DOMINGO V ORDINARIO “A”

"A todos ha de llegar la luz de Cristo, para que todos den gloria al Padre"
Is 58,7-10: "Entonces nacerá tu luz como la aurora"
1Co 2,1-5: "Les he anunciado a Cristo crucificado"

Mt 5,13-16: "Ustedes son la luz del mundo"

I. LA PALABRA DE DIOS

El camino de los hombres para encontrarse con Dios y glorificarlo es el de las obras buenas de los discípulos de Jesús. Las obras buenas de los cristianos hacen descubrir a Dios como "amor". Los discípulos de Jesús son para sus hermanos los hombres «sal y luz» cuando, mediante las buenas obras y renunciando a si mismos, hacen visible y comunican el amor de Jesucristo. El discípulo de Jesús "ha de ser vela encendida, que a todos resplandece y sólo para sí arde: a sí se gasta y a los demás alumbra" (Francisco de Quevedo).

Esas buenas obras son: «parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo»… Con ellas «romperá tu luz como la aurora, y detrás irá la gloria del Señor».

Ser luz y sal es saber que nadie hay inútil, si sabe poner lo que tiene a disposición de todos. Si te dejas iluminar por Cristo serás cristiano. Si por ti llega a otros su luz, serás testigo.

«Para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre». Glorificar a Dios es reconocerlo como el Dios verdadero, que actúa en quienes viven según el espíritu de las bienaventuranzas. La gloria, el resplandor que reviste cualquier intervención divina entre los hombres, es signo de su presencia activa en los cristianos, y provoca en los no creyentes de buena voluntad admiración y reconocimiento de la santidad divina. "Los buenos, entre los malos, con su vida y obras predican más que los que predican en los púlpitos, pues más es obrar que hablar" (San Francisco Javier).

San Pablo sufrió mucho y pasó una gran aflicción por la Iglesia de Corinto. Se presentó ante ellos «débil y temeroso», «sin querer saber cosa alguna sino a Jesucristo y este crucificado»  (2.a Lect.). La cruz es la gran obra del amor.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La luz del mundo significada en el Bautismo
 (1243)

Por Cristo, con Él y en Él, los bautizados son «la luz del mundo». La vestidura blanca simboliza que el recién bautizado se ha «revestido de Cristo»; que ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual significa que Cristo ha iluminado con su Luz al nuevo cristiano. 

El nuevo Pueblo de Dios,
 sal de la tierra y luz del mundo
 (782)

Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí sino haciendo de ellos un pueblo para que le conocieran de verdad y le sirvieran con una vida santa. La misión del Pueblo de Dios es ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano.

La fidelidad de los bautizados,
 fundamento de la evangelización
 (2044-2046)

La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. El testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son en si mismo eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios.

Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo, contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles. 

El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras

El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad. Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación.

Los discípulos de Cristo se han "revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad". Desechando la mentira, deben rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias.

El martirio, testimonio supremo de la verdad
 (2472-2474)

Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad»  (Jn 18, 37). El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor». En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres».

Mártir significa "testigo". El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. "Déjenme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios" (S. Ignacio de Antioquía).

Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las Actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

En el Bautismo, "por la comunión con Él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios  Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna" (San Basilio).

"Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires... Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por El, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén" (S. Policarpo, mártir).

"No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir para unirme a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca... (S. Ignacio de Antioquía, mártir).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dame, Señor, la firme voluntad,
compañera y sostén de la virtud;
la que sabe en el golfo hallar quietud
y, en medio de las sombras, claridad;

la que trueca en tesón la veleidad,
y el ocio en perennal solicitud,
y las ásperas fiebres en salud,
y los torpes engaños en verdad.

Y así conseguirá mi corazón
que los favores que a tu amor debí
le ofrezcan algún fruto en galardón...

Y aún tú, Señor, conseguirás así
que no llegue a romper mi confusión
la imagen tuya que pusiste en mí. Amén.

DOMINGO IV ORDINARIO “A”

 
Cristo llama bienaventurados a los que el mundo desprecia
So 2,3;3,12-13: Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde
Sal 145, 7-10: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos
1Co 1,1-12: Dios ha escogido lo débil del mundo

Mt 5,1-12: Dichosos los pobres de espíritu

I. LA PALABRA DE DIOS

Como Moisés en el Sinaí promulgó la Ley antigua, Cristo en la montaña proclama la Ley de la Nueva Alianza.

