DOMINGO XXIV ORDINARIO “A”


 "Perdona y se te perdonará"

Si 27,30-28,7: "Perdona las ofensas a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas"
Sal 102: "El Señor es compasivo y misericordioso"
Rm 14,7-9: "En la vida y en la muerte somos del Señor"
Mt 18,21-35: "No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete."

I. LA PALABRA DE DIOS
El sacramento de la Penitencia (domingo pasado) invita a la conversión del corazón. Hoy el Evangelio ahonda en la conversión: la conversión reclama perdón, amor al prójimo.
Perdonar «setenta veces siete» es perdonar siempre. Este perdonar se apoya en la insistencia del Nuevo Testamento: en la oración, Jesús nos enseñó a decir: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos». La súplica se repite cada vez que celebramos la Eucaristía. Jesús nos recuerda "la regla de oro": «traten a los demás como quieren que ellos les traten» (cf. Mt 7,12). Y es que nuestra relación con Dios se regula según nuestras relaciones con el prójimo (1ª Lect.).
Nuestro Dios es el Dios del perdón y la misericordia. Y nosotros, como hijos suyos, nos debemos parecer a Él. «Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso». Por eso Jesús dice que hemos de perdonar «hasta setenta veces siete», es decir, siempre. Perdona siempre a aquel que se arrepiente de verdad. No puede ser de otra manera. 
La parábola del evangelio expresa la contradicción brutal de ese hombre, a quien le ha sido perdonada una deuda inmensa, pero que no perdona a su compañero una cantidad insignificante, llegando incluso a meterle en la cárcel. Ahí estamos retratados todos nosotros cada vez que nos negamos a perdonar. En el fondo, las dificultades para perdonar a los demás vienen de no ser conscientes de lo que se nos ha dado y de lo que se nos ha perdonado. El que sabe que le ha sido perdonada la vida es más propenso a perdonar a los demás.
El perdón de Dios es gratuito: basta que uno se arrepienta de verdad. También el nuestro ha de ser gratuito. Pero prestemos atención a la parábola: ¿con qué derecho puede acercarse a solicitar el perdón de Dios quien no está dispuesto a perdonar a su hermano? El que no quiere perdonar al hermano ha dejado de vivir como hijo; el que no está dispuesto a perdonar al otro está cerrado y es incapaz de recibir el perdón de Dios.
No suele aceptarse hoy con facilidad la obligación del perdón porque se considera como un signo de debilidad. Sin embargo solamente los corazones fuertes tienen capacidad de convertirse y de perdonar.
El perdón fraterno ha de ser a imagen y semejanza del perdón de Dios, que no lleva cuenta de las veces que perdona. El corazón que perdona y olvida es grande, vive en la paz y es amado de Dios y de los hombres. La mejor imagen de nosotros mismos es la de ser personas de gran corazón.
II. LA FE DE LA IGLESIA
El perdón de Dios, que es un desbordamiento de su misericordia, no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado de corazón a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano a quien vemos. Al negarnos a perdonar a nuestros hermanos, el corazón se cierra y su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a la gracia. Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero "todo es posible para Dios".
…como también nosotros perdonamos
a los que  nos ofenden
(2842-2845)
Este "como" no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sean perfectos 'como' es perfecto su Padre celestial» (Mt 5, 48); «Sean misericordiosos, 'como' su Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que 'como' yo les he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida del fondo del corazón, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es "nuestra Vida" puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Así, la unidad del perdón se hace posible, "perdónense mutuamente 'como' nos perdonó Dios en Cristo".
Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor. La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial, acaba con esta frase: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano». Allí es, en efecto, en el fondo "del corazón" donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.
La vida cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración y de la vida cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí.
No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino. Si se trata de ofensas (de "pecados" según Lc 11, 4, o de "deudas" según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: «Con nadie tengan otra deuda que la del mutuo amor». La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación. Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía.
III. EL TESTIMONIO CRISTIANO
"Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo con todo el pueblo fiel" (San Cipriano).
IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO
Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón.
Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón.
Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón.
Para nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón.
Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra
en el desierto de mi corazón. Amén

DOMINGO XXIII ORDINARIO “A”


 «El sacramento del Perdón en la Iglesia»

Ez 33,7-9: "Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre"
Sal 94, 1-9: "Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: «no endurezcan su corazón»"
Rm 13,8-10: "La plenitud de la ley es el amor"

Mt 18,15-20: "Si te hace caso, has salvado a tu hermano"


I. LA PALABRA DE DIOS

Las primeras lecturas y los Evangelios de este domingo y del siguiente giran en torno a la corrección fraterna y al perdón de los pecados en la Iglesia.

