La Exaltación de la Santa Cruz

Domingo 14 de septiembre de 2008

«Mirarán al que traspasaron»

Núm 21, 4b-9:             Miraban a la serpiente de bronce y quedaban curados

Sal 77:                No olviden las acciones del Señor

Flp 2, 6-11:            Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo

Jn 3, 13-17:            Tiene que ser elevado el Hijo del hombre

 

I. LA PALABRA DE DIOS

Para los cristianos la cruz es un símbolo frecuente. Más aún, es nuestro signo de identidad. Sin embargo, esto es algo paradójico. Para los romanos era instrumento de suplicio; más aún, de humillación, pues en ella morían los esclavos condenados. Y para los judíos era signo de maldición: «Maldito todo el que sea colgado en un madero».

¿Qué ha ocurrido para que la maldición se trastoque en bendición? ¿A qué se debe que la humillación sea lugar de exaltación? El Hijo de Dios se ha dejado clavar en ella. En el patíbulo de la cruz se ha volcado tal torrente de amor («tanto amó Dios al mundo») que ella será hasta el fin de los tiempos instrumento y causa de redención para todo hombre.

«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto». Una serpiente de bronce no podía matar ni dar vida, pero cuando Israel la miraba creía en Aquel que había ordenado a Moisés que la hiciera, y Él los curaba.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». La redención tiene su fuente en el amor de Dios a los hombres, y la realiza el Hijo entregando su vida: su finalidad es salvar —salvación que el Espíritu aplica a cada creyente en el momento del Bautismo—; pero el hombre puede permanecer en la oscuridad y no creer en el Hijo.

El «mundo» en los escritos de San Juan es palabra polivalente: puede significar "el universo", o "la humanidad", el género humano; y este segundo significado se desdobla en dos: el conjunto de seres humanos, objeto del amor salvador de Dios (como en este pasaje), o "el mundo malo", es decir, los seres humanos que, como seres libres, rechazan creer en Jesús, revelador del Padre.

«Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo». La fe católica nos dice que el Hijo no se despojó de su naturaleza divina, no renunció a su divinidad —cosa imposible—, sino que, al hacerse verdadera criatura humana, renunció durante su vida mortal al esplendor de la gloria divina al que tenía derecho por ser Hijo de Dios, y así paso «por uno de tantos», … «como un hombre cualquiera», … «hasta someterse incluso a la muerte».

«Tiene que ser elevado». El Hijo del hombre es elevado en la cruz, y exaltado en la resurrección y ascensión; recibiendo del Padre —en su humanidad—, como premio a su obediencia hasta la muerte, la gloria esplendorosa que como Hijo le pertenecía. En la cruz Jesús está venciendo al maligno. En ella se destruye todo el pecado del mundo. Desde ella el Hijo de Dios atrae a todo hombre con la fuerza de su amor infinito. Por eso, lo que nos corresponde es mirar a Jesús crucificado y dejarnos mirar por Él; creer en Él para tener vida eterna; dejarnos amar por Él para ser sanados; acoger el torrente de salvación, que brota de su cruz, en los Sacramentos de su Iglesia.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios tiene la iniciativa
del amor redentor universal
realizado en Cristo
(571, 604, 609)

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados». «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos». Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente». De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte.

El Misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de «una vez por todas» por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo.

Jesús reemplaza nuestra desobediencia
por su obediencia
(615 — 617)

«Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos». Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará» (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados.

En la cruz, Jesús consuma su sacrificio. El «amor hasta el extremo» es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron». Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación, enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna». Y la Iglesia venera la Cruz cantando: "Salve, oh cruz, única esperanza", en el himno Vexilla Regis.

