentro,
si no sé amar nuestro mortal encuentro,
si no estoy preparado a tu llegada.

Amén.

DOMINGO XII ORDINARIO “A”


«No tengáis miedo»

Jr 20,10-13:             "Libró la vida del pobre de manos de los impíos"

Sal 68,8-35:             "Que me escuche tu gran bondad, Señor"

Rm 5,12-15:             "El don no se puede comparar con la caída"

Mt 10,26-33:             "No tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo"

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En Jeremías, la audacia supera al temor. Pasa del «pavor en torno» a «el Señor está conmigo, mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo».

Gracias a un solo hombre, Jesucristo, «la gracia otorgada por Dios… sobró para la multitud». Merced a esta misericordia y don de Dios, la fuerza de Jesús está con los que creen en Él.

Ante evangelios como este uno se sorprende viendo lo cobardes que podemos llegar a ser los cristianos. Jesús nos dice que no tengamos miedo a los que matan el cuerpo, y sin embargo todo son temores ante el sufrimiento, ante la muerte, ante lo que los hombres puedan hacernos, ante lo que puedan opinar o decir de nosotros...

«Las azoteas» no son las sacristías, ni "la intimidad de la conciencia", ni el "ámbito privado", donde parece que nos quieren recluir a los cristianos en una sociedad laicista y anticatólica. La razón para no tener miedo es que Dios nos envía para dar a conocer el Evangelio a todos mediante nuestro testimonio público. El verdadero cristiano –es decir, el que tiene una fe viva– encuentra su seguridad en el Padre. Si Dios cuida de los gorriones ¿cómo no va a cuidar de sus hijos? Sabe que nada malo puede pasarle.

Lo que ocurre es que a veces llamamos malo a lo que en realidad no es malo. ¿Qué de malo puede tener que nos quiten la vida, o nos arranquen la piel a tiras, o nos crucifiquen en una televisión, si eso nos da la vida eterna? Ahí está el testimonio de tantos mártires a lo largo de la historia de la Iglesia, que han ido gozosos y contentos al martirio en medio de terribles tormentos.

«Los que matan el cuerpo»: El discípulo no es más que el Maestro. Habrá persecución y martirio, pero el poder de los perseguidores es ridículo: todo lo que pueden hacer, lo hace también un simple microbio. Lo importante es la fidelidad a Dios con "santo temor" o respeto que es quien tiene poder sobre el alma.

El único mal real que el hombre debe temer es el pecado, que le llevaría a una condenación eterna –«temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo»–. Ante este evangelio, ¡cuántas maneras de pensar y de actuar tienen que cambiar en nuestra vida!.

Este evangelio de hoy nos invita a mirar al juicio –«nada hay escondido que no llegue a saberse»–. En ese momento se aclarará todo. Y en esa perspectiva, ante lo único que tenemos que temblar es ante la posibilidad de avergonzarnos de Cristo, pues en tal caso también Él se avergonzará de nosotros ese día ante el Padre.

Por otro lado, en los dos últimos versículos hay una nueva formulación implícita de la divinidad de Jesús; si decir que le pertenecemos, o negarlo, es afirmar nuestra salvación o condenación eternas, quien habla así es más que el simple "Jesús de Nazaret".

La sociedad humana, tantas veces tan hostil a principios irrenunciables para un cristiano, nos ofrece la oportunidad de defender valientemente nuestra fe. No se trata de crearse enemigos ni de suscitar polémicas inútiles para ejercer de héroes todos los días; pero viviendo sencillamente nuestras verdades suscitaremos interrogantes en muchos, especialmente entre quienes creen estar muy seguros "de su propia verdad".

Estamos llamados a la valentía de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad.

II. LA FE DE LA IGLESIA

¡Ánimo! Yo he vencido al mundo
(1808)

La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso hasta la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. «Mi fuerza y mi cántico es el Señor». «En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo».

Dar testimonio de la verdad
(2471 – 2474, 1302, 2499)

Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad». El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor». En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres».

El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad.

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar, con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra, al hombre nuevo de que se revistieron por el Bautismo. La fuerza del Espíritu Santo les ha fortalecido con la Confirmación para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz.

El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza.

Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.

La moral cristiana denuncia la llaga de los estados totalitarios que falsifican sistemáticamente la verdad, ejercen mediante los medios de comunicación un dominio político de la opinión, manipulan a los acusados y a los testigos en los procesos públicos y tratan de asegurar su tiranía yugulando y reprimiendo todo lo que consideran "delitos de opinión".

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir para unirme a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros» (S. Ignacio de Antioquía).

«Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no obedece más que a Él (lo cual pertenece a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia puede derribar (lo cual pertenece a la fortaleza)» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Pléyade santa y noble de mártires insignes,
testigos inmortales del Cristo victimado;
dichosos, pues sufristeis la cruz de vuestro Amado
Señor, que a su dolor vuestro dolor ha unido.

Bebisteis por su amor el cáliz de la sangre,
dichosos cirineos, camino del Calvario,
seguisteis, no dejasteis a Jesús en solitario,
llevasteis vuestra cruz junto a su cruz unida.

Rebosa ya el rosal de rosas escarlatas,
y la luz del sol tiñe de rojo el alto cielo,
la muerte estupefacta contempla vuestro vuelo,
enjambre de profetas y justos perseguidos.

Vuestro valor intrépido deshaga cobardías
de cuantos en la vida persigue la injusticia;
siguiendo vuestras huellas, hagamos la milicia,
sirviendo con amor la paz de Jesucristo. Amén
.

DOMINGO XI ORDINARIO “A”

"Liberados, para ser liberadores"

Ex 19,2-6:                 Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa

Sal 99, 2-5                Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño

Rm 5,6-11:                 Fuimos reconciliados con Dios con la muerte de su Hijo

Mt 9,36-10,8:             Llamó a sus doce discípulos y los envió

  1.  

I. LA PALABRA DE DIOS

Dios libera de la esclavitud egipcia a los hijos de Israel para hacer de éstos su propiedad personal, «un reino de sacerdotes y una nación santa» para Él (1.a Lect.).

Jesucristo murió por amor para liberarnos y liberar a todos los hombres del pecado. Esta liberación estaba ya significada en la de Egipto y, como ésta, principio y camino de la futura salvación que se nos dará, si «nos gloriamos en nuestro Señor Jesucristo» (2.a Lect.).

Liberados por Jesucristo, estamos llamados a anunciar y a comunicar a todo hombre la misma libertad de los hijos de Dios. Cristo libera y llama a los ya liberados para que hagan a otros libres, sobre todo a los que «andan como ovejas sin pastor» (Ev.).

Comienza la segunda gran instrucción de Jesús a sus discípulos. Trabajo no ha de faltarles. La oración de petición al Padre que "envía", aparece como fuerza indispensable de las vocaciones apostólicas.

Pedro, Andrés, Santiago... Esa lista abre la inmensa hilera de los seguidores de Cristo, pero no acaba ahí. En esa lista estás también tú, llamado por Cristo, con tu nombre y apellidos. ¡Tú junto a los apóstoles de Cristo, junto a los mártires y a los santos de todas las épocas! ¿De veras al escuchar este evangelio sientes la alegría de ser cristiano? Tú has sido elegido personalmente por Cristo, y no por tus méritos o cualidades, sino pura y simplemente porque Él lo ha querido.

Y también tú como ellos has recibido los mismos poderes de Cristo para curar toda enfermedad y dolencia, para arrojar demonios, para resucitar muertos... Ante un mundo que agoniza porque no conoce a Cristo o le ha rechazado, nosotros tenemos el remedio, porque tenemos las armas de Cristo. Y no podemos seguir lamentándonos como si las cosas no tuvieran solución. ¿Qué haces para que el mundo mejore y la gente a tu alrededor sea más feliz?

¿Sientes compasión de la gente que está extenuada y abandonada como ovejas sin pastor? Es decir, ¿te importa la gente que sufre porque le falta Cristo, aunque aparente ser feliz? ¿Te duele la situación de tanta gente hundida en su falta de fe, enfangada en su pecado, destrozada por sus propios egoísmos? La compasión de Cristo no es un sentimiento estéril. Tampoco tú puedes quedar indiferente.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Individual y socialmente, el hombre clama por su libertad. Sin embargo, el progreso ha propiciado nuevas esclavitudes, nuevas amenazas y nuevos temores. La injusta distribución de las riquezas ha generado inmensas muchedumbres privadas de los bienes esenciales para una vida digna y humana. No es culpa del progreso. Pero al hombre le ha preocupado más hacer crecer las cosas de su entorno que crecer él mismo. La deshumanización es obra del mismo hombre.

Libertad, liberación y salvación:
(1739- 1742).

Libertad y pecado. La libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios se engañó a sí mismo; se hizo esclavo del pecado. Esta alienación primera engendró una multitud de otras alienaciones. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, testimonia desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.

Amenazas para la libertad. El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer todo. Es falso concebir al hombre, sujeto de esa libertad, como un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales. Por otra parte, las condiciones de orden económico y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con mucha frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Apartándose de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad de sus semejantes y se rebela contra la verdad divina.