El evangelio de hoy nos presenta un aspecto que en la mayoría de las comunidades cristianas está sin estrenar. Jesús dice: «Si tu hermano peca, repréndelo». Aquí «hermano» es el que comparte la misma fe, un miembro de la comunidad de creyentes. La lógica es muy sencilla: si a cualquier madre le importa su hijo, y le duele lo que es malo para su hijo, y le reprende porque le quiere y desea que no tenga defectos, con mayor razón al cristiano le debe importar todo hermano, sencillamente porque es su hermano. ¿Me duele cuando alguien peca?

La Iglesia es esencialmente santa; pero, mientras dure la historia humana, habrá en ella pecadores, a los que habrá que corregir: primero la corrección en secreto, luego la corrección privada ante testigos, finalmente la denuncia pública ante la autoridad constituida en la Iglesia. Ese "tribunal" para dirimir cuestiones entre hermanos, para absolver o condenar, es un elemento externo y visible de la Iglesia.

La lectura de Ezequiel es incluso más fuerte en esto: «Si tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, a ti te pediré cuenta de su sangre». Somos responsables de los hermanos. Si viéramos a alguien que va a caer en un precipicio, le gritaríamos una y mil veces. Pues bien, da escalofrío la indiferencia con que vemos alejarse personas de Cristo y de la Iglesia y vivir en el pecado y no les decimos ni palabra. «Si tu hermano peca, repréndelo». «Si no le pones en guardia, te pediré cuenta de su sangre». ¿Me siento responsable? Recordemos que fue Caín quien dijo: «¿Acaso soy yo guardián de mi hermano

Por lo demás, está claro que se trata de reprender por amor y con amor. No con fastidio y rabia o porque a uno le moleste. Es una necesidad del amor. El amor a los hermanos lleva a luchar para que no se destruyan a sí mismos. Tenemos con ellos una deuda de amor que nos impide callar, precisamente para su bien. Todo menos la indiferencia.

«Todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo»: Mientras los versículos anteriores expresan una norma de comportamiento, este versículo es una entrega de poderes. Hay una pequeña, pero importante, ruptura gramatical con lo que antecede. Jesús no habla en singular, ni a cualquier seguidor suyo, sino en plural, y a un grupo cualificado; son palabras que implican un poder jerárquico, una autoridad que rige a la comunidad. La Iglesia católica ha definido, citando este versículo, que los obispos y sacerdotes son los únicos ministros de la absolución sacramental.

Desde los comienzos, la Iglesia ha entendido en la expresión atar y desatar el poder que Cristo le ha concedido de administrar el perdón de los pecados. El Cristo perdonador del Evangelio se hace presente y sensible en el sacramento de la Penitencia y del perdón, para curar el corazón —por la penitencia— y hacerlo nuevo por su perdón creador.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La necesidad del perdón de los pecados
(1420 - 1421).

Por los sacramentos de la iniciación cristiana, el hombre recibe la vida nueva de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevamos en «vasos de barro». La situación de quien no "siente" el pecado es semejante a la del enfermo que ignora el cáncer que tiene dentro de sí. El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, quiso que su Iglesia continuase, en la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Esta es la finalidad de uno de los dos sacramentos de curación: el sacramento de la Penitencia.

Aun cuando el hombre quiera desentenderse de Dios, el pecado pesa en su interior. Hay que sacarlo para sentirse liberado.

El drama del hombre de hoy, compartido por no pocos cristianos, no es tanto no necesitar el perdón cuanto el no ser conscientes de su pecado.

El perdón del pecado se obtiene por el Sacramento de la Penitencia que consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador.

Los que se acercan al Sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo,  se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones.

Los nombres del Sacramento de la penitencia
(1423 - 1424)

Se le denomina sacramento de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión, la vuelta al Padre del que el hombre se había alejado por el pecado.

Se denomina sacramento de la penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador.

Es llamado sacramento de la confesión porque la declaración o manifestación —la confesión de los pecados ante el sacerdote— es un elemento esencial de este sacramento. En un sentido profundo este sacramento es también una "confesión", reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia para con el hombre pecador.

Se le llama sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente "el perdón y la paz".

Se le denomina sacramento de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia: «Déjense reconciliar con Dios». El que vive del amor misericordioso de Dios está pronto a responder a la llamada del Señor: «Ve primero a reconciliarte con tu hermano».

La conversión del corazón,
obra de Dios en nosotros y de nosotros con Dios
(1425-1433)

El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36).

Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa, al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. 

Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito", atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron "dolor de los pecados" o contrición.

Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo. La conversión es primeramente  una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos». Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron: el crucificado.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"La reconciliación con Dios tiene como consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo más íntimo de su propio ser, en el que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la Iglesia, se reconcilia con toda la creación" (Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
"¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!". Amén.

DOMINGO XXII ORDINARIO “A”


"La fe y la cruz pascual"
Jr 20,7-9: "La Palabra del Señor se volvió oprobio para mí"
Sal 62, 2-9: "Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío"
Rm 12,1-2: "Ofrézcanse ustedes mismos como sacrificio vivo"

Mt 16,21-27: "El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo"

I. LA PALABRA DE DIOS

El anuncio evangélico del domingo pasado comenzaba con la pregunta: "¿Quién... es el Hijo del hombre?". El de hoy descubre su destino y el de aquellos que le siguen: el Misterio Pascual: la cruz y la resurrección. En el Evangelio del domingo pasado, Pedro profesó la fe en Jesús, motivado por la revelación del Padre: «Tú eres el Hijo del Dios vivo». En el de hoy, Pedro habla según los puntos de vista humanos: «tú piensas como los hombres», le reprocha Jesús. Allí, Jesús le otorgaba las mayores prerrogativas en la Iglesia. Aquí, le corrige con dureza: «Quítate de mi vista, Satanás». Allí dominaban la fe y los dones de Dios para bien de su Iglesia. Aquí, en cambio, la «poca fe» y las reacciones humanas. 

Pedro empezó a ejercer precipitadamente los poderes que acababa de recibir, sin esperar la gracia de Pentecostés, y chocó con el escándalo de la cruz. Cuando Jesús presenta el plan del Padre sobre su propia vida –muchos padecimientos y muerte en cruz–, Pedro se rebela y se pone a increpar a Jesús; se escandaliza de la manera como Dios actúa, y se pone a decir que eso no puede ser. ¿Acaso no es también esta nuestra postura muchas veces cuando la cruz se presenta en nuestra vida?

Pedro, olvidado de la revelación del Padre, es el prototipo de los humanos. No comprende la cruz. «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Nosotros pedimos a Dios con frecuencia ser liberados de la cruz, sin añadir: «pero no se haga mi voluntad sino la tuya». Hacemos todo lo posible para que "eso no pueda pasar". Somos hombres de "poca fe".

Pero fijémonos en la reprensión de Jesús a Pedro: «¡Apártate de mi vista, Satanás!». La expresión es tremendamente dura, pues Jesús llama a Pedro «Satanás». Y ¿por qué? porque «piensas como los hombres y no como Dios». Pedro ha vuelto a ser «Simón, hijo de Jonás» se ha hecho "adversario" de Jesús, se ha colocado "delante" del Maestro y se ha convertido en obstáculo, en "tropiezo" en el "camino" hacia Jerusalén; para ser verdadero discípulo, Simón necesita de nuevo ponerse "detrás" de Jesús y seguirlo.

También nosotros tenemos que aprender a ver la cruz –nuestras cruces de cada día: dolores, enfermedades, problemas, incomprensiones, dificultades, etc.– como Dios, es decir, con los ojos de la fe. De esa manera no nos rebelaremos contra Dios ni contra sus planes.