La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres». Pero, porque en su Persona divina encarnada, se ha unido en cierto modo con todo hombre, él ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual. Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» porque él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas». Él quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios. Y eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados" (S. Francisco de Asís).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos!
¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra

Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,
que reparase el daño paso a paso

Y así dijo el Señor: "¡Vuelva la Vida,
y que el Amor redima la condena!"
La gracia está en el fondo de la pena,
y la salud naciendo de la herida

En plenitud de vida y de sendero,
dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso
abierto por la fuerza de un Cordero

Ablándate, madero, tronco abrupto
de duro corazón y fibra inerte;
doblégate a este peso y esta muerte
que cuelga de tus ramas como un fruto

Tú, solo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo;
tú, el arca que nos salva; tú, el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido

Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en la cruz devuelve la esperanza
de toda salvación, honor y gloria. Amén

DOMINGO XXIV ORDINARIO “A”


"Perdona y se te perdonará"

Si 27,3-28, 9:     "Perdona las ofensas a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas"

Sal 102:        "El Señor es compasivo y misericordioso"

Rm 14,7-9:         "En la vida y en la muerte somos del Señor"

Mt 18,21-35:         "No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete."

 

I. LA PALABRA DE DIOS

El sacramento de la Penitencia (domingo pasado) invita a la conversión del corazón. Hoy el Evangelio ahonda en la conversión: la conversión reclama perdón, amor al prójimo.

Perdonar "setenta veces siete" es perdonar siempre. Este perdonar se apoya en la insistencia del Nuevo Testamento: en la oración, Jesús nos enseñó a decir: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos». La súplica se repite cada vez que celebramos la Eucaristía. Jesús nos recuerda "la regla de oro": «traten a los demás como quieren que ellos les traten»
(cf. Mt 7,12). Y es que nuestra relación con Dios se regula según nuestras relaciones con el prójimo (1ª Lect.).

Nuestro Dios es el Dios del perdón y la misericordia. Y nosotros, como hijos suyos, nos debemos parecer a Él. «Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso». Perdona siempre a aquel que se arrepiente de verdad. No puede ser de otra manera. Por eso Jesús dice que hemos de perdonar «hasta setenta veces siete», es decir, siempre.

La parábola expresa la contradicción brutal de ese hombre a quien le ha sido perdonada una deuda inmensa, pero que no perdona a su compañero una cantidad insignificante, llegando incluso a meterle en la cárcel. Ahí estamos dibujados todos nosotros cada vez que nos negamos a perdonar. En el fondo, las dificultades para perdonar a los demás vienen de no ser conscientes de lo que se nos ha dado y de lo que se nos ha perdonado. El que sabe que le ha sido perdonada la vida es más propenso a perdonar a los demás.

El perdón de Dios es gratuito: basta que uno se arrepienta de verdad. También el nuestro ha de ser gratuito. Pero prestemos atención a la parábola: ¿con qué derecho puede acercarse a solicitar el perdón de Dios quien no está dispuesto a perdonar a su hermano? El que no quiere perdonar al hermano ha dejado de vivir como hijo; el que no está dispuesto a perdonar al otro está cerrado y es incapaz de recibir el perdón de Dios.

No suele aceptarse hoy con facilidad la obligación del perdón porque se considera como un signo de debilidad. Sin embargo solamente los corazones fuertes tienen capacidad de convertirse y de perdonar.

El perdón fraterno ha de ser a imagen y semejanza del perdón de Dios, que no lleva cuenta de las veces que perdona. El corazón que perdona y olvida es grande, vive en la paz y es amado de Dios y de los hombres. La mejor imagen de nosotros mismos es la de ser personas de gran corazón.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El perdón de Dios, que es un desbordamiento de su misericordia, no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado de corazón a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos. Al negarnos a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra y su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a la gracia. Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero "todo es posible para Dios".

…como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden
(2842-2845)

Este "como" no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sean perfectos 'como' es perfecto su Padre celestial» (Mt 5, 48); «Sean misericordiosos, 'como' su Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que 'como' yo les he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida del fondo del corazón, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es "nuestra Vida" puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Así, la unidad del perdón se hace posible, "perdónense mutuamente 'como' nos perdonó Dios en Cristo".

Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor. La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial, acaba con esta frase: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano». Allí es, en efecto, en el fondo "del corazón" donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.

La vida cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración y de la vida cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí.

No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino. Si se trata de ofensas (de "pecados" según Lc 11, 4, o de "deudas" según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: «Con nadie tengan otra deuda que la del mutuo amor». La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación. Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo con todo el pueblo fiel" (San Cipriano).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón.

Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón.

Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón.

Para nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón.

Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra
en el desierto de mi corazón. Amén