«Él se puso a hablar, enseñándoles». Después de la proclamación, viene la enseñanza catequética para los seguidores de Jesús. Este discurso inaugural es programático: habla de reforma interior, de las actitudes internas necesarias para ese nuevo tipo de existencia, o "nuevo estilo de vida", llamado "salvación", "reino de Dios", "vida nueva", "civilización del amor". 

"Las bienaventuranzas no tienen como objeto, propiamente, unas normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no coinciden con los mandamientos. Pero no hay separación o discrepancia entre las bienaventuranzas y los mandamientos, pues ambos se refieren al bien, a la vida eterna. Las bienaventuranzas son, ante todo, promesas de las que también se derivan, de forma indirecta, indicaciones normativas para la vida moral. En su profundidad original son una especie de autorretrato de Cristo y, precisamente por esto, son invitaciones a su seguimiento y a la comunión de vida con Él" (Juan Pablo II).

«Los pobres en el espíritu». Literalmente "los pobres (en cuanto) al espíritu". Esos "pobres" son los "anawím" del AT: conscientes de su radical necesidad de Dios, ponen sólo en Él su confianza; son los "humildes", más bien que los que carecen de bienes materiales. Esos "pobres" pueden ser ricos, como el rey David, que "llámase pobre, aunque está claro que era rico, porque no tenía en las riquezas su voluntad; si fuera realmente pobre, y de la voluntad no lo fuera, no era verdaderamente pobre" (San Juan de la Cruz). El Eclesiástico (31,8-11) habla de la bienaventuranza del rico que usa bien sus riquezas. En cambio, puede existir un triunfalismo de la pobreza, no evangélico: en Qumrán "pobres de espíritu" parece ser título honorífico que se atribuía a sí misma la comunidad. Las demás bienaventuranzas son todas explicitaciones de la primera; los "pobres" son los que sufre, los mansos, los pacificadores, los perseguidos, etc.

Esa pobreza es la característica de la Antigua Alianza en la que Dios realiza su designio a través «de un pueblo pobre y humilde» (1a Lect.). Es también la característica de la Iglesia en la que «no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas» (2a Lect.).

«Dios ha elegido lo necio del mundo,... lo débil... lo plebeyo y despreciable..., lo que no cuenta...». Cuando San Pablo escribe estas palabras a los corintios no sólo está poniendo de relieve una situación de hecho –la inmensa mayoría de los cristianos eran gente pobre, sencilla, inculta, que no contaba a los ojos del mundo, despreciable para los que se creían algo–, sino que está enunciando un principio, un criterio de la acción de Dios, que elige con preferencia lo humanamente inútil para manifestar que Él y sólo Él es el Salvador.

«Para que nadie pueda gloriarse en presencia de Dios». Tenemos que estar muy atentos para ver si nuestros criterios y modos de actuar son los del evangelio. El mayor pecado es el gloriarnos en presencia de Dios, el enorgullecernos pensando que somos algo o podemos algo por nosotros mismos. El Señor nos dice tajantemente: «Sin mí no podéis hacer nada». No dice que sin Él no podemos mucho o sólo una parte, sino «nada». Cuando nos apoyamos –en la vida personal o apostólica– en la sabiduría humana, estamos perdidos. Cuando confiamos en el prestigio humano o en el poder, el resultado es el fracaso total, la esterilidad más absoluta.

«El que se gloríe, que se gloríe en el Señor». En Él y sólo en Él vale la pena apoyarse. «En cuanto a mí –dirá San Pablo– me glorío en mis debilidades» (2 Cor 12,9). Gozarnos en ser nada, en sabernos inútiles e incapaces, para apoyarnos sólo en Él, que nos dice: «Te basta mi gracia». Apoyarnos en los hombres no sólo conduce al fracaso, sino que es reproducir el primer pecado, el querer "ser como dioses", el prescindir de Dios.

Esto es tan serio, que San Pablo exclamará con vehemencia: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6,14). Sólo Cristo crucificado y humillado salva, pues Él es «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23-24). Él es para nosotros «sabiduría, justicia, santificación y redención». Fuera de Él no hay santidad, no hay salvación, no hay sabiduría.

Las Bienaventuranzas nos conducen a reconocer nuestra insuficiencia, a identificarnos con Jesucristo, a construir un mundo nuevo con los valores del Reino y a conseguir la bienaventuranza de Dios.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las Bienaventuranzas
 (1716-1723).

Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.  

