DOMINGO V DE PASCUA “A”


 "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida"
Hch 6, 1-7: "Escogieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo"
Sal 32, 1-19: "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti"
1P 2,4-9: "Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real"

Jn 14, 1-12: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida"

I. LA PALABRA DE DIOS

La segunda lectura nos recuerda que los cristianos somos un pueblo que Dios ha elegido «para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa». La Iglesia no vive de recuerdos. A Cristo no le conocemos sólo por lo que hizo, sino sobre todo por lo que hace. Cada generación cristiana y cada cristiano están llamados a experimentar en primera persona la presencia, la vida y la fuerza del Resucitado.

«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida». El "camino" es aquí la palabra principal; la "verdad" y la "vida", explican por qué Jesús es el camino. Él es el camino porque, y en cuanto, es la verdad –la revelación total del Padre– gracias a la cual tenemos la vida. No hay desorientación posible teniendo a Jesús, que es el camino que conduce a Dios, la verdad que libera, la vida que alimenta. Para el evangelista Juan, el camino no es meramente una moral, como la verdad no es una serie de proposiciones doctrinales; son una persona viviente: Jesucristo, nuestro mediador para llegar al Padre; fuera de Él sólo hay muerte. 

Tomás es el prototipo de quienes quieren pisar siempre sobre terreno firme. No arriesga. La respuesta que Jesús le da suena más a propuesta: Si Él es el Camino, ya sabe por dónde hay que ir; si Él es la Verdad, ya sabe de quién ha de fiarse; si Él es la Vida, ya sabe por quién la entrega. Tomás y todos los demás discípulos, cuando se escribía esto, ya habían comprobado que descubrir a Jesucristo no viene de planteamientos teóricos, sino de un encuentro personal y supone una adhesión incondicional.

No se trata de recuerdos pasados, sino de realidad presente. Cristiano es el que conoce a Cristo por experiencia, porque experimenta «la fuerza de su resurrección y la comunión en sus padecimientos», porque es tocado por la eficacia de la fuerza poderosa que Dios despliega en Cristo Resucitado.

El que realmente experimenta en su vida esta acción del Resucitado necesita proclamar las hazañas que el Señor ha realizado en él. El verdadero cristiano es necesariamente testigo, y por eso «no puede callar lo que ha visto y oído».

Desde ahí se entiende: «El que cree en mí hará las obras que yo hago y aún mayores». Lo mismo que Cristo hace cosas grandes porque está unido al Padre, porque el Padre y Él son una sola cosa, porque el Padre permaneciendo en Él hace las obras, así también ocurre entre el cristiano y Cristo. Cristo Resucitado se une a nosotros, vive en nosotros. El que está unido a Cristo, el que deja que Cristo viva en él, realiza las obras de Cristo. La condición es estar unido a Él por la fe: «el que crea en mí». Si no suceden «obras mayores» es porque nos falta fe. «Si tuvieran fe como un granito de mostaza...».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Creer en Jesucristo
(151)

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que Él ha enviado, "su Hijo amado", en quien ha puesto toda su complacencia. Dios nos ha dicho que les escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: «Crean en Dios, crean también en mí». Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado». Porque «ha visto al Padre», Él es único en conocerlo y en poderlo revelar.

Cristo, nuestro modelo
(459; 516)

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí...». «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí». Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: «Escúchenle». Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Ámense los unos a los otros como yo les he amado». Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: «Quien me ve a mí, ve al Padre», y el Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenle». Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre, nos «manifestó el amor que nos tiene» con los menores rasgos de sus misterios.

Vivir en la verdad
(2465-2473)

El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su Palabra es verdad. Su ley es verdad. Porque Dios es el "Veraz", los miembros de su Pueblo son llamados a vivir en la verdad.

En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó toda entera. «Lleno de gracia y de verdad», Él es la «luz del mundo», la Verdad. El que cree en Él, no permanece en las tinieblas. El discípulo de Jesús, "permanece en su palabra", para conocer "la verdad que hace libre" y que santifica. Seguir a Jesús es vivir del «Espíritu de verdad» que el Padre envía en su nombre y que conduce «a la verdad completa». Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional a la Verdad: «Sea vuestro lenguaje: 'sí, sí'; 'no, no'».

El hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla y testimoniarla: Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias.

La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.

Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad. La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción. En justicia, un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad.

El discípulo de Cristo acepta "vivir en la verdad", es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en su Verdad. «Si decimos que estamos en comunión con Él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad».

El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia los impulsa a actuar como testigos del evangelio y de las obligaciones que de ello se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad:

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«¡Qué dichosa suerte y qué gozoso y bienaventurado viaje, adonde el camino es Cristo, y la guía de él es Él mismo, y la guarda y la seguridad ni más ni menos es Él, y adonde los que van por él son su hechuras y rescatados suyos!» (Fray Luís de León).

«Todo nuestro bien y remedio es la sacratísima humanidad de nuestro Señor Jesucristo. Si pierden la guía, que es el buen Jesús, no acertarán el camino; porque el mismo Señor dice que es "camino", y que no puede ninguno ir al Padre sino por Él, y "quien me ve a mí ve al Padre". Dirán que se da otro sentido a estas palabras; yo no sé esos otros sentidos; con éste, que siempre siente mi alma ser verdad, me ha ido muy bien» (Santa Teresa de Jesús).   

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Benditos los pies de los que llegan
para anunciar la paz que el mundo espera,
apóstoles de Dios que Cristo envía,
voceros de su voz, grito del Verbo.

De pie en la encrucijada del camino
del hombre peregrino y de los pueblos,
es el fuego de Dios el que los lleva
como cristos vivientes a su encuentro.

Abrid, pueblos, la puerta a su llamada,
la verdad y el amor son don que llevan;
no temáis, pecadores, acogedlos,
el perdón y la paz serán su gesto.

Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero;
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno. 

Amén.