DOMINGO XXXI ORDINARIO “A”


 "En la Iglesia ante todo, la fraternidad"

Ml 1,14b-2.2b.8-10: "Se apartaron del camino y han hecho tropezar a muchos en la ley"
Sal 130, 1-3: "Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor"
1Ts 2,7b-9.13: "Deseábamos no sólo entregarles el Evangelio, sino hasta nuestras propias personas"

Mt 23,1-12: "No hacen lo que dicen"


I. LA PALABRA DE DIOS

«Les teníamos tanto cariño que deseábamos entregarles no sólo el evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas». Además de acoger la Palabra de Dios estamos llamados también –todos– a transmitirla a otros. Este es el mayor acto de caridad que podemos realizar, pues lo más grande que podemos dar es el Evangelio de Jesucristo.

Pero es preciso subrayar que esta increíble noticia del amor personal de Dios a cada uno, sólo puede ser hecha de manera creíble si el que transmite el evangelio está lleno de amor hacia aquel a quien se lo transmite. El evangelio no se comunica a base de argumentos. Para que cada hombre pueda entender que «Cristo me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20), es necesario que el que le hable de Cristo le ame de tal modo que esté dispuesto a dar la vida por él. Y con un amor concreto y personal, lleno de ternura y delicadeza, «como una madre cuida de sus hijos»; un amor que a san Pablo le llevó a «esfuerzos y fatigas», incluso a trabajar «día y noche para no ser gravoso a nadie»

Las palabras de Jesús en el Evangelio nos dan pie para examinar qué hay de fariseo dentro de nosotros mismos. En primer lugar, el Señor condena a los fariseos porque «no hacen lo que dicen». Jesús condena, no la enseñanza transmitida por los escribas y los fariseos, sino la vida de éstos, que no se corresponde con la doctrina. También nosotros podemos caer en el engaño de hablar muy bien, de tener muy buenas palabras, pero no buscar y desear vivir aquello que decimos. Sin embargo, sólo agrada a Dios «el que hace la voluntad del Padre celestial», pues sólo ese tal «entrará en el Reino de los cielos».

En segundo lugar, Jesús les reprocha que «todo lo que hacen es para que los vea la gente». ¡Qué demoledor es este deseo de quedar bien a los ojos de los hombres! Incluso las mejores obras pueden quedar totalmente contaminadas por este deseo egoísta que lo estropea todo. Por eso san Pablo exclamará: «Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal 1,10). El cristiano solo busca «agradar a Dios» (1 Tes 4,1) en toda su conducta; le basta saber que «el Padre que ve lo secreto le recompensará» (Mt 6,4).

Y, finalmente, Jesús les echa en cara que buscan los honores humanos, las reverencias de los hombres, la gloria mundana. También a nosotros fácilmente se nos cuela esa búsqueda de gloria que en realidad es sólo vanagloria, es decir, gloria vana, vacía. Los honores que los hombres consideran valiosos el cristiano los estima como basura (Flp 3,8), pues espera la verdadera gloria, la que viene de Dios, «que nos ha llamada a su Reino y gloria» (1 Tes 2,12). En cambio, buscar la gloria que viene de los hombres es un grave estorbo para la fe (Jn 6,44).

Las frases «No se dejen llamar maestro... no llamen padre... no se dejen llamar jefes» no se puede entender literalmente, pues el mismo NT utiliza esos términos en otros pasajes. Los evangelistas usan con toda normalidad la palabra "padre" o "padres" (terrenos) en su sentido propio más de cuarenta veces; Jesús mismo cita el 4º mandamiento y exige su cumplimiento; san Pablo se considera "padre" de sus cristianos; san Juan los llama "hijitos"; históricamente, las primeras generaciones cristianas no tuvieron escrúpulo en aplicar ese apelativo a los superiores jerárquicos en la Iglesia, sabiendo que no desobedecían una orden del Señor. La prohibición de Jesús formula —a la manera de Mc 10,18 («nadie es bueno sino sólo Dios»)— una cualidad típicamente divina, la paternidad, que no es propiedad de ninguna criatura (favorece esta interpretación el que en la mentalidad judía "llamar" es equivalente a "ser"; es decir, nadie "es" padre, sino por la gracia de Dios). Por tanto, lo que Jesús prohíbe a los suyos es suplantar a Dios Padre (Maestro, Jefe); si alguien puede ser llamado con ese nombre, será porque es, y en cuanto es, imagen del único verdadero padre.


II. LA FE DE LA IGLESIA

Los fieles cristianos:
jerarquía, laicos, vida consagrada
(871 – 873)

Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y, hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo.

Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo.

Las mismas diferencias que el Señor quiso poner entre los miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y sus sucesores (jerarquía) les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios. En fin, en esos dos grupos (jerarquía y laicos), hay fieles –los consagrados– que por la profesión de los consejos evangélicos se consagran a Dios y contribuyen a la misión salvífica de la Iglesia según la manera peculiar que les es propia.

Razón del ministerio eclesial
(874 – 876)

El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. Él lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad: Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que están ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que posean la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios lleguen a la salvación.

«¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído? ¿cómo oirán sin que se les predique? y ¿cómo predicarán si no son enviados?» Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. «La fe viene de la predicación» (Rm 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y la facultad (el "poder sagrado") de actuar in persona Christi Capitis (en persona de Cristo Cabeza de la Iglesia). Este ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama "sacramento". El ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento específico –el sacramento del Orden sacerdotal–.

