DOMINGO VI DE PASCUA “A”


"El Espíritu vive con nosotros y está en nosotros"
Hch 8,5-8.14-17: "Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo"
Sal 65, 1-20: "Aclamad al Señor, tierra entera"
1P 3,15-18: "Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu"

Jn 14,15-21: "Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor"

I. LA PALABRA DE DIOS

«Pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros». El Espíritu Santo será "otro" intercesor a favor de nosotros, otro consolador, que prolongará en la tierra la acción del primero: Cristo. El tiempo pascual está flechado hacia Pentecostés. Cristo glorificado ha sido constituido «Espíritu vivificante», donador permanente del Espíritu que da la vida. Por eso hemos de desear crecientemente el gran Don de Cristo Resucitado, acercándonos a Él sedientos.

«Vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros». Esperamos una acción más abundante del Espíritu Santo en nosotros, pero ya está en nosotros; más aún, está «siempre». Por ello podemos tener experiencia de su acción en nosotros. ¿Quién dijo que es difícil la relación con el Espíritu Santo? Podemos relacionarnos con Él y experimentar su acción. Es «Defensor». Nos defiende del pecado y del Maligno. Por eso no tiene sentido "estar a la defensiva" con Dios. Se trata más bien de abandonarse a su acción, de entregarse dócilmente al impulso omnipotente del Espíritu: «Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu», pues «si vivís según el Espíritu no daréis satisfacción a las apetencias de la carne».

Es también «Espíritu de la verdad», porque nos revela a Cristo, que es la Verdad, nos ilumina para conocerle, nos mueve a amarle, a seguirle, a cumplir sus mandatos, a dar la vida por Él. Nos libra del error de nuestra ceguera natural y de nuestro pecado y nos conduce a la verdad plena, no fragmentaria y parcial, sino total. El «Espíritu de la verdad» es enviado por el Padre a los creyentes en Jesús, mientras que "el mundo" no puede recibirlo por haberse cerrado a Cristo y su palabra. En su nueva forma de existencia "espiritual", el creyente está confortado y defendido por la presencia divina en su interior.

«Al que me ama... yo también lo amaré y me revelaré a él». Es cierto que Cristo es el primero en amarnos y que nos ama de manera incondicional. Pero también es cierto que Cristo se da más plenamente al que va respondiendo a su amor, es decir, al que le busca intensamente, al que desea agradarle en todo, al que cumple su voluntad, al que se entrega sin reservas. A éste, Cristo se le da a conocer, le abre su intimidad, le comunica sus secretos, acrecienta la comunión con Él de manera insospechada.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La promesa del Espíritu Santo:
(729,730).

Solamente cuando ha llegado "la Hora" en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres: El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque Él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de Él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.

Por fin llega la Hora de Jesús: Jesús entrega su espíritu en las manos del Padre en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de modo que, «resucitado de los muertos por la Gloria del Padre», enseguida da a sus discípulos el Espíritu Santo dirigiendo sobre ellos su aliento. A partir de esta hora, la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia: «Como el Padre me envió, también yo os envío»

El Espíritu Santo,
el principio de la vida de la Iglesia
 (798)

El Espíritu Santo es el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del Cuerpo místico. Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo en la caridad: por la Palabra de Dios, que tiene el poder de construir el edificio, por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo; por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por la gracia concedida a los apóstoles que destaca entre estos dones, por las virtudes que hacen obrar según el bien, y por las múltiples gracias especiales (llamadas "carismas") mediante las cuales los fieles quedan preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia.

El Espíritu Santo y la Iglesia
(737-741)

La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre sus mentes para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía, para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den «mucho fruto».

Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo.

Estas "maravillas de Dios", ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu.

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables». El Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia" (San Agustín). 

"A este Espíritu de Cristo, como a principio invisible, ha de atribuirse también el que todas las partes del cuerpo estén íntimamente unidas, tanto entre sí como con su excelsa Cabeza, puesto que está todo Él en la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada uno de los miembros" (Pío XII). 

