DOMINGO III DE CUARESMA “B”


"La Pascua de Cristo no es para «destruir», sino para que nazca el hombre nuevo" 

Ex 20,1-17: "La Ley fue dada por Moisés"
Sal 18,8-11: "Señor, tu tienes palabras de vida eterna"
1Co 1,22-25: "Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para el mundo, …sabiduría de Dios"

Jn 2,13-25: "Destruyan este templo y en tres días lo levantaré"


I. LA PALABRA DE DIOS

«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». El evangelio nos presenta a Jesús como el Nuevo Templo, destruido en la cruz y reconstruido a los tres días. El antiguo templo de Jerusalén ya no tiene razón de ser a partir del Nuevo Templo que es Cristo. Y la referencia a los «tres días» y a la «pascua de los judíos», muestra que el evangelista está pensando en el acontecimiento pascual de Cristo que dará lugar al inicio del tiempo nuevo.

Implícitamente, Jesús, está afirmando su divinidad al declararse autor de su propia resurrección, ya que la resurrección de un cadáver sólo Dios la puede hacer. De este Templo –la humanidad resucitada de Jesús– manará para nosotros el agua vivificante del Espíritu. En este Templo estamos llamados a morar, a permanecer, lo mismo que Él mora en el seno del Padre. De este Templo llegamos a formar parte como piedras vivas por el bautismo. Y también nosotros, como Él, aunque en medida muy inferior, somos hechos "templo de Dios".

«Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo». Jesús aparece empleando la violencia. Nos encontramos en este texto de san Juan con un rasgo de Jesús en el que solemos reparar poco: la dureza de Jesús frente al mal y la hipocresía, que aparece otras muchas veces en sus invectivas contra los fariseos. ¿La razón? «El celo de tu casa me devora». Algunos identifican el amor con la melosidad inofensiva. Y, sin embargo, la postura violenta de Jesús es fruto del amor, de un amor apasionado, porque el celo es el amor llevado al extremo. 

Jesús es fuerte para defender los derechos de su Padre. Su corazón humano, que ama el Padre con todas sus fuerzas, se enciende de celo ante la profanación del Templo, el lugar santo, la morada de Dios. En medio de un mundo que desprecia a Dios, también el cristiano debe vivir la actitud de Jesús: «El celo de tu casa me devora».

Jesús es intransigente contra el mal. El mismo Jesús que vemos lleno de ternura y amor hacia los pecadores hasta dar la vida por ellos es el que aquí contemplamos actuando enérgicamente en contra del pecado. El mismo y único Cristo.

Por lo demás, Cristo no ejerce su fortaleza contra los hombres, sino en favor de ellos, dejando que destruyan en la pasión el templo de su cuerpo y resucitando a los tres días. «Tengo poder para entregar mi vida y poder para recobrarla de nuevo». De igual modo, el cristiano unido a Cristo es invencible, aunque deje su piel y su vida en la lucha contra el mal: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma... Hasta los cabellos de sus cabezas están contados». 

Jesús no pacta nunca con el mal. Lo hemos contemplado devorado por el celo de la casa de Dios, del templo. El mismo celo que debe encendernos a nosotros en la lucha contra el mal y el pecado, que debe devorarnos por la santidad de la casa de Dios que es la Iglesia, que debe hacernos arder en esta Cuaresma por la purificación del templo que somos nosotros mismos. 

La lucha contra el mal es sobre todo una opción positiva, una adhesión al bien, al Bien que es Dios mismo. Cumpliendo los Mandamientos decimos «sí» a Dios, reafirmamos la alianza –el pacto de amor que Dios hizo con nosotros en el bautismo–, y nos lanzamos por el camino que nos hace verdaderamente libres. La cuaresma es una oportunidad de gracia para renovar nuestra vivencia de los mandamientos. Para renovar, mediante el cumplimiento fiel de los mandamientos, nuestra pertenencia al Señor que nos ha sacado de la esclavitud y nos ha hecho libres. 


II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús y el Templo
(583 – 586)

Como los profetas anteriores a Él, Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por José y María cuarenta días después de su nacimiento. A la edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a sus padres que se debía a los asuntos de su Padre. Durante su vida oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión de la Pascua; su ministerio público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas judías.

