DOMINGO DE RESURRECCIÓN “C”

«¡En verdad resucitó el Señor!»
Hch 10, 34a. 37-43:        Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección
Sal 117, 1-23:                 Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo
Col 3, 1-4:                       Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo
1Co 5, 6b-8]:               Barred la levadura vieja, para ser una masa nueva
Jn 20, 1-9:                      El había de resucitar de entre los muertos
I. LA PALABRA DE DIOS
¡Cristo ha resucitado! Este hecho transforma la historia entera. Un hecho esperado, intensamente deseado. Este es el anuncio que la Iglesia grita con gozo, con sorpresa y asombro, pero con total seguridad: ¡Ha resucitado! Verdaderamente el Señor ha resucitado. No, nuestra fe no se apoya en fábulas, ni en ideas, ni en ideologías, ni en presuntas reconstrucciones idealizadas fruto de deseos insatisfechos: La resurrección de Cristo es un hecho real, histórico, verdadero.

Y un hecho que nos toca de lleno: «Habéis resucitado con Cristo». La vida del cristiano es una vida de resucitado. Hemos de volver a estrenar el gozo de sabernos salvados, la dicha de nuestra victoria sobre el pecado gracias a Cristo. Por tanto «buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios».
«Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús» serán los primeros apóstoles testigos de la Resurrección. Al ver el sepulcro vacío creen. La fe está vinculada a entender la Escritura: «que Él había de resucitar de entre los muertos». Del principio al fin de la Revelación, Dios se muestra siempre fiel, no abandona ni a su pueblo ni a cada uno de sus hijos. No se deja ganar en fidelidad y amor. Por eso resucita al Justo por excelencia, «el Hijo amado, el predilecto».
Una traducción más exacta del texto griego de los versículos 5, 6 y 7 nos hace entender mejor porqué creyeron Pedro y Juan al ver las vendas y el sudario en el sepulcro vacio: «las vendas en el suelo», no significa "tiradas por el suelo, de cualquier manera", sino "yaciendo", es decir, 'allanadas suavemente', sin el relieve y volumen que habían tenido al envolver el cadáver, como 'desinfladas'. Y la frase «y el sudario … no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte» estaría mejor traducida de la siguiente forma: "no yaciendo entre las vendas , sino de modo diverso, enrollado en [su] mismo sitio" (no en sentido local = 'sitio aparte', sino en sentido de modo = 'modo diferente').
Precisamente porque hemos resucitado con Cristo, también nosotros somos testigos. El Señor se ha hecho presente en nuestra vida y nos ha transformado con su poder. «Sabemos por tu gracia que estás resucitado». Un muerto no puede producir estas maravillas. Y nosotros no podemos callar, no podemos menos de gritar a todos esta alegría que nos inunda. ¡Sí, verdaderamente ha resucitado el Señor!
II. LA FE DE LA IGLESIA
El sepulcro vacío
(640)
El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo. A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, y después de Pedro. «El discípulo que Jesús amaba» afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir «las vendas en el suelo», «vio y creyó». Eso supone que constató, en el estado del sepulcro vacío, que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro.
Los Apóstoles no pudieron inventar la resurrección, puesto que les parecía imposible: en efecto, Jesús les echó en cara su incredulidad.
La Resurrección de Cristo y la Santísima Trinidad
(648-650)
La Resurrección de Cristo es objeto de fe, en cuanto que es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres Personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre, que «ha resucitado» a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad –con su cuerpo y alma– en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente como «Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos». San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios por la acción del Espíritu que ha vivificado y glorificado la humanidad muerta de Jesús, uniendo de nuevo alma y cuerpo.
En cuanto al Hijo, Él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término). Por otra parte, Él afirma explícitamente: «doy mi vida, para recobrarla de nuevo ... Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo».
La Resurrección de Cristo es la culminación de la Encarnación. Es una prueba de la divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en nuestro favor. Además, el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo.
Resucitados ya con Cristo
(1002-1004)
Así como Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos y vive para siempre, así también Él resucitará a todos en el último día, con un cuerpo incorruptible.
Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participamos ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado, pero esta vida permanece «escondida con Cristo en Dios». Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos «manifestaremos con Él llenos de gloria».
Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser «en Cristo»; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre: «El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? No os pertenecéis. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo».
Esperanza personal y comunitaria
(1817-1821, 1042-1050)
La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.
La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.
Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado.
La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo.
La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.
La Eucaristía y la resurrección
(1402-1405, 1085)
El misterio pascual de Cristo no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte; y todo lo que Cristo es, y todo lo que hizo y padeció por los hombres, participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos, y en ellos se mantiene permanentemente presente.
En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: "¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!". Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor, y si por nuestra comunión en el altar somos colmados de toda bendición celestial y gracia, la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial.
La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía "Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo", pidiendo entrar "en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro".
De esta gran esperanza no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto, que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, se realiza la obra de nuestra redención y partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre.
III. EL TESTIMONIO CRISTIANO
«Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la creación, la salvación del mundo, la renovación del género humano; en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor» (Oficio siríaco de Antioquía).
«Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin» (S. Teresa de Jesús).
IV. LA ORACIÓN CRISTIANA
Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías. 
Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría. 
Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia. 
Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía. 
Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas. 
Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica.
Amén. ¡Aleluya!