DOMINGO V DE PASCUA “B”


"Vivir unidos a Cristo es estar convocados a dar frutos de vida eterna" 

Hch 9,26-31: "Les contó cómo había visto al Señor en el camino"
Sal 21: "Bendito sea el Señor. Aleluya"
1 Jn 3,18-24: "Éste es su mandamiento: que creamos y que nos amemos"

Jn 15,1-8: "El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante"


I. LA PALABRA DE DIOS

El misterio de Cristo y de su Resurrección es de una fecundidad inagotable. Los autores sagrados no encuentran palabras ni imágenes para expresarlo. No hemos de imaginar a Cristo fuera de nosotros. Gracias a su glorificación, Él vive en nosotros y nosotros vivimos en Él. Por el Bautismo hemos sido injertados en Cristo, lo mismo que los sarmientos tienen la misma vida que reciben de la vid.

«Yo soy la Vid verdadera». Nueva fórmula de revelación de Jesús, identificándose con el Yahvé del Antiguo Testamento. Ahora con la imagen bíblica de "La Vid", símbolo de la unión vital de Cristo y los cristianos, y de los cristianos entre sí. La comunidad de creyentes en Jesús es el nuevo Israel que sustituye al antiguo, viña devastada.

«Permanezcan en mí». Este mandamiento resume toda la vida y actividad del cristiano. Como el sarmiento depende de su unión con la vid, la vida del cristiano depende de su unión con Cristo. Nuestra relación con Cristo no es a distancia. Vivimos en Él. Y Él vive en nosotros. Por eso Él mismo insiste: «Permanezcan en mí». Esta unión vital y continua con Cristo es la clave del crecimiento del cristiano y del fruto que pueda dar. Toda la vida viene de la Vid y nada más que de la Vid, que es Cristo.

El mandato de Cristo es muy sencillo: «Permanezcan en mí». La vida cristiana, aunque parezca compleja, es en realidad muy simple: se trata de adherirse a Cristo y perseverar fielmente unidos a Él. En san Juan, permanecer en Cristo supone vivir en gracia, pero no sólo; implica además una relación personal y una intimidad amorosa con Él, cada vez más consciente, más continua y más profunda.

«Sin mí no pueden hacer nada». El que comprende de verdad estas palabras cambia por completo su modo de plantear las cosas. Cada acción realizada al margen de Cristo, cada momento vivido fuera de Él, cada palabra no inspirada por Él, están condenados a la esterilidad más absoluta. No sólo se pierde uno, sino que cuándo se hacen cosas que no vienen de Cristo, no se da ningún fruto. Deberíamos tener horror a no dar fruto, a malgastar nuestra vida, a perder el tiempo.

«Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho». La adhesión a esas palabras, la fe en Jesús al someterse a su palabra, es lo que "limpia" al discípulo. El "fruto" es el amor de caridad, manifestación externa de la fe en Jesús. El que permanece en Cristo por la fe, vive y actúa como vive y actúa Cristo, movido por el mismo Espíritu.

«Lo poda para que dé más fruto». Dios desea que demos fruto, y fruto abundante. Para ello es necesario permanecer en Cristo mediante la fe viva, la caridad ardiente, la esperanza invencible, mediante los sacramentos y la oración continua, mediante la atención a Cristo y la docilidad a sus impulsos. Pero hay más. Como Dios nos ama, y desea que demos mucho fruto, nos poda. Gracias a esta poda cae mucho ramaje inútil que estorba para dar el fruto. El sufrimiento, las humillaciones, el fracaso, las dificultades, los desengaños… son muchas veces los instrumentos de que Dios se sirve para podarnos. Gracias a esta poda caen también muchas apariencias, nos enraizamos más en Cristo y podemos dar más fruto.

«Pidan lo que quieran y se les concederá». El discípulo que permanece en Cristo, puede pedir lo que quiera; en realidad, pedirá lo que pide Jesús: en la línea del "fruto" que hay que producir (fe-caridad), en sintonía con lo que agrada al Padre.

Esto es de una importancia capital. Y san Juan lo subraya con una lógica y una coherencia implacables: «Lo mismo que el sarmiento separado de la vid se seca y no tiene vida ni da fruto, ustedes separados de mí no pueden hacer nada». Es preciso aprender esta lección de una vez por todas. Nuestro fruto no depende de nuestras cualidades humanas, sino de nuestra unión con Cristo. Dios desea que demos fruto abundante –y en ello es glorificado, y para eso nos poda, para que demos más fruto–, pero nuestra fecundidad, nuestro dar fruto en la vida personal, en la Iglesia y en el mundo, está en proporción a nuestra santidad, a nuestra unión con el Señor Resucitado. Sin ella no haremos nada, ni daremos fruto abundante ni duradero; y si los hay, serán frutos aparentes, que se evaporan como la niebla mañanera.


II. LA FE DE LA IGLESIA

Injertados en la Iglesia, viña de Cristo
(736, 755, 1988)

La Iglesia es labranza o campo de Dios. En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los gentiles. El labrador del cielo la plantó como viña selecta.  La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en Él por medio de la Iglesia y que sin Él no podemos hacer nada.

Por el poder del Espíritu Santo participamos en la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en su Resurrección, naciendo a una vida nueva; somos miembros de su Cuerpo que es la Iglesia, sarmientos unidos a la Vid que es él mismo. Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza».

"Sin mí no pueden hacer nada"
(2074).

Jesús dice: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no pueden hacer nada». El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. «Éste es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo les he amado» (Jn 15,12).

La comunión del Espíritu Santo
(1108)

La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los sarmientos. En la Liturgia se realiza la cooperación más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu de Comunión permanece indefectiblemente en la Iglesia, y por eso la Iglesia es el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna.

La unión con Cristo,
fruto de la comunión eucarística
(1391-1392)

La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: «Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él». La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: «Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí».

Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, vivificada por el Espíritu Santo y vivificante, conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"Pues, así como la raíz hace llegar su misma manera de ser a los sarmientos, del mismo modo el Verbo Unigénito de Dios Padre comunica a los santos una especie de parentesco consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu a los que están unidos con Él por la fe: y así les comunica una santidad inmensa, los nutre en la piedad y los lleva al conocimiento de la verdad, y a la práctica de la virtud" (San Cirilo de Alejandría).

"Cuando en las fiestas del Señor los fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva de que se dan las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María de Magdala: '¡Cristo ha resucitado!' He aquí que ahora también la vida y la resurrección son comunicadas a quien recibe a Cristo" (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía).


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre

Si con Él morimos, viviremos con Él;
sin con Él sufrimos, reinaremos con Él

En Él nuestras penas, en Él nuestro gozo;
en Él la esperanza, en Él nuestro amor

En Él toda gracia, en Él nuestra paz;
en Él nuestra gloria, en Él la salvación.

Amén.