Jesús subió al Templo como  al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado. 

No obstante, en el umbral de su Pasión, Jesús anunció la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra. Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua. 

Jesús se identificó con el Templo presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres. Por eso su muerte corporal anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: «Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adorarán al Padre». 

El templo, lugar propio de oración
en espíritu y en verdad
(1179, 1180, 1197–1199, 2519, 2691).

Cristo es el verdadero Templo de Dios, "el lugar donde reside su gloria"; por la gracia de Dios los cristianos son también templos del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se construye la Iglesia. 

A los «limpios de corazón» se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él. La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir a otro como un "prójimo"; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina. 

El culto «en espíritu y en verdad» de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles se reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las «piedras vivas», reunidas para «la edificación de un edificio espiritual». El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo, «somos el templo de Dios vivo».

En su condición terrena, la Iglesia tiene necesidad de lugares donde la comunidad pueda reunirse (catedrales, templos, capillas...): nuestras iglesias visibles, lugares santos, imágenes de la Ciudad santa, la Jerusalén celestial hacia la cual caminamos como peregrinos, son los edificios destinados al culto divino. Estas iglesias visibles no son simples lugares de reunión, sino que significan y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar, morada de Dios con los hombres reconciliados y unidos en Cristo. En estos templos, la Iglesia celebra el culto público para gloria de la Santísima Trinidad; en ellos escucha la Palabra de Dios y canta sus alabanzas, eleva su oración y ofrece el Sacrificio de Cristo, sacramentalmente presente en medio de la asamblea. Estas iglesias son también lugares de recogimiento y de oración personal. 


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Cristo ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a Él se dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros" (San Agustín).

"El Espíritu es verdaderamente el lugar de los santos, y el santo es para el Espíritu un lugar propio, ya que se ofrece a habitar con Dios y es llamado su templo" (San Basilio).


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Piedra angular y fundamento es Cristo
del templo espiritual que al Padre alaba,
en comunión de amor con el Espíritu
viviente, en lo más íntimo del alma.

Piedras vivas son todos los cristianos,
ciudad, reino de Dios edificándose,
entre sonoros cánticos de júbilo,
al Rey del universo, templo santo.

El cosmos de alegría se estremece
en latido vital de nueva savia,
al pregustar el gozo y la alegría
de un cielo y una tierra renovados.

Cantad, hijos de Dios, adelantados
del Cristo total, humanidad salvada,
en la que Dios en todos será todo,
comunión viva en plenitud colmada.

Demos gracias al Padre, que nos llama
a ser sus hijos en el Hijo amado,
abramos nuestro espíritu al Espíritu,
adoremos a Dios que a todos salva. 

Amén.

DOMINGO II DE CUARESMA “B”


"Ante la proximidad de la Pasión, 
fortaleció la fe de los apóstoles, para que sobrellevasen el escándalo de la cruz" 

Gn 22,1-2.9-13.15-18: "El sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe"
Sal 115: "Siempre confiaré en el Señor"
Rm 8,31b-34: "Dios no perdonó a su propio Hijo"

Mc 9,2-10: "Éste es mi Hijo amado" 


I. LA PALABRA DE DIOS

La liturgia del segundo domingo de cuaresma nos lleva a contemplar a Jesús transfigurado. Tras el doloroso y desconcertante primer anuncio de la pasión y la llamada de Jesús a seguirle por el camino de la cruz, se hace necesario alentar a los discípulos abatidos. El Antiguo Testamento –La ley y los profetas– personificado en «Moisés y Elías», presenta a Jesús como aquel en quien halla su cumplimiento. Y es Dios mismo –simbolizado en la nube– quien le proclama su Hijo amado. 

El relato de la Transfiguración coloca estratégicamente en un solo cuadro la gloria y la cruz. Por un instante se ha desvelado el misterio de la gloria divina de Cristo para volver a ocultarse de nuevo; más aún, para esconderse todavía más en el camino de la progresiva humillación hasta la muerte de cruz. La enseñanza de este misterio, dirigida a los tres apóstoles más cercanos a Jesús, tampoco fue entendida por estos. Como en la oración en Getsemaní, Pedro se durmió y, al despertar, «no sabía lo que decía». Sólo después –«cuando resucite de entre los muertos»– les será posible entender todo lo que encerraba el misterio de la Transfiguración.  