Liberación y salvación. Por su Cruz gloriosa, Cristo alcanzó la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud. "Para ser libres nos libertó Cristo" (Gal 5,1). En él participamos de "la verdad que nos hace libres" (Jn 8,32). El Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el apóstol, "donde está el Espíritu, allí está la libertad" (2 Co 3,17). Desde ahora nos gloriamos de la "libertad de los hijos de Dios" (Rom 8,21).

Libertad y gracia. La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima libertad y nuestra seguridad en las pruebas, como ante las presiones y coacciones del mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

Y líbranos del mal:
(2854).

Al pedir, en el Padrenuestro, ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición del Padrenuestro, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo.

La oración de la hora de Jesús:
(2750).

Si en el Santo Nombre de Jesús nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que Él nos enseñó: "Padre Nuestro". La oración sacerdotal de Jesús (Jn 17) inspira desde dentro las grandes peticiones del Padre Nuestro: la preocupación por el Nombre del Padre, el deseo de su Reino, el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio de salvación y la liberación del mal.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Todos nuestros pecados han sido borrados en el Bautismo, pero ¿acaso ha desaparecido la debilidad después de que la iniquidad ha sido destruida? Si aquella hubiera desaparecido, se viviría sin pecado en la tierra... Mas, como nos ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos la ley del pecado somos esclavos" (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO


 

Líbranos de todos los males, Señor,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, bien dispuesto
nuestro cuerpo nuestro espíritu,
podamos libremente cumplir tu voluntad;
y, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.


 

(cf. Misal Romano).

DOMINGO X ORDINARIO “A”

"Marginados o pecadores, todos tenemos sitio junto a Jesucristo"

Os 6,3-6:                 Quiero misericordia y no sacrificios

Sal 49, 1–15                Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

Rm 4,18-15:                 Fue confortado en la fe y en la gloria dada a Dios

Mt 9,9-13:                 No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores

 

I. LA PALABRA DE DIOS

(1.a Lect.). A Dios no le agrada un acto meramente de culto si no se da un verdadero acercamiento a Él por el amor. «Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos».

«Sígueme». Una vez más la voz de Jesús resuena nítida y poderosa. Una vez más Él se adelanta, toma la iniciativa. Y una vez más levanta al hombre de su postración. Mateo estaba «sentado al mostrador de sus impuestos»; pero estaba sobre todo hundido en su codicia, en su afán de poseer. «Él se levantó y lo siguió». Remite a otras escenas evangélicas; por ejemplo, la resurrección de Lázaro: «Lázaro, sal fuera». Levantar a Mateo de la postración y de la corrupción de su pecado no es menor milagro que hacer salir a Lázaro de la tumba cuando ya olía mal.

«Muchos pecadores... se sentaron con Jesús». El Hijo de Dios se ha hecho hombre para eso, para compartir la mesa de los pecadores. No rechaza a nadie, no se escandaliza de nada. Sabe que todo hombre está enfermo, y ha venido precisamente como médico, para buscar a los pecadores, para sanar la enfermedad peor y más terrible: el pecado que gangrena y destruye en su raíz la vida y la felicidad de los hombres.

«Misericordia quiero». Una vez más, Jesús tiene que enfrentarse con la dureza de corazón de los fariseos. En cambio Mateo, pecador público, ha experimentado la misericordia de Jesús, su amor gratuito; y por eso se convierte en instrumento de ese amor y de esa misericordia para muchos otros. Lo que él ha recibido gratis lo ofrece –también gratuitamente– a los demás. La conversión de Mateo es ocasión de conversión para muchos otros...

Jesucristo confirma la misma llamada a la conversión y a la misericordia. Busca a los marginados, "publicanos y pecadores", come con ellos, invita a algunos a seguirle para incorporarlos al grupo de los íntimos, con el consiguiente escándalo de los que se tenían por justos. Los defiende, y proclama, además, que Él "no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores" y a dedicarse a la misericordia, al amor que libera a los oprimidos por el mal.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El respeto a la persona
deriva de su dignidad:
(1930-1938).

Creados a imagen del Dios único, dotados de una misma alma racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto de una misma dignidad.

La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella: "Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión". (GS 29,2).

El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral. Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos.

El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: "que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como 'otro yo', cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente" (GS 27,1).

El deber de hacerse prójimo de otro y de servirle activamente se hace más acuciante todavía cuando éste está más necesitado en cualquier sector de la vida humana. "Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron" (Mt 25,40).

Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5,43-44). La liberación en el espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.

Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el evangelio: "La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional" (GS 29,3).

La solidaridad,
exigencia de la fraternidad:
(1939-1942).

El principio de solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana: Un error, "hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora" (Pío XII).

La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: "Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura" (Mt 6,33):

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese sentimiento que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano" (Pío XII).


 

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!)
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo.