DOMINGO XIV ORDINARIO “B”

"Sabemos que hay un Profeta en medio de nosotros"

Ez 2,2-5:                         "Son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos"

Sal 122:                         "Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia"

2 Co 12,7b-10:             "Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo"

Mc 6,1-6:                         "No desprecian a un profeta más que en su tierra"


I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio de este domingo está en contraste brutal con los domingos anteriores. Después de los impresionantes signos realizados por Jesús vemos que es claramente rechazado. La rebeldía y la dureza de corazón, la falta de fe de quienes se quedan a ras de tierra, les impiden reconocer y aceptar los signos más evidentes. El poder milagroso de Cristo parece quedar sin efecto ante la incredulidad de sus paisanos. La reacción de los parientes y paisanos de Jesús es una advertencia del peligro que también nosotros corremos si no damos continuamente el salto de la fe.

«¿Dónde aprendió éste tantas cosas?» La primera reacción –de admiración de la sabiduría y los poderes de Jesús, a quien habían conocido en el pueblo, como uno de tantos–, da paso al rechazo; su historial, su nivel social, hacen más bochornosa la presencia de «el carpintero, el hijo de María», metido a intelectual y hacedor de milagros. Les faltaba fe.

«El carpintero»: Quizá fuera mejor traducir un peón de la construcción o un obrero manual en general. «El hijo de María»: como entre los judíos los "apellidos" hacían referencia al padre, no a la madre, hablar así de Jesús suponía: o que José ya había muerto, o que se trataba de una expresión insultante, como dirigida a hijo de padre desconocido. «El hermano de…»: esta palabra, en las lenguas bíblicas, comprende desde el hermano de sangre hasta el hermano de raza (el connacional); designa lo mismo al "pariente" en cualquier grado, que al miembro de una misma comunidad. Ni en el Nuevo Testamento –ni en ninguna otra fuente de la tradición primitiva– se mencionan otros "hijos de María" fuera de Jesús, ni se dice que éstos cuyos nombres se citan sean "hijos de María".

«No pudo hacer allí ningún milagro»: no es que la fe tenga poder o ejerza un derecho sobre Dios para obtener milagros, es que un milagro carece de sentido cuando el hombre se cierra a Dios que se le acerca en la acción prodigiosa. Dios no se impone a la fuerza, ni siquiera a fuerza de milagros.

«Estaba sorprendido de su falta de fe»: en el difícil problema teológico del conocimiento de Cristo, lo más claro en el evangelio de San Marcos es la llamada "ciencia experimental"; no hubiera sido Jesús verdadera criatura humana si en su crecimiento corporal y espiritual no hubiera tenido experiencias nuevas, por la observación de la naturaleza, el trato con la gente, etc. El testimonio explícito de los evangelistas dice que Jesús "se admiraba", "se sorprendía", al saber algo que hasta entonces no co­nocía experimentalmente.

El Salmo 122 es la súplica confiada de los pobres de Yahvé que experimentan el desprecio a su alrededor. Y manifiesta de manera muy elocuente la postura del que ora a Dios: una confianza total en su amor y en su poder y, a la vez, un absoluto respeto y reverencia ante la majestad de Dios.

En el contexto de la liturgia de hoy, el salmo se pone en labios de Cristo, que ante el desprecio de su propio pueblo, ante el rechazo de una gente rebelde y obstinada, se dirige a su Padre abandonándose a Él y dejando en sus manos todos sus cuidados. Muchas veces a lo largo de su vida terrena Jesús experimentó burlas y sarcasmos, oposición de los pecadores, y con mucha frecuencia debió levantar sus ojos y su corazón al Padre que está en los cielos.

También nosotros podemos hacer nuestro este salmo. Ante todo, nos enseña a orar con humildad, no exigiendo a Dios, sino acudiendo a Él como el esclavo que sabe que no tiene ningún derecho y que lo espera todo de la bondad de su Señor y le deja las manos libres para que actúe como quiera y cuando quiera. Por otra parte, frente a las dificultades, nos enseña a levantar los ojos a nuestro Padre esperando su socorro y su misericordia, de manera que podamos experimentar como san Pablo la certeza de su protección: «Te basta mi gracia», pues la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad del hombre.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Mesías, el Cristo, el Ungido
(436)

Cristo viene de la traducción griega del término hebreo "Mesías" que quiere decir "Ungido". Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

La Iglesia es pueblo sacerdotal, profético y real
(783 – 786, 1241)

Jesucristo es aquél a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido "Sacerdote, Profeta y Rey".

En el Bautismo, la unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo. El nuevo bautizado ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey. Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas.

Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo el bautizado participa en la vocación única de este Pueblo: en su vocación sacerdotal: Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo «un reino de sacerdotes para Dios, su Padre». Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo.

El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo. Lo es sobre todo por el sentido sobrenatural de la fe que es el de todo el pueblo, laicos y jerarquía, cuando se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre y profundiza en su comprensión y se hace testigo de Cristo en medio de este mundo.

El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección. Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo venido «a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Para el cristiano, "servir es reinar", particularmente es en los pobres y en los que sufren donde descubre la imagen de su Fundador pobre y sufriente. El pueblo de Dios realiza su "dignidad regia" viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

El Bautismo de los niños
(1250 – 1252, 1261)

Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento. Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha confiado.

La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando "casas" enteras recibieron el Bautismo (cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los niños.

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: «Dejen que los niños se acerquen a mí, no se lo impidan», nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de la cruz hace reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra como sacerdotes, a fin de que, puesto aparte el servicio particular de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y que usan de su razón se reconozcan miembros de esta raza de reyes y participantes de la función sacerdotal. ¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que consagrar a Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón las víctimas sin mancha de la piedad?" (San León Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.