No es sólo que Cristo haya sufrido humillaciones ocasionales, sino que ha vivido humillado, pues «tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos» y «actuando como un hombre cualquiera» cuando en realidad era igual a Dios (Fil 2,6-8). El relato de la Transfiguración quiere mostrarnos la gloria oculta de Cristo. El resplandor que aparece en la transfiguración debía ser normal en Jesús, pero se despojó voluntariamente de él. ¿No es este un aspecto de Cristo que debemos contemplar mucho nosotros, tan propensos a exaltarnos a nosotros mismos y buscar la gloria humana?

En la Transfiguración escuchamos la voz del Padre que nos dice: «Éste es mi Hijo amado». No es sólo un gesto de presentación, de manifestación de Cristo. Es el gesto del Padre que nos entrega a su Hijo, nos lo da para nuestra salvación: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único...». Este gesto de Dios Padre aparece simbolizado y prefigurado en el de Abraham, que toma a su «hijo único, al que quiere» y lo ofrece en sacrificio sobre un monte. La muerte de Cristo en el Calvario, que la Cuaresma nos prepara a celebrar, es la mayor manifestación del amor de Dios.

Pero el gesto de Abraham no sólo simboliza el de Dios. Resume también nuestra actitud ante Dios. Abraham lo da todo, lo más querido, su hijo único, en quien tiene todas sus esperanzas. Lo da a Dios. Y al darlo parece que lo pierde. Sin embargo, realizado el sacrificio de su corazón, Dios le devuelve a su hijo, y precisamente en virtud de ese sacrificio –«por haber hecho eso, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único»– Dios le bendice abundantemente dándole una descendencia «como las estrellas del cielo y como la arena de la playa». Los sacrificios de la cuaresma –y en general nuestra fidelidad al evangelio– no son muerte, son vida. Todo sacrificio realizado con verdadero espíritu cristiano nos eleva, nos santifica. Cada sacrificio hecho por amor es una puerta abierta por donde la gracia nos llega de manera torrencial.

En pleno camino cuaresmal de esfuerzo confiado y sacrificio amoroso, también a nosotros –tan torpes como los discípulos– se dirige la voz del Padre con un mandato único y preciso: «Escúchenle», es decir, fíjense en Él y fíense de Él –de este Cristo que se ha transfigurado ante sus ojos–, aunque les introduzca por caminos de cruz. En el camino hacia la pasión, Jesús nos es presentado como el Hijo amado del Padre, objeto de su amor y su complacencia. La cruz y el sufrimiento no están en contradicción con el amor del Padre. Al contrario, es en la cruz donde más se manifiesta ese amor; precisamente porque muere confiando en el Padre y en su amor, Jesús se revela en la cruz como el Hijo de Dios. De igual modo nosotros, al sufrir la cruz, no debemos sentirnos rechazados por Dios, sino –al contrario– especialmente amados.

El conocimiento y la experiencia de este amor de Dios es el fundamento de nuestro camino cuaresmal. San Pablo prorrumpe lleno de admiración, de gozo y de confianza: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?» Al darnos a su Hijo, Dios ha demostrado que está «por nosotros», a favor nuestro. Pues «si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» No podemos encontrar fundamento más sólido para nuestra confianza en la lucha contra el pecado y en el camino hacia nuestra propia transfiguración pascual.


II. LA FE DE LA IGLESIA

La Transfiguración,
visión anticipada del Reino
(554 – 556).

A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén, y sufrir ... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día»: Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por Él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron refulgentes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le «hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén». Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escúchenle».

Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que «para entrar en su gloria», es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la ley y los Profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como Siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo. Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa.

En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección. Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo». Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios». 

Fe-obediencia de Abraham
(2572).

Como última purificación de su fe, se le pide al «que había recibido las promesas» (Hb 11,17) que sacrifique al hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila: «Dios proveerá el cordero para el holocausto», «pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar a los muertos» (Hb 11,19). Así, el padre de los creyentes se hace semejante al Padre que no perdonará a su propio Hijo, sino que lo entregará por todos nosotros. 


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre" (Liturgia bizantina).

"Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña. Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, Él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el camino desciende para fatigarse andando; la fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?" (San Agustín).


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado.

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Mas no a mí solo,
purifica también
a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo.

Transfigúralos, Señor, transfigúralos.

Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Amén.

DOMINGO I DE CUARESMA “B”


"Tentado para parecerse a nosotros; vencedor para que nos parezcamos a Él" 

Gn 9,8-15: "El pacto de Dios con Noé salvado del diluvio"
Sal 24: "Descúbrenos, Señor, tus caminos"
1P 3,18-22: "Actualmente les salva el bautismo"

Mc 1,12-15: "Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían"


I. LA PALABRA DE DIOS

La primera lectura nos habla de la alianza sellada por Dios con Noé y toda la creación después del diluvio. Lo mismo que Noé y los suyos, también nosotros hemos sido salvados de la muerte a través de las aguas. En este contexto conviene hacer memoria de nuestro bautismo. Por medio del agua bautismal, en el arca que es la Iglesia, hemos pasado de la muerte a la vida. Y en el bautismo Dios ha sellado con cada uno un pacto imborrable, una alianza de amor por la cual se compromete a librarnos del Maligno. La salvación no está lejos de nosotros: por el bautismo tenemos ya en nosotros su semilla. La Cuaresma es un tiempo para luchar contra el pecado, pero sabiendo que por el bautismo tenemos dentro de nosotros la fuerza para vencer: El Espíritu, que crea, renueva, alienta y capacita.

El relato del evangelio de san Marcos –singularmente breve– presenta a Jesús como nuevo Adán que vence a aquel que venció al primero –es lo que evocan las imágenes de los animales salvajes y los ángeles a su servicio (cfr. Gen 2 y 3; Is 11,6-9). Por fin entra en la historia humana la victoria sobre el mal y el pecado, sobre Satanás en persona: el «fuerte» va a ser vencido por el «más fuerte». 

Hace poco que hemos celebrado la Navidad: el Hijo de Dios que se hace hombre, verdadero hombre. El evangelio de hoy le presenta «tentado por Satanás». Ciertamente «no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4,15). Hombre de verdad, hasta el fondo, y sin pecado. Uno como nosotros, uno de los nuestros, ha sido acosado por Satanás, pero ha salido victorioso. Cristo –tentado y vencedor– es luz, es ánimo, es fortaleza para nosotros.

El relato de las tentaciones de Jesús nos habla en primer lugar del "realismo de la Encarnación". El Hijo de Dios no se ha hecho hombre "a medias", sino que ha asumido la existencia humana en toda su profundidad y con todas sus consecuencias, «en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4,15). El cristiano que se siente acosado por la prueba y la tentación se sabe comprendido por Jesucristo, que –antes que él y de manera más intensa– ha pasado por esas situaciones.

Por otra parte, las tentaciones hacen pensar en un Cristo que combate. El Hijo de Dios, hecho hombre, vino a derrotar al demonio y su imperio sobre el mundo. San Marcos da mucha importancia al relato poniéndolo al inicio de la vida pública de Jesús, después del bautismo y antes de empezar a predicar y a hacer milagros, como para indicar que toda su vida va a ser un combate contra el mal y contra Satanás. Va «empujado por el Espíritu al desierto» a buscar a Satanás en su propio terreno para vencerle. Asimismo, la vida del cristiano tiene toda la seriedad de una lucha contra las fuerzas del mal, para la cual ha recibido armas más que suficientes (Ef 6,10-20).

Sin embargo, la novedad más gozosa de este relato de las tentaciones de Jesús es que Él ha vencido. Él, que es en todo semejante a nosotros, «excepto en el pecado». Todo seguiría igual si Cristo hubiera sido tentado como nosotros, pero hubiera sido derrotado. Lo grandioso consiste en que Cristo, hombre como nosotros, ha vencido la tentación, el pecado y a Satanás. Y a partir de Él la historia ha cambiado de signo. En Cristo y con Cristo también nosotros vencemos la tentación y el pecado, pues Él «nos asocia siempre a su triunfo» (2Cor 2,14). Si por un hombre entró el pecado en el mundo, por otro hombre –Jesucristo– ha entrado la gracia y, con ella, la victoria sobre el pecado (cfr. Rom 5,12-21).