La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor

Los que esperan de Dios la justicia:
 (716; 721; 725).

La gran obra del Espíritu Santo, durante el tiempo de las promesas para preparar la venida de Cristo, es el Pueblo de los "pobres", los humildes y los mansos; totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías. Esta es la calidad del corazón, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor «un pueblo bien dispuesto». 

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres.

Por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en comunión con Cristo a los hombres "objeto del amor benevolente de Dios", y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios». Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, «nadie verá a Dios y seguirá viviendo», porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios... porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios" (San Ireneo).

"¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti" (S. Agustín).

"El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad... Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro... La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración" (Newman).

"Sólo Dios sacia" (S. Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Sólo desde el amor
la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas.

Desde el cimiento mismo
del corazón despierto,
desde la fuente clara
de las verdades últimas.

Ver al hombre y al mundo
con la mirada limpia
y el corazón cercano,
desde el solar del alma.

Tarea y aventura:
entregarme del todo,
ofrecer lo que llevo,
gozo y misericordia.

Aceite derramado
para que el carro ruede
sin quejas egoístas,
chirriando desajustes.

Soñar, amar, servir,
y esperar que me llames,
tú, Señor, que me miras,
tú que sabes mi nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén.

DOMINGO III ORDINARIO “A”


"Conviértanse para ser libres"
Is 9,1-14: En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande
Sal 26, 1-14: El Señor es mi luz y mi salvación
1Co 1,10-13.17: Pónganse de acuerdo y no anden divididos
Mt 4,12-23: Fue a Cafarnaún para que se cumpliese lo que había dicho el profeta Isaías
I. LA PALABRA DE DIOS
En Jesucristo se cumple el anuncio de Isaías: Él es la luz que ilumina las tinieblas y libera a los que habitan en sombras de muerte.
Jesús, en la «Galilea de los gentiles», llama a los pecadores y los incorpora a su intimidad y a su misión, que es iluminar y liberar, proclamando el Evangelio del Reino. Enseñando y curando las enfermedades, Jesucristo realiza su misión iluminadora y liberadora. 
Jesús usa las mismas palabras que Juan el Bautista; la diferencia está en que Juan anunciaba el reino de Dios pensando en el juicio divino sobre el mundo, mientras que Jesús lo proclamaba, especialmente, con la oferta de la misericordia y el perdón del Padre, a quien quisiera acogerlo. Solamente exige una condición: «conviértanse».
«Vengan y síganme». El primer mandamiento decía: «no vayan detrás de otros dioses» (Dt 6,14); Jesús dice: «Vengan detrás de mí», y lo hace para vincularlos, no precisamente a una nueva escuela al estilo de los rabinos, sino a su persona, a la comunidad de vida con Él.
«Pescadores de hombres» ... «echando el copo en el lago» "congregadores" de hombres, para ofrecerles la salvación definitiva; «reparando las redes», este verbo griego se usa en las cartas del NT para una tarea propia de los «pescadores de hombres»: rehacer la armonía entre los creyentes en Jesús.
«Enseñando…, predicando… y curando». San Mateo resume así la actividad de Jesús: discursos y milagros, "obras y palabras"; es la misma que encomendará a los suyos. 
«Les conjuro por el nombre de nuestro Señor Jesucristo... que no haya entre ustedes divisiones». San Pablo arremete con todas sus energías contra las divisiones en la Iglesia. Evitar las divisiones no es algo simplemente "deseable". Si la Iglesia es una, y la unidad es una nota tan esencial como la santidad, cualquier división –por pequeña que parezca– desfigura el rostro de la Iglesia, destruye la Iglesia.
"¡Conviértanse!", predica también el apóstol san Pablo, para evitar las divisiones y las discordias; para unirse en un mismo pensar y sentir; para abrazarse con la cruz y predicar la Buena Noticia de la salvación que por ella nos vino.
«Yo soy de Pablo, yo de Apolo...» Todas las divisiones nacen de una consideración puramente humana. Mientras nos quedemos en los hombres estaremos echando todo a perder. Los hombres somos sólo instrumentos, siervos inútiles: «yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien dio el crecimiento» (1 Cor 3,6). Quedarse en los hombres es una idolatría, y todo afán de protagonismo es una forma de robar la gloria que sólo a Dios corresponde. Por eso San Pablo responde con absoluta contundencia: « ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O han sido bautizados en el nombre de Pablo?» Es como decir: No hay más salvador que Cristo Jesús. El instrumento debe permanecer en su lugar. Lo demás es mentir y desfigurar la realidad.
«¿Está dividido Cristo?» Puesto que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1 Cor 12,12), toda división en la Iglesia es en realidad desgarrar al mismo Cristo. La falta de unidad en nuestros criterios, en nuestras actuaciones, en nuestras relaciones... tiene el efecto horrible de presentar un Cristo en pedazos. En consecuencia, se hace imposible que la gente crea. 
Por eso San Pablo se muestra tan intransigente en este punto y apela a la necesidad absoluta de estar todos «unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir». Lo cual viene a significar no pensar ni actuar desde un punto de vista humano, sino siempre y en todo desde la fe, que es la que da realmente consistencia y unidad: «poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu... Un sólo cuerpo y un sólo Espíritu... Un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo Dios y Padre de todos» (Ef 4,3-6).
Conviértanse de corazón a Jesucristo. Él es la base de nuestra libertad. Hay que predicarlo en un mundo desunido por falta de amor. Trabajar por la conversión de todos al amor es construir hoy el Reino de Dios.
II. LA FE DE LA IGLESIA
Jesús llama a la conversión
 (1427, 1428).
Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva». En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.
Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa, al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. 
Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito", atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.
La conversión es el camino para la liberación
 (1989-1993)
La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación. Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior.
La justificación arranca al hombre del pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana.
La justificación establece la colaboración entre la Gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia: Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al recibir esta inspiración, que por otra parte puede rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él.
Libertad y responsabilidad:
 (1731-1734; 1742)
La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.
Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.
En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a "la esclavitud del pecado" (cf Rm 6, 17).
La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos. 
La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones de mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.
La libertad es una exigencia inseparable
de la dignidad de la persona humana.
 (1738)
La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa. Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público.
III. EL TESTIMONIO CRISTIANO
"El que asciende no deja nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce" (San Gregorio de Nisa).
IV. LA ORACIÓN CRISTIANA
Dios omnipotente y misericordioso,
aparta de nosotros todos los males,
para que, bien dispuesto
nuestro cuerpo y nuestro espíritu,
podamos libremente cumplir tu voluntad.
Amén.