"Es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el 'Don de Dios'. Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es decir el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y  escala de nuestra ascensión hacia Dios. Porque allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia." (San Ireneo).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El mundo brilla de alegría.
Se renueva la faz de la tierra.
Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo.

Esta es la hora
en que rompe el Espíritu
el techo de la tierra,
y una lengua de fuego innumerable
purifica, renueva, enciende, alegra
las entrañas del mundo.

Esta es la fuerza
que pone en pie a la Iglesia
en medio de las plazas
y levanta testigos en el pueblo,
para hablar con palabras como espadas
delante de los jueces.

Llama profunda,
que escrutas e iluminas
el corazón del hombre:
restablece la fe con tu noticia,
y el amor ponga en vela la esperanza,
hasta que el Señor vuelva. 

Amén.

DOMINGO V DE PASCUA “A”


 "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida"
Hch 6, 1-7: "Escogieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo"
Sal 32, 1-19: "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti"
1P 2,4-9: "Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real"

Jn 14, 1-12: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida"

I. LA PALABRA DE DIOS

La segunda lectura nos recuerda que los cristianos somos un pueblo que Dios ha elegido «para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa». La Iglesia no vive de recuerdos. A Cristo no le conocemos sólo por lo que hizo, sino sobre todo por lo que hace. Cada generación cristiana y cada cristiano están llamados a experimentar en primera persona la presencia, la vida y la fuerza del Resucitado.

«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida». El "camino" es aquí la palabra principal; la "verdad" y la "vida", explican por qué Jesús es el camino. Él es el camino porque, y en cuanto, es la verdad –la revelación total del Padre– gracias a la cual tenemos la vida. No hay desorientación posible teniendo a Jesús, que es el camino que conduce a Dios, la verdad que libera, la vida que alimenta. Para el evangelista Juan, el camino no es meramente una moral, como la verdad no es una serie de proposiciones doctrinales; son una persona viviente: Jesucristo, nuestro mediador para llegar al Padre; fuera de Él sólo hay muerte. 

Tomás es el prototipo de quienes quieren pisar siempre sobre terreno firme. No arriesga. La respuesta que Jesús le da suena más a propuesta: Si Él es el Camino, ya sabe por dónde hay que ir; si Él es la Verdad, ya sabe de quién ha de fiarse; si Él es la Vida, ya sabe por quién la entrega. Tomás y todos los demás discípulos, cuando se escribía esto, ya habían comprobado que descubrir a Jesucristo no viene de planteamientos teóricos, sino de un encuentro personal y supone una adhesión incondicional.

No se trata de recuerdos pasados, sino de realidad presente. Cristiano es el que conoce a Cristo por experiencia, porque experimenta «la fuerza de su resurrección y la comunión en sus padecimientos», porque es tocado por la eficacia de la fuerza poderosa que Dios despliega en Cristo Resucitado.

El que realmente experimenta en su vida esta acción del Resucitado necesita proclamar las hazañas que el Señor ha realizado en él. El verdadero cristiano es necesariamente testigo, y por eso «no puede callar lo que ha visto y oído».

Desde ahí se entiende: «El que cree en mí hará las obras que yo hago y aún mayores». Lo mismo que Cristo hace cosas grandes porque está unido al Padre, porque el Padre y Él son una sola cosa, porque el Padre permaneciendo en Él hace las obras, así también ocurre entre el cristiano y Cristo. Cristo Resucitado se une a nosotros, vive en nosotros. El que está unido a Cristo, el que deja que Cristo viva en él, realiza las obras de Cristo. La condición es estar unido a Él por la fe: «el que crea en mí». Si no suceden «obras mayores» es porque nos falta fe. «Si tuvieran fe como un granito de mostaza...».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Creer en Jesucristo
(151)

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que Él ha enviado, "su Hijo amado", en quien ha puesto toda su complacencia. Dios nos ha dicho que les escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: «Crean en Dios, crean también en mí». Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado». Porque «ha visto al Padre», Él es único en conocerlo y en poderlo revelar.