Si Cristo no ha sido vencido, nosotros sí lo fuimos. Somos pecadores. Pero esta situación no es irremediable. La segunda lectura afirma: «Cristo murió por los pecados..., el inocente por los culpables». Ello significa que su combate ha sido en favor nuestro. Cristo si que ha llegado hasta la sangre en su pelea contra el pecado (cfr. Heb 12,4). Y con su fuerza podemos vencer también nosotros. Apoyados en Él, unidos a Él, la Cuaresma nos invita a luchar decididamente contra el pecado que hay en nosotros y en el mundo.

El evangelio de este domingo nos invita a entrar en la Cuaresma con decisión y firmeza: puesto que se ha cumplido el tiempo y ha llegado el Reino de Dios, es urgente y necesario convertirse y creer, es decir, acoger plenamente la soberanía de Dios en nuestra vida. Este será nuestro particular combate cuaresmal.


II. LA FE DE LA IGLESIA

Las tentaciones de Jesús:
(538 – 540)

Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de Él «hasta el tiempo determinado». 

La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

No nos dejes caer en la tentación
(2848 – 2849)

"No entrar en la tentación" implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21-24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Ga 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este "dejarnos conducir" por el Espíritu Santo. 

Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía (cf Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su Nombre". El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela».

El Reino de Dios está cerca:
(541 – 542)

«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1,15). Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre inauguró en la tierra el Reino de los cielos. Pues bien, la voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación de la vida divina. Y lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra el germen y el comienzo de este Reino.

Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como "familia de Dios". Los convoca en torno a Él por su palabra, por sus señales –que manifiestan el reino de Dios–, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, Él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres.


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres. En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado" (Orígenes).


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.

Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.

La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.

"Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros",
esto dice el Señor.

Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. 

Amén.

DOMINGO VII ORDINARIO “B”


"Miren que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?"

Is 43,18-19.21-22.24b-25: "Por mi cuenta borraba tus crímenes"
Sal 40: "Sáname, Señor, pues he pecado contra ti"
2 Co 1,18-22: "En Jesús todo se ha convertido en un «sí»"

Mc 2,1-12: "El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados"


I. LA PALABRA DE DIOS

Con todo lo importante que habían sido las intervenciones de Dios en favor de su pueblo,  el profeta Isaías dice que no se pueden comparar con lo que ahora se prepara. Era el retorno de la cautividad de Babilonia lo que estaba a punto de suceder. Si grande había sido el castigo de la deportación, mayor sería el gozo del retorno. Todo, como siempre, fruto de la gratuidad divina.

«Llegaron cuatro llevando un paralítico». El gesto de estos cuatro personajes anónimos resulta precioso e iluminador para nosotros. El paralítico –por definición– no se puede mover por sí mismo, pero estos amigos le colocan ante Jesús. Y «viendo Jesús la fe que tenían» realiza el milagro. 

Hay en nuestro mundo y a nuestro alrededor muchos paralíticos por la incredulidad o por el pecado. A nosotros nos toca acercarnos a ellos y ponerlos a los pies de Jesús con una fe intensa y confiada. Lo demás es cosa del Señor. El evangelio no dice si ese hombre tenía fe en Jesús o sólo se dejó llevar por sus amigos. Lo que sí afirma es la fe de aquellos cuatro que arrancan el milagro a Jesús. ¿Presentamos a las personas al Señor? ¿Acercamos a nuestros amigos a Cristo? ¿Con qué fe lo hacemos?