Vista la cruz con ojos de fe no es terrible. Primero, porque cruz tiene todo hombre, lo quiera o no, sea cristiano o no. Pero el cristiano la ve de manera distinta, la lleva con paz y serenidad. El cristiano no se "resigna" ante la cruz; al contrario, la toma con decisión, la abraza y la lleva con alegría. El que se ha dejado seducir por el Señor y en su corazón lleva sembrado el amor de Dios no ve la cruz como una maldición. La cruz nos hace ganar la vida, no sólo la futura, sino también la presente, en la medida en que la llevamos con fe y amor.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Cruz de Cristo
(606-618).

La muerte violenta de Jesús pertenece al misterio del designio de Dios. Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta su designio de amor benevolente sobre nosotros, que precede a todo mérito por nuestra parte.

Jesús aceptó libremente su Pasión y muerte por amor a su Padre y por amor a los hombres que el Padre quiere salvar. En el sufrimiento y en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos». Nos «amó hasta el extremo».

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta libremente el designio divino de salvación en su misión redentora. Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús. El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero», es la expresión de su comunión de amor con el Padre.

La redención de Jesucristo consiste en que Él, por amor a los hombres, ofreció su vida al Padre en el sacrificio de la cruz, obedeciendo hasta la muerte y dándose a sí mismo en expiación. Así, Jesús repara nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados, para salvarnos a todos.

Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios. Ante todo es un don del mismo Dios Padre, que entrega a su Hijo para reconciliarnos con Él; al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor, ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.

El "amor hasta el extremo" es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo.

Llamados a ser perfectos en el amor
(2012-2015).

El centro de gravedad de Jesús es el Misterio Pascual, que Pedro en un momento de poca fe no acepta. El centro de gravedad de los seguidores de Jesús es también el Misterio Pascual del Maestro. La Eucaristía nos incorpora sacramental y existencialmente al Misterio Pascual.

Cristo quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. El sacrificio de Cristo es único, y Él es el único mediador entre Dios y los hombres, pero al unirse, por su Encarnación, en cierto modo, a todo hombre, Él ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual. Él «sufrió por nosotros dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas» e invita a todos sus discípulos a «tomar su cruz y seguirle». Esto lo realiza en forma excelsa su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sacrificio redentor.

Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Todos son llamados a la santidad: «Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica el esfuerzo y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas.

Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Esta es la única verdadera escala del paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo" (Santa Rosa de Lima).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

DOMINGO XXI ORDINARIO “A”


 "La fe de Pedro, fundamento y centro de comunión de la Iglesia"

Is 22,19-23: "Colgaré de su hombro la llave del palacio de David"
Sal 137, 1-6: "Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos"
Rm 11,33-36: "Él es origen, guía y meta del universo"

Mt 16,13-20: "Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los cielos"


I. LA PALABRA DE DIOS

El evangelio de hoy tiene que hacernos experimentar la maravilla de la fe. Con frecuencia, estamos demasiado "acostumbrados" a creer; hemos nacido en un ambiente cristiano y nos parece lo más natural del mundo. Sin embargo, hemos de admirarnos del regalo de la fe, de que también nosotros podamos decir a Jesús: «Tú eres el Hijo de Dios», pues eso no nos viene de la carne ni de la sangre, sino que nos ha sido revelado por el Padre que está en los cielos. La fe es el regalo más grande que hemos recibido; más grande incluso que la vida, pues la vida sin fe sería absurda y vacía.

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». En la primera parte de su respuesta, Pedro confiesa la dignidad mesiánica de Jesús; en la segunda, la calidad mesiánica de Jesús: es más que "Hijo de David", está en relación completamente única con Dios-Padre. La primitiva forma del dogma cristiano es la profesión de fe, central en el Nuevo Testamento: Jesucristo es Hijo de Dios.

Por ello hemos de agradecer al Señor el don de la fe y hemos de sentirnos felices de creer. ¿Siento la dicha de ser creyente, cristiano, católico? ¿O vivo mi fe como un peso, una rutina, una costumbre? ¿Me preocupo de cultivar mi fe y hacerla crecer, de formarme bien como cristiano? Lo mismo que la gente se equivocaba al decir quién era Jesús, también en nuestra mente hay errores, opiniones o ideas equivocadas. ¿Procuro irlos corrigiendo? Y la alegría de creer ¿me lleva a dar testimonio ante los demás, a manifestarme como creyente? ¿O, en cambio, me avergüenzo de Cristo?

