DOMINGO XXIV ORDINARIO “B”

"Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros"

Is 50,5-9a:                                                                                           "Ofrecí la espalda a los que me apaleaban"

Sal 114,1-9:                                                                                         "Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida"

St 2,14-18:                                                                                           "La fe, si no tiene obras, está muerta"

Mc 8,27-35:                                                                                         "Tú eres el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer mucho"


I. LA PALABRA DE DIOS

La Buena Nueva del reino de Dios no es un cuerpo de enseñanzas doctrinales, sino un misterio encarnado en Jesucristo, una revelación de su propia identidad y de su papel personal en el plan de Dios (que se refleja también en su "doctrina"). En este contexto se entiende mejor la pregunta y la confesión de fe en Cesara de Filipo. Pedro es el primero de los hombres en confesar a Jesús como el Mesías esperado. Es un profundo acto de fe proclamada.

Jesús no rechaza el título de Mesías, el esperado de Israel; lo es, pero pide a los que ya lo reconocen como tal que guarden silencio. Ese silencio era aconsejable en circunstancias en las que el pueblo podía tomar a Jesús como Mesías político, o para evitar la animadversión de los jefes religiosos antes de tiempo.

Jesús precisa de qué tipo de Mesías se trata: es Mesías, pero cumplirá su misión mesiánica a través del sufrimiento y de la muerte; es el Siervo de Yahvé que se entrega en obediencia a los planes del Padre confiando totalmente en su protección (1ª lectura). Con la expresión «el Hijo del hombre tiene que padecer» unirá en una sola las figuras del Mesías juez glorioso y la del Siervo doliente de Isaías. Jesús quiere que, ya que sus discípulos le aceptan como Mesías, le acepten tal como los sucesos futuros de la pasión les harán ver, algo apenas captado por los discípulos.

El Siervo sufriente de Isaías repite lo que se le ha dicho: «Me ha abierto el oído», indica la revelación que ha recibido; «mesaban mi barba», evoca el desprecio a su dignidad personal; «no oculté el rostro…», se cumplió en Jesucristo. Ante el misterio de la cruz, Jesús no se echa atrás. Al contrario, se ofrece libre y voluntariamente, se adelanta, «ofrece la espalda a los que le golpean». En el evangelio de hoy aparece el primero de los tres anuncios de la pasión: Jesús sabe perfectamente a qué ha venido y no se resiste.

La raíz de esta actitud de firmeza y seguridad de Jesús es su plena y absoluta confianza en el Padre. «Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido». Si tenemos que reconocer que todavía la cruz nos echa para atrás es porque no hemos descubierto en ella la sabiduría y el amor del Padre. Jesús veía en ella la mano del Padre y por eso puede exclamar: «Sé que no quedaré avergonzado». Y esta confianza le lleva a clamar y a invocar al Padre en su auxilio.

Una vez desvelado el destino de sufrimiento y muerte que le corresponde como Hijo del Hombre, Jesús emprende su camino hacia Jerusalén. A lo largo de este camino Jesús va manifestando más abierta y detalladamente su destino doloroso y el estilo que deben vivir sus seguidores. Si antes abundaban los milagros y eran escasas las enseñanzas, dirigidas preferentemente al gran público; a partir de ahora escasean las curaciones milagrosas, y abundan las enseñanzas de Jesús, sobre todo para los discípulos.

El discípulo no sólo debe confesar rectamente su fe en un Mesías crucificado y humillado, sino que debe seguirle fielmente por su mismo camino de donación, de entrega y de renuncia. Todo lo que sea salirse de la lógica de la cruz es deslizarse por los senderos de la lógica satánica. ¿Acepto yo de buena gana la cruz que aparece en mi vida? ¿O me rebelo frente a ella? Al fin y al cabo, nuestra cruz es más fácil: se trata de seguir la senda de Jesús, el camino que Él ya ha recorrido antes que nosotros y que ahora recorre con nosotros. Pero es necesario cargarla con firmeza.

La cruz de Jesús supuso humillación y desprestigio público, y es imposible ser cristiano sin estar dispuesto a aceptar el desprecio de los hombres por causa de Cristo, por el hecho de ser cristiano. «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí y por el evangelio, la salvará». El valor supremo de la vida física está en sacrificarla para adquirir la Vida; en la jerarquía cristiana de valores, la vida del alma vale el sacrificio de todos los demás bienes.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La obediencia de la fe
(142 – 144)

Por su revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. La respuesta adecuada a esta invitación es la fe.

Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela. La Sagrada Escritura llama «obediencia de la fe» a esta respuesta del hombre a Dios que revela.

Obedecer ("ob-audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma.

Abraham, «el padre de todos los creyentes»
(145 – 147)

La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados, insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció  y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba… Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida… Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio» (cf. Hb 11). Gracias a esta "fe poderosa", Abraham vino a ser «el padre de todos los creyentes» (Rom 4,11.18).

María : «Dichosa la que ha creído»
(148 – 149)

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que nada es imposible para Dios y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1,48).

Durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el "cumplimiento" de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

Creer sólo en Dios,
en Jesucristo, en el Espíritu Santo
(150 – 152)

La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura.

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que Él ha enviado, Jesucristo, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su complacencia. Dios nos ha dicho que le escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: «Crean en Dios, crean también en mí» (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18). Porque "ha visto al Padre", Él es único en conocerlo y en poderlo revelar.

No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque nadie puede decir: "Jesús es Señor" sino bajo la acción del Espíritu Santo. «El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios…Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2,10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios.

Las características de la fe
(153 – 165)

La fe es necesaria para la salvación, pues, como afirmó el Señor, «el que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer se condenará» (Mc 16,16).

La fe es una virtud sobrenatural infusa por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, no por la evidencia de esas verdades, sino por la autoridad de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos. Consiste en la respuesta afirmativa, consciente y libre, del hombre a Dios. El hombre para creer necesita la gracia del Espíritu Santo, pues la fe es un don sobrenatural, concedido por Dios a quién lo pide con humildad.

Los cristianos creemos aquellas verdades contenidas en la Palabra de Dios –escrita en la Biblia o transmitida por la Tradición– y que son propuestas por el Magisterio de la Iglesia como divinamente reveladas. Las principales verdades de nuestra fe se encuentran resumidas en el Credo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Con esta revelación del Padre y con la efusión del Espíritu Santo, que marcan un sello imborrable en el misterio de la Redención, se explica el sentido de la Cruz y de la  muerte de Cristo. El Dios de la Creación se revela como Dios de la Redención, como Dios que es fiel a sí mismo, fiel a su amor y al hombre y al mundo, ya revelado el día de la Creación. El suyo es amor que no retrocede ante nada… Y sobre todo el amor es más grande que el pecado, que la debilidad, «que la vanidad de la creación», más fuerte que la muerte; es amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar…" (Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza:
grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida.

Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios.

A pesar de todo, el hombre,
pequeña parte de tu creación, quiere alabarte.

Tú mismo le incitas a ello,
haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti
y nuestro corazón está inquieto
mientras no descansa en ti.
Amén. (S. Agustín).

1 comentario:

Ana Maria Rubio dijo...

"El amor es más fuerte que la muerte"

que gran y gozosa verdad.