DOMINGO II ORDINARIO “A”


 "Llamados a ser testigos de Cristo Salvador"
Is 49,5-6: "Te hago luz de las naciones para que seas mi salvación"
Sal 39,2-10: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"
1Co 1,1-3: "Gracias y paz os dé Dios nuestro Padre, y Jesucristo, nuestro Señor"
Jn 1,29-34: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo"


I. LA PALABRA DE DIOS

En el evangelio, el Bautista manifiesta que Jesucristo existe antes que nada, que es el Hijo de Dios, el Ungido por el Espíritu, el que bautiza con el Espíritu. Proclama, sobre todo, que es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», clara alusión a la Pasión. Quita los pecados de nosotros y los carga sobre sí mismo, y los hace como suyos, para ser Él castigado por ellos y que nosotros quedásemos libres.

El Siervo de Yavé de Isaías, al que Dios hace luz de las naciones para salvarlas, es Jesucristo.

A partir de hoy, durante los próximos domingos, leeremos como segunda lectura la primera carta a los corintios. Intentaremos recoger algunas de las indicaciones que San Pablo hace a esta joven comunidad, llena de vitalidad, pero también con problemas y dificultades de crecimiento. Esas indicaciones, el Espíritu Santo nos las hace hoy también a nosotros.

«Llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios». Llama la atención la profunda conciencia que San Pablo tiene de haber sido llamado personalmente al apostolado. Si ha recibido esta misión no es por iniciativa suya, sino por voluntad de Dios. Por eso la realiza en nombre de Cristo, con la autoridad del mismo Cristo, como embajador suyo. También nosotros hemos de considerarnos así. Cada uno ha recibido una llamada de Cristo y una misión dentro de la Iglesia para contribuir al crecimiento de la Iglesia. 

«A la Iglesia de Dios». Cualquier comunidad católica, por pequeña que sea, es Iglesia de Dios. Así debe considerarse a sí misma. Esta es nuestra identidad y a la vez la fuente única de nuestra seguridad: somos Iglesia de Dios, a Él pertenecemos, somos obra suya, construcción suya. No somos una simple asociación humana. 