Porque «Pedro... dijo: Tú eres el Mesías...», Jesús responde: «Tú eres Pedro...». Pedro posee todo el poder del Reino, porque se le han dado «las llaves». Por eso, es capaz de poner en sintonía las decisiones y el perdón que se otorgan en la Iglesia, aquí en la tierra, con los designios y la reconciliación de Dios en el cielo. La fe de Pedro, a una con la Palabra de Cristo o con Cristo, es el fundamento inamovible de la Iglesia, el centro de comunión entre la tierra y el cielo, la Iglesia de aquí y Dios. La Iglesia es el comienzo de la nueva creación en este mundo, a partir del Señor resucitado.

Pedro sigue estando presente hoy en el Papa Benedicto XVI, que ha recibido la autoridad de Cristo para atar o desatar. Debo escucharle como padre y pastor, seguir sus enseñanzas. ¿Me apoyo en la firmeza de la roca de Pedro? ¿Estoy contento de ser hijo de la Iglesia?

Es demasiado fuerte el contraste entre el lugar de Pedro en la Iglesia, según el Evangelio entendido por la Tradición viva de la misma Iglesia, y la actitud de algunos que se dicen católicos y que están distanciados del sucesor de Pedro, y aun opuestos a él con frecuencia. "Donde está Pedro, está la Iglesia de Cristo". 

II. LA FE DE LA IGLESIA

El ministerio ordenado en la Iglesia
(874-892)

Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que está ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios lleguen a la salvación.

Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él los obispos y los presbíteros reciben la misión y la facultad (el "poder sagrado") de actuar en el nombre y en la persona de Cristo Cabeza de la Iglesia. El ministerio sacerdotal en la Iglesia se confiere por medio de un sacramento específico: el Sacramento del Orden.

Cristo, al instituir a los Doce, formó una especie de Colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él. Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles.

El ministerio petrino

El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó pastor de todo el rebaño. Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro. Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles. El Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad.

La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y de costumbres

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar "como revelado por Dios para ser creído" y como enseñanza de Cristo, hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe. Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina.

El Romano Pontífice y los obispos como maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo, predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica. El magisterio ordinario y universal del Papa, y de los obispos en comunión con él, enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar. Por tanto, no se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia.

Así pues, debe crearse entre los cristianos un verdadero espíritu filial frente a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo miembros del Cuerpo de Cristo. En su solicitud materna, la Iglesia nos concede la misericordia de Dios que desborda todos nuestros pecados y actúa especialmente en el sacramento de la reconciliación. Como una madre previsora nos prodiga también en su liturgia, día tras día, el alimento de la Palabra y de la Eucaristía del Señor.

La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos: «los doce apóstoles del Cordero» (Ap 21, 14); es indestructible (cf Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.

La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el «Don de Dios». Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es decir, el Espíritu Santo, confirmación de nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios. Porque allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia" (San Ireneo).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Cristo te llama, Pedro, y tú le sigues;
dejas tu barca, pescador de hombres;
roca y cimiento de la santa Iglesia
Cristo te hace.

El te pregunta:
"¿Me amas más que éstos?";
tú le respondes: "Sabes que te quiero".
El te encomienda todo su rebaño;
tú lo apacientas.

Tienes las llaves, atas y desatas;
fiel al Maestro, amas más que niegas;
llegas a Roma, con tu magisterio;
mueres por Cristo.

Desde tu cielo, mira a nuestra tierra,
guía los pasos de tus sucesores
que en el primado del amor, sirviendo,
rigen la Iglesia. 

Amén.

