DOMINGO III DE CUARESMA “C”

«Fue a buscar fruto... y no lo encontró»
Ex 3, 1-8a. 13-15:    "Yo soy" me envía a vosotros
Sal 102, 1-11:          El Señor es compasivo y misericordioso
1 Co 10, 1-6. 10-12: La vida del pueblo con Moisés en el desierto se escribió para escarmiento nuestro
Lc 13, 1-9:               Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera
I. LA PALABRA DE DIOS
Los dos hechos trágicos que aparecen en el evangelio sirvieron a Jesús para iluminar un problema teológico: el del castigo de Dios a los pecadores, ya en este mundo. Jesús aclara que las desgracias –sean naturales o provocadas por los hombres– no vienen necesariamente como castigo automático por los pecados de quienes las padecen; pero si nos avisan: todos somos pecadores, todos necesitamos convertirnos.
Las lecturas de hoy nos presentan la imagen de un Dios justo y que castiga. La justicia es un atributo de Dios. No se trata de una justicia "vengadora", sino de una justicia "purificadora". Justicia y misericordia divinas se afirman en el Nuevo Testamento, en la profesión de fe de la Iglesia y en la experiencia cristiana de los fieles. La justicia de Dios supera nuestros esquemas de justicia. El castigo (castigar = hacer casto = purificar = corregir) de Dios en este mundo se comprende como corrección pedagógica: Dios sólo permite los males para sacar de ellos mayores bienes (cf Rm 8,28; Hb 12, 5-11). El juicio en este mundo del Dios que nos ama ofrece un avance, sujeto a revisión, del juicio definitivo. Por esto, el juicio de Dios en este mundo busca nuestra conversión. Hay que adherirse a los caminos de la providencia de Dios, que busca la purificación de nuestros corazones, bajo la sombra de la Cruz, en comunión con el Cristo paciente.
En el Evangelio, casi a la mitad de la Cuaresma, Cristo nos recuerda algo sumamente importante: tenemos el peligro de no convertirnos. La parábola de la higuera estéril lo pone de relieve con una fuerza sorprendente. La paciencia divina es ilimitada; pero nuestro tiempo tiene límite: hay que aprovechar este "ahora" para dar fruto que corresponda al arrepentimiento. Lo mismo que su amo a la higuera, Dios nos ha cuidado con cariño y con mimo; más aún, en esta Cuaresma está derramando abundantemente su gracia, pero ésta puede estar cayendo en vano, puede estar siendo rechazada y ser estéril en nosotros. ¿Encontrará Cristo frutos de conversión?
«Déjala todavía este año». La parábola sugiere que este año puede ser el último. De hecho, será el último para mucha gente. No se trata de ponernos trágicos, sino de contemplar una posibilidad real. Puede no haber ya para nosotros más oportunidades de gracia. La conversión es urgente, de ahora mismo. Y retrasarla para otro año, para otra ocasión, es una manera de cerrarse a Cristo, de darle largas... Hay tantas maneras de decir "no"...
El Maestro aplica la enseñanza desprendida de la higuera estéril, que será cultivada, a ruegos del viñador, «a ver si da fruto. Si no, al año que viene la cortarás».  
Llama la atención que precisamente san Lucas, el evangelista de la misericordia y la bondad de Jesús, traiga estas amenazas. «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». Pero si nos fijamos bien, estas advertencias también provienen de la misericordia. Advertirle a uno de un peligro es una forma principal de misericordia. Al llamarnos a la conversión, Cristo no sólo nos recuerda los bienes que nos va a traer la conversión, sino que nos abre los ojos ante los males que nos sobrevendrán si no nos convertimos. El amor apasionado que siente por nosotros le lleva a sacarnos de nuestro engaño.
II. LA FE DE LA IGLESIA
Fe en los caminos de la Providencia 
(309-314, 1488)
Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.
Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo "en estado de vía" (en camino) hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección.
Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien.
Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: «No fuisteis vosotros –dice José a sus hermanos– los que me enviasteis acá, sino Dios... aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir... un pueblo numeroso» (Gn 45, 8; 50, 20). De el mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.
Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara", nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (Descanso) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.
A los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero.
Necesidad constante de conversión
(1425 – 1429)
La vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios. Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos.
Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa, al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del corazón contrito, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.
Un sacramento para la conversión 
(1422 - 1424)
Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él después del Bautismo.
Se le denomina sacramento de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión, la vuelta al Padre del que el hombre se había alejado por el pecado. Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador.
La conversión de la sociedad
(1886 – 1889)
La sociedad es indispensable para la realización de la vocación humana. Para alcanzar este objetivo es preciso que sea respetada la justa jerarquía de los valores que subordina las dimensiones "materiales e instintivas" del ser del hombre "a las interiores y espirituales".
La inversión de los medios y de los fines, lo que lleva a dar valor de fin último a lo que sólo es medio para alcanzarlo, o a considerar las personas como puros medios para un fin, engendra estructuras injustas que hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana, conforme a los mandamientos del Legislador Divino.
Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él.
III. EL TESTIMONIO CRISTIANO
Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».
«Porque el Dios Todopoderoso, por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal» (S. Agustín).
Santa Catalina de Siena dice a los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede: «Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin».
IV. LA ORACIÓN CRISTIANA
La noche, el caos, el terror,
cuanto a las sombras pertenece
siente que el alba de oro crece
y anda ya próximo el Señor
El hombre estrena claridad
de corazón, cada mañana;
se hace la gracia más cercana
y es más sencilla la verdad
¡Oh la conciencia sin malicia!
¡La carne, al fin, gloriosa y fuerte!
Cristo de pié sobre la muerte,
y el sol gritando la noticia
Guárdanos tú, Señor del alba,
puros, austeros, entregados;
hijos de luz resucitados
en la Palabra que nos salva
Nuestros sentidos, nuestra vida,
cuanto oscurece la conciencia
vuelve a ser pura transparencia
bajo la luz recién nacida. Amén.