El carácter de servicio del ministerio eclesial está intrínsecamente ligado a la naturaleza sacramental. En efecto, enteramente dependiente de Cristo, que da misión y autoridad, los ministros son  verdaderamente «esclavos de Cristo» (Rm 1, 1), a imagen de Cristo que, libremente ha tomado por nosotros «la forma de esclavo» (Flp 2, 7). Como la palabra y la gracia de la cual son ministros no son de ellos, sino de Cristo que se las ha confiado para los otros, ellos se harán libremente esclavos de todos (cf. 1 Co 9, 19). 

A la jerarquía se le pide fidelidad y actitud de servicio fraternal en el cumplimiento de su misión. A todos los fieles se les pide espíritu de colaboración con los legítimos pastores y comunión eclesial.


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Los laicos "tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los Pastores, habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas" (Código de Derecho Canónico 212,3).


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Sólo desde el amor
la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas.

Desde el cimiento mismo
del corazón despierto,
desde la fuente clara
de las verdades últimas.

Ver al hombre y al mundo
con la mirada limpia
y el corazón cercano,
desde el solar del alma.

Tarea y aventura:
entregarme del todo,
ofrecer lo que llevo,
gozo y misericordia.

Aceite derramado
para que el carro ruede
sin quejas egoístas,
chirriando desajustes.

Soñar, amar, servir,
y esperar que me llames,
tú, Señor, que me miras,
tú que sabes mi nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. 

Amén.

DOMINGO XXX ORDINARIO “A”


"Si me aman, guardarán mis mandamientos"

Ex 22,21-27: "Si explotan a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra ustedes"
Sal 17: "Yo te amo, Señor; tú eres mí fortaleza"
1Ts 1,5c-10: "Abandonaron los ídolos para servir a Dios y esperar la vuelta de su Hijo"

Mt 22,34-40: "Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo"


I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio de hoy es una magnífica ocasión para ver si realmente estamos en el buen camino. Porque este doble mandamiento del amor es el principal: no sólo el más importante, sino el que está en el principio de todo lo demás. El que lo cumple, también cumple –o acaba cumpliendo– el resto, pues todo brota del amor a Dios y del amor al prójimo como de su fuente. Pero el que no vive esto, no ha hecho nada, aunque sea perfectamente cumplidor de los detalles –es el drama de los fariseos, «sepulcros blanqueados»–. La clave de todo está en el amor.

El amor a Dios está marcado por la totalidad. Siendo Dios el Único y el Absoluto, no se le puede amar más que con todo el ser personal. El hombre entero, con todas sus capacidades, con todo su tiempo, con todos sus bienes... ha de emplearse en este amor a Dios. No se trata de darle a Dios algo de lo nuestro de vez en cuando. Como todo es suyo, hay que darle todo y siempre. Pero ¡atención! El amor a Dios no es un simple sentimiento: «En esto consiste el amor a Dios, en que guardemos sus mandamientos» (1 Jn 5,3). Amar a Dios es cumplir los diez mandamientos y hacer su voluntad en cada instante.

Y el segundo es «semejante» a este. El segundo mandamiento no es igual ni equivalente al primero, sino parecido a él; ¡el primero siempre es el primero! 

El punto de referencia del amor al prójimo en la Ley de Moisés es «como a ti mismo» ¿Cómo me amo a mí mismo? Por desgracia, el contraste entre las atenciones para con el prójimo y para con uno mismo suele ser enorme. Aquí usamos también la "ley del embudo": lo ancho para mí y lo estrecho para los demás. Pero amar al prójimo no es sólo no hacerle mal, sino hacerle todo el bien posible, como el buen samaritano (Lc 10,29-37). Y amar al prójimo «como a ti mismo» es todavía un mandamiento del Antiguo Testamento; Cristo va más allá: «Ámense unos a otros "como yo les he amado"», es decir, «hasta el extremo» (Jn 13,1), hasta dar la vida por el prójimo. Esta es la Ley Nueva —el mandamiento nuevo— de Cristo.

Cuanto más amor hay en el corazón del hombre, mejor refleja la imagen de Dios que hay en él. La gran diferencia entre los mandamientos de la Ley Antigua y los mismos trasladados a la Ley Nueva está en Jesucristo que los ha convertido en vida y en modo de ser. Son más exigentes, pero tenemos por delante un guía y un amigo que en la Eucaristía nos da su fuerza para cumplirlos.


II. LA FE DE LA IGLESIA

El amor y los mandamientos
(2067; cf 2072).

Los diez Mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo. Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están gravados por Dios en el corazón del ser humano.

La relación amor-mandamientos:
 (1822-1829. 2052-2074).

La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (Jn 13,34). Amando a los suyos «hasta el fin» (Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: «Como el Padre me amó, yo también les he amado a ustedes; permanezcan en mi amor» (Jn 15,9). Y también: «Este es el mandamiento mío: que se amen unos a otros como yo les he amado» (Jn 15,12).

Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: «Permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor».

Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos suyos. El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos, que nos hagamos prójimos del más lejano (cf. Lc 10,27-37), que amemos a los niños (Mc 9,37) y a los pobres como a Él mismo (Mt 25,40.45).

El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa. No es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).

«Si no tengo caridad –dice también el apóstol– nada soy». La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.

La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del «que nos amó primero» (1 Jn 4,19).

La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión.

El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.

El Amor de Dios se nos da como gracia, no es fruto espontáneo del corazón humano, hay que dejarse llevar de su impulso divino. «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto». El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida hecha fecunda por la unión con Cristo. El Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar".


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos" (S. Agustín).

"O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa  y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda y entonces estamos en la disposición de hijos" (S. Basilio).


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. 

Amén.