«A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos». Es casi una definición de lo que significa ser Iglesia de Dios: Los santificados llamados a ser santos. Por el bautismo hemos sido santificados, consagrados; pertenecemos a Dios, hemos entrado en el ámbito de lo divino, formamos parte de la casa de Dios. Pero este don conlleva el impulso, la llamada y la exigencia a «completar nuestra consagración», a «ser santos en toda nuestra conducta». Esta es la voluntad de Dios (1 Tes 4,3). La Iglesia es santa. La santidad es una nota esencial e irrenunciable de la Iglesia. Si nosotros no somos santos, estamos destruyéndonos a nosotros mismos... y estamos destruyendo la Iglesia.

La Iglesia se dirige hoy «a los santificados en Cristo-Jesús, llamados a ser santos», y nos invita a predicar, como S. Pablo, a Jesucristo y éste crucificado, que salva al hombre liberándolo del  pecado.

Para anunciarle a Jesucristo al hombre de nuestros días, a quien nada dicen ni las verdades abstractas ni las palabras vacías, los cristianos hemos de presentarnos limpios de pecado, llenos de Espíritu, servidores humildes de todos, para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra.

En comunión con la Iglesia, abrazados a la Cruz de Cristo y haciéndonos entender por el mundo de hoy, hemos de proclamar, como el Bautista, que Jesucristo es el Salvador.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo
(789 – 798)

La Iglesia, comunión con Jesús, es el sacramento de Jesucristo que, por la comunicación de su Espíritu a los hombres reunidos de todos los pueblos, los constituye místicamente en su Cuerpo.

Jesús asoció a sus discípulos a su vida; les reveló el Misterio del Reino; les dio parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos. Jesús habló de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan: «Permanezcan en mí, como yo en ustedes... Yo soy la vid y ustedes los sarmientos». Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él».

Cuando los discípulos fueron privados de su presencia visible, después de su Ascensión, Jesús no los dejó huérfanos. Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos, les envió su Espíritu. Por eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa. Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo. 

La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo.

Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y son hechos miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a Cristo: La vida de Cristo se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real. Esto es particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo, y en el caso de la Eucaristía, por la cual, compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con Él y entre nosotros.

El Espíritu Santo es el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del Cuerpo. Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo en la caridad: por la Palabra de Dios, que tiene el poder de construir el edificio; por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo; por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por la gracia concedida a los apóstoles, que entre estos dones destaca; por las virtudes que hacen obrar según el bien; y por las múltiples gracias especiales llamadas "carismas", mediante las cuales los fieles quedan preparados y dispuestos para asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia.

Cristo, Cabeza del Cuerpo de la Iglesia
(792 – 796)

Cristo es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Es el Principio de la creación y de la redención. Elevado a la gloria del Padre, «Él es el primero en todo», principalmente en la Iglesia por cuyo medio extiende su reino sobre todas las cosas: Él nos une a su Pascua. Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a Él hasta que Cristo esté formado en ellos. Por eso somos integrados en los misterios de su vida, nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con Él para ser glorificados con Él. 

Él provee a nuestro crecimiento: Para hacernos crecer hacia Él, nuestra Cabeza, Cristo distribuye en su Cuerpo, la Iglesia, los dones y los servicios mediante los cuales nos ayudamos mutuamente en el camino de la salvación.

Cristo y la Iglesia son, por tanto, el "Cristo total". La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de esta unidad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos. Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza o en el de cuerpo. Según lo que está escrito: "Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia". Y el Señor mismo en el Evangelio dice: "De manera que ya no son dos sino una sola carne". Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal. Como cabeza Él se llama "esposo" y como cuerpo "esposa"» (San Agustín).

«Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Comprenden, hermanos, la gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como Cabeza? Admírense y regocíjense, hemos sido hechos Cristo. En efecto, ya que Él es la Cabeza y nosotros somos los miembros, el hombre todo entero es Él y nosotros. La plenitud de Cristo es, pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué quiere decir la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia» (San Agustín).

Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces resume la fe de los santos doctores y expresa el buen sentido del creyente: «De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello» (Juana de Arco).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No; yo no dejo la tierra.
No; yo no olvido a los hombres.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están vuestros nombres.

¿Qué hacéis mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
ya es vuelta y es cercanía.

El gozo es mi testigo.
La paz, mi presencia viva,
que, al irme, se va conmigo
la cautividad cautiva.

El cielo ha comenzado.
Vosotros sois mi cosecha,
El padre ya os ha sentado
conmigo, a su derecha.

Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora.
Comienza vuestra tarea.