«Para que vean...» Jesús realiza la curación que le piden, pero deja claro que lo que le interesa es sobre todo la sanación interior. Las palabras de Jesús al paralítico descubren la raíz última de cualquier miseria humana: la verdadera enfermedad de aquel hombre era su pecado; por eso es lo primero que Jesús cura. Por otra parte, el perdón de Cristo no queda en algo meramente interno, sino que gana para el reino de Dios a toda la persona: llega primeramente al alma, por ella al cuerpo, y con él a toda la creación. Dios quiere el bien entero del hombre, cuerpo y alma. Nosotros, en cambio, con demasiada frecuencia sólo nos damos cuenta de la necesidad corporal. Sin embargo, hay enfermedades físicas que son ocasión de un bien espiritual enorme y de santificación para quién la padece y para muchas otras personas; mientras la enfermedad espiritual, a la que no solemos dar demasiada importancia, puede llevar –aun con perfecta salud física– a la condenación eterna propia y de los que el Señor ha querido hacer depender de nosotros.

«Hijo, tus pecados te quedan perdonados». "Quedan perdonados tus pecados" es más que "Dios perdona tus pecados", afirmación que no hubiera escandalizado a los escribas; lo que les escandaliza es que allí hay "otro" que perdona, como lo hace Dios; aun aceptando a Jesús como Mesías, hubieran esperado de él que aniquilara a los pecadores, no que los perdonara. «Eso es una blasfemia», la acusación de blasfemia –de apropiarse prerrogativas divinas– será la decisiva para condenarlo a muerte.

«El Hijo del Hombre». Esta expresión, en el Antiguo Testamento, se aplica a un individuo celeste y transcendente, juez escatológico –que recibirá imperio eterno sobre todos los pueblos de la tierra– a veces entendido como Mesías nacionalista. En el Nuevo testamento, aparece en boca de Jesús como título que, sin revelar del todo el misterio de su persona, une dos extremos de su vida y su misión: la debilidad de su existencia terrena hasta la cruz (como el título "siervo de Yahvé" en Isaías), y su venida gloriosa como Juez universal al fin de los tiempos.

«Nunca hemos visto una cosa igual». Las acciones de Jesús producen asombro y admiración. Los que contemplaron este prodigio «daban gloria a Dios». ¿Sé descubrir las acciones de Cristo? ¿Me alegro de ellas? ¿Me admiro? Más aún, ¿tengo fe para esperar cosas grandes, como aquellos cuatro amigos del evangelio de hoy?


II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesucristo es Dios
(589)

Jesús escandalizó a los fariseos sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos. Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores, los admitía al banquete mesiánico. Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?». Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema –porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios– o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios.

Sólo Dios perdona el pecado
(1441 – 1449)

Sólo Dios perdona los pecados. Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: «El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra» y ejerce ese poder divino: «Tus pecados están perdonados». Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.

Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del ministerio de la reconciliación. El apóstol es enviado en nombre de Cristo, y es Dios mismo quien, a través de él, exhorta y suplica: «Déjense reconciliar con Dios».

Reconciliación con la Iglesia
(1443 – 1445)

Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, Él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios y el retorno al seno del pueblo de Dios.

Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro.

Las palabras "atar y desatar" significan: aquel a quien excluyan de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que reciban de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

El sacramento del perdón
(1446; 2839)

Cristo instituyó el Sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como la segunda tabla de salvación después del naufragio que es la pérdida de la gracia por el pecado.

Los cristianos, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. En la Confesión, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo, y nos reconocemos pecadores ante Él, como el publicano. Al confesar nuestros pecados afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. En el sacramentos de la Confesión encontramos el signo eficaz e indudable de su perdón.


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados; si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador, son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre, es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que Él ha hecho... Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas" (San Agustín).


IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Cuando la luz del sol es ya poniente,
gracias, Señor, es nuestra melodía;
recibe, como ofrenda, amablemente,
nuestro dolor, trabajo y alegría.

Si poco fue el amor en nuestro empeño
de darle vida al día que fenece,
convierta en realidad lo que fue un sueño
tu gran amor que todo lo engrandece.

Tu cruz, Señor, redime nuestra suerte
de pecadora en justa, e ilumina
la senda de la vida y de la muerte
del hombre que en la fe lucha y camina.

Jesús, Hijo del Padre, cuando avanza
la noche oscura sobre nuestro día,
concédenos la paz y la esperanza
de esperar cada noche tu gran día. 

Amén.