DOMINGO XX ORDINARIO “A”


 "La fe grande y victoriosa"
Is 56,1.6-7: A los extranjeros los traeré a mi Monte Santo
Sal 66, 2-8: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben
Rm 11,13-15.29-32: Los dones y la llamada de Dios son irrevocables
Mt 15,21-28: Mujer, qué grande es tu fe
I. LA PALABRA DE DIOS
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Impresiona ante todo de esta mujer cananea su profunda humildad. Pide ayuda a Jesús, pero reconoce que no tiene ningún derecho a esta ayuda. Lo espera todo y sólo de la benevolencia y de la misericordia de Jesús. Todo es gracia. Y no hay otra manera válida de acercarnos a Dios –en la oración, en los sacramentos, etc.– más que con la disposición del pobre que mendiga su gracia. No podemos exigir ni reclamar nada de Dios. «Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, así están nuestros ojos en el Señor esperando su misericordia».
Impresiona también su fe, que produce admiración al mismo Jesús. A pesar de las dificultades que Jesús le pone, con unas palabras muy duras, ella sigue esperando el milagro, sin desanimarse. ¿Tiene mi fe esa misma vitalidad y energía? ¿Tiene esa capacidad de esperar contra toda esperanza? Las dificultades, ¿derrumban mi fe o, por el contrario, la hacen crecer?
Y, finalmente, impresiona el amor a su hija. Conoce la necesidad de su hija –«mi hija tiene un demonio muy malo»– y está dispuesta a no marcharse hasta que consiga el milagro. Insiste sin cansarse. Su compasión contrasta con la postura de los discípulos que le piden a Jesús que se lo conceda para quitársela de encima y para que deje de molestar. ¿Cómo es mi amor a los demás? ¿Me importan? ¿Voy hasta el final en la ayuda que puedo darles, incansablemente, a pesar de las dificultades? ¿O cuando los ayudo es para conseguir que me dejen en paz?
II. LA FE DE LA IGLESIA
Dios rige la vida de los humanos
por su providencia:
(301- 307).
Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término. Reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza.
Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección. Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó.
Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: «No anden, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber?... Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura» (Mt 6, 31 33; cf 10, 29 31).
Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de "someter'' la tierra y dominarla. Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos. Entonces llegan a ser plenamente "colaboradores de Dios" y de su Reino.
La confianza y la perseverancia
en la oración
(2735 – 2741).
La confianza filial se prueba en la tribulación, particularmente cuando se ora pidiendo para sí o para los demás. Hay quien deja de orar porque piensa que su oración no es escuchada. A este respecto se plantean dos cuestiones: Por qué la oración de petición no ha sido escuchada; y cómo la oración es escuchada o "eficaz".
He aquí una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios, en general no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?
¿Estamos convencidos de que «nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rm 8, 26)? ¿Pedimos a Dios los "bienes convenientes"? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos, pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto es necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo.
«No tienen porque no piden. Piden y no reciben porque piden mal, con la intención de malgastarlo en sus pasiones» (St 4, 2-3). Si pedimos con un corazón dividido, «adúltero» (St 4, 4), Dios no puede escucharnos porque Él quiere nuestro bien, nuestra vida. 
La fe se apoya en la acción de Dios en la historia. La confianza filial es suscitada por medio de su acción por excelencia: la Pasión y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es cooperación con su Providencia y su designio de amor hacia los hombres.
La transformación del corazón  del que ora es la primera respuesta a nuestra petición. La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su modelo. Él ora en nosotros y con nosotros. Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador?
Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre. Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.
III. EL TESTIMONIO CRISTIANO
"No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es Él quien quiere hacerte más bien todavía mediante tu perseverancia en permanecer con Él en oración. Él quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que Él está dispuesto a darnos" (San Agustín).
IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO
Tu poder multiplica
la eficacia del hombre,
y crece cada día, entre sus manos,
la obra de tus manos. 
Nos señalaste un trozo de la viña
y nos dijiste: "Venid y trabajad".
Nos mostraste una mesa vacía
y nos dijiste: "Llenadla de pan".
Nos presentaste un campo de batalla
y nos dijiste: "Construid la paz".
Nos sacaste al desierto con el alba
y nos dijiste: "Levantad la ciudad".
Pusiste una herramienta en nuestras manos
y nos dijiste: "Es tiempo de crear".
Escucha a mediodía el rumor del trabajo
con que el hombre se afana en tu heredad.
Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Por los siglos de los siglos.
Amén.