DOMINGO IV ORDINARIO “C”


Llamados a ser profetas

Jr 1,4-5.17-19: Te nombré profeta de los gentiles
Sal 70,1-17: Mi boca contará tu salvación, Señor
1 Co 12,31-13,13: Quedan la fe, la esperanza y el amor; pero lo más grande es el amor

Lc 4,21-30: Jesús, como Elías y Eliseo, no es enviado sólo a los judíos


I. LA PALABRA DE DIOS

La misión del profeta viene de una elección de Dios, que le protege ante la difícil tarea de ser signo de contradicción en medio de los gentiles.

El Himno del amor, proclamado en la segunda lectura, invita a desear lo sustancial por encima de cualquier otro carisma. Amor, que es, como el de Dios: donación de sí mismo, comprensión, misericordia.

Jesús sigue el destino de todos los verdaderos profetas: es bandera discutida. En el Evangelio, en el episodio de la sinagoga de Nazaret entre los suyos, Jesús anuncia su misión no sólo a los judíos.

«¿No es este el hijo de José?» Los paisanos de Jesús encuentran dificultades para dar el salto de la fe. Están demasiado acostumbrados a una mirada a ras de tierra y se aferran a ella. Y ello acabará llevándoles a rechazar a Jesús... También a nosotros nos da vértigo la fe. Y preferimos seguir anclados en nuestras –falsas– seguridades. Mantenemos la mirada rastrera –que muchas veces calificamos de racional y razonable– sobre las personas y acontecimientos, sobre la Iglesia y sobre el misterio mismo de Dios...

«Ningún profeta es bien mirado en su tierra». Llama la atención la actitud desafiante, casi provocativa, de Jesús. Ante la resistencia de sus paisanos no rebaja el tono, no se aviene a componendas, no entra en negociaciones. La verdad no se negocia, no se pacta ni se consensúa. La divinidad de Cristo podrá ser aceptada o rechazada, pero no depende de ningún consenso. Cuando los corazones están cerrados, Jesús no suaviza su postura; se diría que incluso la endurece, para que las personas tomen postura ante Él. «O conmigo o contra mí».

«Se abrió paso entre ellos...» Destaca también la majestad soberana con que Jesús se libra de quienes pretendían eliminarlo. En Él se percibe esa fortaleza divina anunciada en la 1ª lectura: Jesús es «plaza fuerte», «columna de hierro», «muralla de bronce»; aunque todos luchen contra Él, no pueden hasta que Él no lo permita. No son las circunstancias externas ni los hombres quienes deciden acerca de su vida o de su muerte; es su voluntad libre y soberana la que se impone a todo.

La presentación de la misión de Jesús en medio de los suyos provoca una reacción contraria a Él. Al profeta no se le aplaude, pues no habla para agradar sino para iluminar desde la voluntad de Dios. La misión profética del cristiano se realiza, como en Cristo, con palabras y obras. Las palabras anuncian la salvación de Dios y las obras tienen su punto culminante en el amor, el mayor de los carismas. ¿Puede un cristiano pasar desapercibido en un mundo hostil a Dios? Su misión es la de  Cristo. ¿Por qué no es bandera discutida como Él?


II. LA FE DE LA IGLESIA

El depósito de la fe
confiado a la totalidad de la Iglesia
(84)

"El depósito sagrado" de la fe (depositum fidei), contenido en la Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura fue confiado por los apóstoles al conjunto de la Iglesia. Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración, y así se realiza una maravillosa concordia de pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida.

El sentido sobrenatural de la fe
(91-93) 

Todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu Santo que los instruye y los conduce a la verdad completa.

La totalidad de los fieles no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral.

El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre, la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la vida.

El Magisterio de la Iglesia
(85 – 87)

El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita (Sagrada Tradición y Sagrada Escritura), ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo, es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.

Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: «El que a vosotros escucha a mí me escucha», reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.

La participación de los laicos en la misión
(901-913, 940)

Cristo realiza su misión no sólo a través de la jerarquía sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra.

En el mundo…

Siendo propio del estado de los laicos vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios les llama a que, movidos por el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.

Los laicos cumplen su misión profética evangelizando, con el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra. En los laicos, esta evangelización adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo.

Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan, en vez de impedir, la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas.

Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad.  

…y en la Iglesia

Los seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles.

En las comunidades eclesiales, la acción de los laicos es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia.

Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen para ello también pueden prestar su colaboración en la formación catequética, en la enseñanza de las ciencias sagradas, en los medios de comunicación social.

Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los ministerios de lectores y de acólito. Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho.

En la Iglesia, los fieles laicos pueden cooperar a tenor del derecho en el ejercicio de la potestad de gobierno. Así, con su presencia en los Concilios particulares, los Sínodos diocesanos, los Consejos pastorales; en el ejercicio de la tarea pastoral de una parroquia; la colaboración en los Consejos de los asuntos económicos; la participación en los tribunales eclesiásticos, etc.

Los fieles han de aprender a distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto, ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios.

Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma según la medida del don de Cristo.


III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Enseñar a alguien para traerlo a la fe es tarea de todo predicador e incluso de todo creyente»
(Sto. Tomás de Aquino).


IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Cuando la luz del sol es ya poniente,
gracias, Señor, es nuestra melodía;
recibe, como ofrenda, amablemente,
nuestro dolor, trabajo y alegría.

Si poco fue el amor en nuestro empeño
de darle vida al día que fenece,
convierta en realidad lo que fue un sueño
tu gran amor que todo lo engrandece.

Tu cruz, Señor, redime nuestra suerte
de pecadora en justa, e ilumina
la senda de la vida y de la muerte
del hombre que en la fe lucha y camina.

Jesús, Hijo del Padre, cuando avanza
la noche oscura sobre nuestro día,
concédenos la paz y la esperanza
de esperar cada noche tu gran día. 

Amén.