DOMINGO IV ORDINARIO “B”

"Hoy y siempre escucharán su voz; ¡no endurezcan su corazón!"

Dt 18,15-20: "Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca"

Sal 94: "Señor, que no seamos sordos a tu voz"

1 Co 7,32-35: "El célibe se preocupa de los asuntos del Señor"

Mc 1,21-28: "Enseñaba con autoridad"

 

1.     LA PALABRA DE DIOS

El texto de la Primera Carta a los Corintios es uno de esos que choca a primera vista, porque da la impresión de que san Pablo no valorase suficientemente el matrimonio. Sin embargo no es así, porque en el mismo capítulo indica que «cada cual tiene de Dios su gracia particular», unos el celibato o virginidad consagrada y otros el matrimonio, e insiste en que cada uno debe santificarse en el estado al que Dios le ha llamado, casado o célibe.

Supuesto esto, hace una llamada especial al celibato y a la virginidad como un estado de especial consagración. Y da las razones: el célibe se preocupa exclusivamente de los asuntos del Señor, busca únicamente contentar el Señor, vive consagrado a Él en cuerpo y alma, se dedica al trato con Él con corazón indiviso.

La Iglesia siempre ha apreciado como un don singular de Cristo la virginidad consagrada a Él. La virginidad testimonia belleza de un corazón poseído sólo por Cristo Esposo. Manifiesta al mundo el infinito atractivo de Cristo, el más hermoso de los hijos de los hombres, y la inmensa dicha de pertenecer sólo a Él. Así siente el que sabe que Cristo basta, que Cristo sacia plenamente los más profundos anhelos del corazón humano.

En el Evangelio leemos, «un hombre poseido por un espíritu inmundo». Para san Marcos, el poseso está como "asociado" con un espíritu demoniaco, metido en su esfera de influencia; este espíritu es el que hace que el hombre sea "impuro" (opuesto a Dios, que es "Santo") y lo incapacita para el culto y para el trato con Dios. Los gritos de aquel hombre, que habla en plural como portavoz de las potencias del mal, son confesión de la categoría divina de Jesús (el  santo de Dios); su curación será signo de la liberación de los que están espiritualmente oprimidos.

«Cállate y sal de él». Los evangelistas tienen mucho interés en presentar a Jesús curando endemoniados y expulsando demonios. Quieren resaltar el dominio de Jesús sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte; pero sobre todo ponen de relieve que Jesús ha vencido a Satanás, que –directa o indirectamente– es la causa de todo mal. Ningún mal espíritu tiene poder sobre el cristiano unido a Cristo por la gracia, pues todo está sometido a Cristo. El milagro confirma la predicación de Jesús: el reino de Dios ha llegado, y empieza a destruir el reino de Satanás.

«Quedaban asombrados». Con breves pinceladas, san Marcos nos pinta el poder de Jesús. Desde el principio de su evangelio quiere presentarnos la grandeza de Cristo, que produce asombro a su paso por todo lo que hace y dice. Y la Iglesia nos presenta a Cristo para que también nosotros quedemos admirados. Pero para admirar a Cristo, hace falta antes que nada mirarle y tratarle, contemplarle. Y es sobre todo en la oración y en la meditación del evangelio donde vamos conociendo a Jesús. Por lo demás, también la vida del cristiano debe producir asombro y admiración. Nuestra vida, ¿produce asombro por vivir el evangelio o pasa sin pena ni gloria?

«Enseñaba con autoridad». Jesús no da opiniones. Enseña la verdad eterna de Dios de manera nueva (distinta y mejor), más por el modo que por el contenido (san Marcos no se preocupó siquiera de concretarnos el tema de aquella enseñanza). Por eso habla con seguridad, como quien tiene poder para imponer con fuerza de ley su interpretación personal de la Ley. Y, sobre todo, su palabra es eficaz, tiene poder para realizar lo que dice. Si escuchamos la palabra de Cristo con fe, esa palabra nos transforma, nos purifica, crea vida en nosotros, porque «es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» (Heb 4,12).

  1. LA FE DE LA IGLESIA

Dios ha dicho todo en su Verbo
(65 – 67)

«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta.

La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas "privadas", algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia –por ejemplo, los "secretos" de Fátima–. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de "mejorar" o "completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

La fe cristiana no puede aceptar "revelaciones" que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas Religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes "revelaciones".

Cristo, Palabra única de la Sagrada Escritura
(101 - 1049)

En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres.

A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud: "Es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las Escrituras, es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo" (S. Agustín).

Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios. "En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos".

Creer sólo en Dios
(150 – 152)

La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana.

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que Él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda «su complacencia». Dios nos ha dicho que le escuchemos (Mc 9,7). El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí» (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18).

No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque «nadie puede decir: 'Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios. La Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

  1. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra...; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad" (San Juan de la Cruz).

  1. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver,
quiero creer.

Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé,
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.

Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.

Están mis ojos cansados
de tanto ver luz sin ver;
por la oscuridad del mundo,
voy como un ciego que ve.

Tú que diste vista al ciego
y a Nicodemo también,
filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe.