DOMINGO IV ORDINARIO “C”

Llamados a ser profetas

Jr 1,4-5.17-19:                          Te nombré profeta de los gentiles

Sal 70,1-17:                              Mi boca contará tu salvación, Señor

1 Co 12,31-13,13:                     Quedan la fe, la esperanza y el amor; pero lo más grande es el amor

Lc 4,21-30:                               Jesús, como Elías y Eliseo, no es enviado sólo a los judíos

I. LA PALABRA DE DIOS

La misión del profeta viene de una elección de Dios, que le protege ante la difícil tarea de ser signo de contradicción en medio de los gentiles.

El Himno del amor, proclamado en la segunda lectura, invita a desear lo sustancial por encima de cualquier otro carisma. Amor, que es, como el de Dios: donación de sí mismo, comprensión, misericordia.

Jesús sigue el destino de todos los verdaderos profetas: es bandera discutida. En el Evangelio, en el episodio de la sinagoga de Nazaret entre los suyos, Jesús anuncia su misión no sólo a los judíos.

«¿No es este el hijo de José?» Los paisanos de Jesús encuentran dificultades para dar el salto de la fe. Están demasiado acostumbrados a una mirada a ras de tierra y se aferran a ella. Y ello acabará llevándoles a rechazar a Jesús... También a nosotros nos da vértigo la fe. Y preferimos seguir anclados en nuestras –falsas– seguridades. Mantenemos la mirada rastrera –que muchas veces calificamos de racional y razonable– sobre las personas y acontecimientos, sobre la Iglesia y sobre el misterio mismo de Dios...

«Ningún profeta es bien mirado en su tierra». Llama la atención la actitud desafiante, casi provocativa, de Jesús. Ante la resistencia de sus paisanos no rebaja el tono, no se aviene a componendas, no entra en negociaciones. La verdad no se negocia, no se pacta ni se consensúa. La divinidad de Cristo podrá ser aceptada o rechazada, pero no depende de ningún consenso. Cuando los corazones están cerrados, Jesús no suaviza su postura; se diría que incluso la endurece, para que las personas tomen postura ante Él. «O conmigo o contra mí».

«Se abrió paso entre ellos...» Destaca también la majestad soberana con que Jesús se libra de quienes pretendían eliminarlo. En Él se percibe esa fortaleza divina anunciada en la 1ª lectura: Jesús es «plaza fuerte», «columna de hierro», «muralla de bronce»; aunque todos luchen contra Él, no pueden hasta que Él no lo permita. No son las circunstancias externas ni los hombres quienes deciden acerca de su vida o de su muerte; es su voluntad libre y soberana la que se impone a todo.

La presentación de la misión de Jesús en medio de los suyos provoca una reacción contraria a Él. Al profeta no se le aplaude, pues no habla para agradar sino para iluminar desde la voluntad de Dios. La misión profética del cristiano se realiza, como en Cristo, con palabras y obras. Las palabras anuncian la salvación de Dios y las obras tienen su punto culminante en el amor, el mayor de los carismas. ¿Puede un cristiano pasar desapercibido en un mundo hostil a Dios? Su misión es la de  Cristo. ¿Por qué no es bandera discutida como Él?

II. LA FE DE LA IGLESIA

El depósito de la fe
confiado a la totalidad de la Iglesia
(84)

"El depósito sagrado" de la fe (depositum fidei), contenido en la Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura fue confiado por los apóstoles al conjunto de la Iglesia. Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración, y así se realiza una maravillosa concordia de pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida.

El sentido sobrenatural de la fe
(91-93)

Todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu Santo que los instruye y los conduce a la verdad completa.

La totalidad de los fieles no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral.

El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre, la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la vida.

El Magisterio de la Iglesia
(85 – 87)

El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita (Sagrada Tradición y Sagrada Escritura), ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo, es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.

Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: «El que a vosotros escucha a mí me escucha», reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.

La participación de los laicos en la misión
(901-913, 940)

Cristo realiza su misión no sólo a través de la jerar­quía sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra.

En el mundo…

Siendo propio del estado de los laicos vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios les llama a que, movidos por el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.

Los laicos cumplen su misión profética evangelizando, con el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra. En los laicos, esta evangelización adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo.

Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan, en vez de impedir, la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas.

Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. 

…y en la Iglesia

Los seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles.

En las comunidades eclesiales, la acción de los laicos es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia.

Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen para ello también pueden prestar su colaboración en la formación catequética, en la enseñanza de las ciencias sagradas, en los medios de comunicación social.

Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los ministerios de lectores y de acólito. Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho.

En la Iglesia, los fieles laicos pueden cooperar a tenor del derecho en el ejercicio de la potestad de gobierno. Así, con su presencia en los Concilios particulares, los Sínodos diocesanos, los Consejos pastorales; en el ejercicio de la tarea pastoral de una parroquia; la colaboración en los Consejos de los asuntos económicos; la participación en los tribunales eclesiásticos, etc.

Los fieles han de aprender a distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto, ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios.

Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma según la medida del don de Cristo.

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Enseñar a alguien para traerlo a la fe es tarea de todo predicador e incluso de todo creyente»
(Sto. Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Cuando la luz del sol es ya poniente,
gracias, Señor, es nuestra melodía;
recibe, como ofrenda, amablemente,
nuestro dolor, trabajo y alegría.

Si poco fue el amor en nuestro empeño
de darle vida al día que fenece,
convierta en realidad lo que fue un sueño
tu gran amor que todo lo engrandece.

Tu cruz, Señor, redime nuestra suerte
de pecadora en justa, e ilumina
la senda de la vida y de la muerte
del hombre que en la fe lucha y camina.

Jesús, Hijo del Padre, cuando avanza
la noche oscura sobre nuestro día,
concédenos la paz y la esperanza
de esperar cada noche tu gran día. Amén.

DOMINGO III ORDINARIO “C”

El culto espiritual

Ne 8, 2-4a.5-6.8-10:                            Leyeron el libro de la ley y todo el pueblo estaba atento

Sal 18:                                                 Tus palabras, Señor, son espíritu y vida

1 Co 12, 12-30:                                   Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro

Lc 1, 1-4; 4, 14-21:                             Hoy se cumple esta Escritura

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio nos presenta a Jesús en la Sinagoga proclamando la palabra divina. «Todos tenían los ojos fijos en él». Esta actitud de los presentes ilumina de manera elocuente cuál ha de ser también nuestra actitud. Puesto que Cristo está presente en su Palabra y cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es Él mismo quien habla, no tiene sentido una postura impersonal. Sólo cabe estar a la escucha de Cristo mismo, con toda la atención de la mente y del corazón, pendientes de cada una de sus palabras, con «los ojos fijos en él».

«Hoy se cumple esta Escritura». La palabra que Cristo nos comunica de manera personal en ese diálogo «de tú a tú» es además una palabra eficaz; o sea, que no sólo nos comunica un mensaje, sino que por su propio dinamismo realiza aquello que significa o expresa. Si escuchamos con fe lo que Cristo nos dice, experimentaremos gozosamente que esa palabra se hace realidad en nuestra vida.

«Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres». Esta palabra de Cristo es siempre evangelio, buena noticia. Pero sólo puede ser reconocida y experimentada como tal por un corazón pobre. El que se siente satisfecho con las cosas de este mundo no capta la insondable riqueza de la palabra de Cristo ni experimenta su dulzura y su consuelo. Las riquezas entorpecen el fruto de la palabra. Sólo el que se acerca a ella con hambre y sed experimenta la dicha de ser saciado.

Hemos sido consagrados a Cristo en el bautismo. Estamos ungidos por el mismo Espíritu de Dios. Formamos parte de su Cuerpo Místico. Estamos llamados a su misma misión. También en nosotros la Palabra se cumple hoy, y participamos de la misión sacerdotal, profética y real de Cristo. Los bautizados estamos llamados a hacer presente nuestra configuración con Cristo en medio de nuestros ambientes temporales. Es nuestro culto espiritual.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Un solo cuerpo. Cristo, Cabeza de la Iglesia
(787-795)

Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo. La unidad del cuerpo no ha abolido la diversidad y las funciones de los miembros. Es el mismo Espíritu el que, según su riqueza y las necesidades de los ministerios, distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia.

Cristo es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Cristo y la Iglesia son, por tanto, el "Cristo total". La Iglesia es una con Cristo.

Los fieles de cristo:
jerarquia, laicos, vida consagrada
(871 – 873)

Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y, hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo.

Se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo.

Las mismas diferencias que el Señor quiso poner entre los miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios. En fin, en esos dos grupos [jerarquía y laicos], hay fieles que por la profesión de los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia) se consagran a Dios [vida consagrada].

Los fieles laicos. Su vocación
(897-900)

Por laicos (o seglares) se entiende a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo. Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. Tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios.

Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas.

Como todos los fieles, los laicos están encargados por Dios del apostolado en virtud del Bautismo y de la Confirmación y por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia.

Participación de los laicos
en la misión sacerdotal de Cristo
(901-903)

Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para  producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, si se realizan en el Espíritu, se convierten en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del Cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios. De manera particular, los padres participan de la misión de santificación impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y procurando la educación cristiana de los hijos.

Participación en la misión profética de Cristo
(904 – 907)

Cristo realiza su función profética, no sólo a través de la jerarquía, sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra. Enseñar a alguien para traerlo a la fe es tarea de todo creyente.

Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra. En los laicos, esta evangelización adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo. Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes, como a los fieles.

Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los Pastores.

Participación en la misión real de Cristo
(908 – 913)

Por su obediencia hasta la muerte, Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, para que vencieran en sí mismos, con la propia renuncia y una vida santa, al reino del pecado. «El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: Se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; Es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable» (San Ambrosio).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«En la Sinagoga estaba establecido el pasaje que debía leerse. Pero, sea cual sea el pasaje, hoy está escrito para mí. Tanto si escucho la Escritura en la asamblea de los fieles, como si la escucho en privado, si Tú, Señor, lees por mí, siempre habrá un texto que me dirá algo en la situación en que me encuentro. Y si mi corazón está lleno de ti, descubriré inmediatamente la palabra que me puede dar el empuje y la ayuda que necesito» (Un monje de la Iglesia oriental).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Tu poder multiplica
la eficacia del hombre,
y crece cada día, entre sus manos,
la obra de tus manos.

Nos señalaste un trozo de la viña
y nos dijiste: "Venid y trabajad".

Nos mostraste una mesa vacía
y nos dijiste: "Llenadla de pan".

Nos presentaste un campo de batalla
y nos dijiste: "Construid la paz".

Nos sacaste al desierto con el alba
y nos dijiste: "Levantad la ciudad".

Pusiste una herramienta en nuestras manos
y nos dijiste: "Es tiempo de crear".

Escucha a mediodía el rumor del trabajo
con que el hombre se afana en tu heredad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Por los siglos. Amén.

DOMINGO II ORDINARIO “C”

La familia, iglesia doméstica

Is 62, 1-5:                                     El marido se alegrará con su esposa

Sal 95:                                            Contad las maravillas del Señor a todas las naciones

1 Co 12, 4-11:                                 El mismo y único Espíritu reparte a cada uno, como a él le parece

Jn 2,1-11:                                        En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos

I. LA PALABRA DE DIOS

Finalizado ya el tiempo de Navidad, la liturgia de hoy todavía se detienen a saborear algo de lo que en ese tiempo se nos ha dado. El Evangelio nos habla de un misterio nupcial: «había una boda». Cristo aparece como el Esposo que celebra el festín de las bodas con la Esposa, la Iglesia, cuyo modelo es María –«La Mujer»–. En efecto, la liturgia de Navidad nos ha hecho contemplar el misterio de la Encarnación como los desposorios del Verbo con la humanidad.

Isaías profetiza lo que el Evangelio manifestará. La venida del Mesías será como la de un novio regio que alegrará y elevará a su esposa. Expresa el amor apasionado de Cristo por su Iglesia, a la que anhela embellecer y adornar con su propia santidad: «por amor de Jerusalén, no descansaré hasta que rompa la aurora de su justicia». La Iglesia, antes abandonada y devastada, ahora es la «Desposada». El amor de Cristo, lavándola y uniéndola consigo, la ha hecho nueva: «Te pondrán un nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor». Más aún, la ha engalanado, depositando en ella sus propias gracias y virtudes, la ha colmado de una gloria que es visible para todos los pueblos.

El salmo 95  canta estas maravillas obradas en la Iglesia Esposa, invitando a «toda la tierra» a unirse a su alabanza. Es un himno exultante: «Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones», pues la gloria de la Iglesia le viene de su Esposo. «Cantad al Señor un cántico nuevo», pues la Iglesia, que ha sido renovada por la gracia de la Navidad, es capaz de cantar de manera nueva.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los milagros de Jesús: signos del Reino de Dios
 (561, 547-550)

La vida entera de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección, son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación.

Jesús acompaña sus palabras con numerosos "milagros, prodigios y signos" que manifiestan que el Rei­no está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado. Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: Dios reinó desde el madero de la Cruz.

El matrimonio cristiano:
signo eficaz del amor esponsal de Cristo
(1612-1613, 1617)

En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete de bodas. La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio  y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza.

El matrimonio en el plan de Dios
(1603 – 1608)

Dios, que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor. Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador. Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. «Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla"».

La íntima comunidad de vida y amor conyugal, está fundada por el Creador y provista de leyes propias. El mismo Dios es el autor del matrimonio. La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana. La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar.

El matrimonio bajo la esclavitud del pecado
(1606 – 1608)

Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura.

Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos; su atractivo mutuo, don propio del creador, se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia; la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan.

Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado. Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó «al comienzo».

El matrimonio en Cristo
(1614 – 1616, 1661)

En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón; la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: «lo que Dios unió, que no lo separe el hombre».

Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, Cristo da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces, los esposos podrán «comprender» el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

El Sacramento del Matrimonio, instituido por Cristo, es el Sacramento por el que un hombre y una mujer –bautizados– se unen ante Dios para siempre, con el fin de formar una comunidad de vida y amor, colaborando con el Creador en la transmisión de la vida. Por tanto los fines del Matrimonio son dos: el bien de los esposos y la generación y educación de los hijos.

El amor conyugal tiene tres propiedades esenciales: la unidad fiel –un sólo hombre con sólo una mujer–, la indisolubilidad –hasta la muerte– y la apertura a la vida –sin impedir los hijos–. Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.

El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia y produce los siguientes efectos: da a los esposos la gracia de amarse con el amor con el que Cristo ama a su Iglesia; reafirma su unidad indisoluble, y les ayuda a santificarse y a educar a los hijos formando una familia cristiana.

Las parejas de bautizados que hacen vida matrimonial sin recibir el Sacramento del Matrimonio, o los divorciados que se casan otra vez, son uniones irregulares que van gravemente contra la Ley de Dios. Los que viven así, aunque no están separados de la Iglesia, no pueden recibir la comunión eucarística ni ningún otro Sacramento mientras no regularicen su situación. Sí que pueden vivir la vida cristiana practicando la oración y educando a sus hijos en la fe.

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«¡Qué matrimonio el de dos cristianos!.. Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne. Donde la carne es una, también es uno el espíritu» (Tertuliano).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Oh, Dios, que en la Sagrada Familia
nos dejaste un modelo perfecto de vida familiar
vivida en la fe y la obediencia a tu voluntad.

Ayúdanos a ser ejemplo de fe y amor
a tus mandamientos.

Socórrenos en nuestra misión
de transmitir la fe a nuestros hijos.

Abre su corazón para que crezca en ellos
la semilla de la fe que recibieron en el bautismo.

Fortalece la fe de nuestros jóvenes,
para que crezcan en el conocimiento de Jesús.

Aumenta el amor y la fidelidad
en todos los matrimonios,
especialmente aquellos que pasan
por momentos de sufrimiento o dificultad. Amén.
Amén.