Cristo, nuestro modelo
(459; 516)

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí...». «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí». Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: «Escúchenle». Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Ámense los unos a los otros como yo les he amado». Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: «Quien me ve a mí, ve al Padre», y el Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenle». Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre, nos «manifestó el amor que nos tiene» con los menores rasgos de sus misterios.

Vivir en la verdad
(2465-2473)

El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su Palabra es verdad. Su ley es verdad. Porque Dios es el "Veraz", los miembros de su Pueblo son llamados a vivir en la verdad.

En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó toda entera. «Lleno de gracia y de verdad», Él es la «luz del mundo», la Verdad. El que cree en Él, no permanece en las tinieblas. El discípulo de Jesús, "permanece en su palabra", para conocer "la verdad que hace libre" y que santifica. Seguir a Jesús es vivir del «Espíritu de verdad» que el Padre envía en su nombre y que conduce «a la verdad completa». Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional a la Verdad: «Sea vuestro lenguaje: 'sí, sí'; 'no, no'».

El hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla y testimoniarla: Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias.

La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.

Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad. La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción. En justicia, un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad.

El discípulo de Cristo acepta "vivir en la verdad", es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en su Verdad. «Si decimos que estamos en comunión con Él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad».

El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia los impulsa a actuar como testigos del evangelio y de las obligaciones que de ello se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad:

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«¡Qué dichosa suerte y qué gozoso y bienaventurado viaje, adonde el camino es Cristo, y la guía de él es Él mismo, y la guarda y la seguridad ni más ni menos es Él, y adonde los que van por él son su hechuras y rescatados suyos!» (Fray Luís de León).

«Todo nuestro bien y remedio es la sacratísima humanidad de nuestro Señor Jesucristo. Si pierden la guía, que es el buen Jesús, no acertarán el camino; porque el mismo Señor dice que es "camino", y que no puede ninguno ir al Padre sino por Él, y "quien me ve a mí ve al Padre". Dirán que se da otro sentido a estas palabras; yo no sé esos otros sentidos; con éste, que siempre siente mi alma ser verdad, me ha ido muy bien» (Santa Teresa de Jesús).   

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Benditos los pies de los que llegan
para anunciar la paz que el mundo espera,
apóstoles de Dios que Cristo envía,
voceros de su voz, grito del Verbo.

De pie en la encrucijada del camino
del hombre peregrino y de los pueblos,
es el fuego de Dios el que los lleva
como cristos vivientes a su encuentro.

Abrid, pueblos, la puerta a su llamada,
la verdad y el amor son don que llevan;
no temáis, pecadores, acogedlos,
el perdón y la paz serán su gesto.

Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero;
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno. 

Amén.

DOMINGO IV DE PASCUA “A”


"La del Buen Pastor, es una voz distinta"
Hch 2, l4a,36-41: "Dios lo ha constituido Señor y Mesías"
Sal 22,1-5: "El Señor es mi pastor, nada me falta"
1P 2, 2-25: "Han vuelto al Pastor y guardián de sus vidas"

Jn 10,1-10: "Yo soy la puerta de las ovejas"

I. LA PALABRA DE DIOS

Cristo es el Buen Pastor. Pero lo es de cada uno. «Va llamando por el nombre a sus ovejas»: la relación con Cristo es personalísima. Y el tiempo pascual ha de afianzar esta relación. Ha de afianzar la certeza y la experiencia de que «el Señor es mi pastor». Esta es la única seguridad, incluso en medio de las oscuridades: «Nada temo, porque tú vas conmigo».

«Y las saca fuera»: "las hace salir". Es la terminología tradicional de las narraciones del Éxodo para hablar de la liberación de la esclavitud.

¿Cómo vivo mi relación con Cristo? ¿Mi fe se traduce en confianza? ¿Experimento el gozo de saberme salvado y cuidado?

La imagen del "pastor" no es pintura tierna ni idílica: aparece en contexto de lucha y enfrentamiento con los malos pastores, y entre continuas alusiones a perder la vida por las ovejas. El Buen Pastor se contrapone a los ladrones y salteadores que se aprovechan de las ovejas, y se distingue de los asalariados, porque da su vida en bien del rebaño. «Andaban descarriados... pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas». La Pascua es la celebración gozosa de haber sido encontrados y salvados por Cristo. Perdidos como estábamos, Cristo ha salido a buscarnos por los caminos del mundo y en esa búsqueda se ha dejado la piel: «Sus heridas os han curado». En su búsqueda de nosotros nos ha amado «hasta el extremo». De ahí que también nosotros debamos imitar su ejemplo y seguir sus huellas, estando dispuestos a dejar nuestra piel por buscar a los hombres que permanecen descarriados y perdidos.

«Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará». Cristo es la Puerta. Jesús es nuestro acceso al Padre. Él es el único mediador. «No se nos ha dado otro nombre en quien podamos salvarnos». Por Él, la Puerta, tenemos entrada al nuevo Templo, a la intimidad de Dios. Es a través de la puerta de la humanidad de Cristo como llegamos al Padre y recibimos el Espíritu. El corazón de Cristo, que fue traspasado en la cruz, ahora permanece eternamente glorificado como la única Puerta de salvación.

«Y podrá entrar y salir, y encontrará pastos»: En Cristo estamos en la esfera trinitaria, donde reina la verdadera libertad –«entrar y salir» es una expresión semítica que indica libertad de movimientos y actividad sin coacción– y la plenitud de vida («encontrará pastos»). Sólo a través de la humanidad de Jesús recibimos vida, y vida abundante. De ahí la llamada a convertirnos y a acoger plenamente a Cristo en nuestra vida.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los pastores de la Iglesia
 (880-896; 935-939).

El colegio episcopal y su cabeza, el Papa

Cristo, al instituir a los Doce, formó una especie de Colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él. Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles.

El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó pastor de todo el rebaño. Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro. Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles. El Pontífice Romano tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad.

Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio  y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares (diócesis, prelaturas, vicariatos). Como tales ejercen su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada, asistidos por los presbíteros y los diáconos. Pero, como miembros del colegio  episcopal, cada uno de ellos participa de la solicitud por todas las Iglesias, que ejercen primeramente dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción de la Iglesia universal. Esta solicitud se extenderá particularmente a los pobres, a los perseguidos por la fe y a los misioneros que trabajan por toda la tierra. 

Los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió.

Los obispos, ayudados por los presbíteros, sus colaboradores, y por los diáconos, tienen la misión de enseñar auténticamente la fe, de celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, y de dirigir su Iglesia como verdaderos pastores.

La misión de enseñar

Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios. Son los predicadores del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo.

La misión del Magisterio es proteger al Pueblo de Dios de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y de costumbres. Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar "como revelado por Dios para ser creído" y como enseñanza de Cristo, hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe. Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina.

La misión de santificar

El obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos. La santifican con su ejemplo, «no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey». Así es como llegan a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado.

La misión de gobernar

Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada, que deben, no obstante, ejercer para edificar con espíritu de servicio, que es el de su Maestro.

El Buen Pastor será el modelo y la "forma" de la misión pastoral del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a los que cuida como verdaderos hijos. Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre. "Que nadie haga al margen del obispo nada en lo que atañe a la Iglesia" (San Ignacio de Antioquía).

La parroquia y su pastor
 (2179).

La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio. Es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"No puedes orar en casa como en la Iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes" (S. Juan Crisóstomo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el Buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino. 

Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.

Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.

La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. 

Amén.