DOMINGO XXVI ORDINARIO “C”


Amor a los pobres

Am 6, 1.4-7: Los que llevan una vida disoluta, irán al destierro.
Sal 145, 7-10: Alaba, alma mía, al Señor.
1 Tm 6,11-16: Guardad el Mandamiento, hasta la venida del Señor.

Lc 16, 19-31: Recibiste bienes y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras  tú padeces.


I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Amós destaca en el Antiguo Testamento por la dureza de los términos con que condena el egoísmo y el ansia de placer de los ricos. Sólo se ama lo que se ve, y para ver hay que dejar la vida cómoda que embota la sensibilidad, de ahí la denuncia del profeta.

El resumen de las recomendaciones pastorales contenidas en la carta a Timoteo es la fidelidad a Cristo y a sus mandamientos, que es el entero depósito de la fe confiado al sucesor del apóstol.

La parábola que se proclama en el Evangelio la recoge sólo San Lucas, y es una crítica de Jesús a los ricos egoístas que no se preocupan de los necesitados. Quien tiene embotados los sentidos del alma por el excesivo bienestar ni escucha la Palabra de Dios, ni le sirven los milagros. Mientras que el pobre Lázaro es llevado al seno de Abrahán, del rico se dice simplemente que «lo enterraron», y ni se menciona su nombre; los tormentos son su herencia definitiva. 

He aquí uno de esos evangelios que no necesitan muchas explicaciones. Todo él está marcado por el contraste entre la situación en esta vida y la de después de la muerte. «Se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros»: La muerte crea una situación definitiva; después ya no hay posibilidad de decidirse por Dios o contra Él, ni de revocar la decisión forjada en esta vida. ¿Hasta qué punto valoramos las cosas tal como son de verdad? ¿Tomamos nuestras decisiones teniendo en cuenta los valores eternos? ¿O nos dejamos seducir por apariencias pasajeras y efímeras? 

La parábola no dice expresamente que el rico fuera malo, ni que el pobre fuera bueno (más bien, en la mente de un judío se trataría de un pecador, castigado por Dios con la enfermedad y la miseria), con lo cual queda más de relieve el contraste entre dos escalas mundanas de valores (riqueza-pobreza; salud-enfermedad), y cómo en el mundo futuro, inaugurado ya ahora por Jesús, su jerarquía será inversa. En cierto sentido esta parábola es un ejemplo concreto de las bienaventuranzas.

El texto sugiere que el rico es condenado precisamente por malgastar sus bienes y no atender al pobre que mendiga a sus pies. ¡Terrible aviso para nosotros, que tenemos algo –o mucho– del hombre rico de la parábola! Y es que, el pobre es Cristo. Por eso, rechazar al pobre es rechazar a Cristo: «Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer».

Por otra parte, la condenación del rico esconde también otro rechazo: el desprecio a la palabra de Dios. Lo que parece una actitud dura de Abrahán, en realidad no lo es: los hermanos del rico podrán evitar la condenación si escuchan a Moisés y los profetas. Para el que quiere oír y obedecer a Dios, la palabra de Dios basta, sin necesidad de milagros especiales. En cambio, para el que está cerrado a Dios y a su Palabra, porque las riquezas han endurecido su corazón, ni el mayor prodigio puede abrir sus ojos, que están embotados para ver, no hará caso «ni aunque resucite un muerto». Un ejemplo confirma la enseñanza de este versículo: la incredulidad de los contemporáneos de Jesús, prototipo de la incredulidad moderna, no desapareció con la resurrección de Lázaro (el hermano de Marta y María), ni con la del mismo Jesús.

En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: «Cuanto dejaron de hacer con uno de éstos, también conmigo dejaron de hacerlo».

El Evangelio y la enseñanza de la Iglesia están claros: el amor a los pobres  es una exigencia del discípulo de Jesús. Y para amarlos hay que verlos. Sin embargo, como el rico de la parábola, en medio de las comodidades podemos no ver nada ni a nadie. La Pobreza es una situación concreta que afecta a personas concretas, cercanas. Y todos los pobres son cercanos, pues todos son prójimos.


II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios bendice, en Jesucristo,
a los que aman a los pobres
(525; 544; 2443).

Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores, pobres, son los primeros testigos del acontecimiento. Desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino. Jesús fue enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres. Los declara bienaventurados porque «de ellos es el Reino de los cielos». El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde; a «los pequeños» es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes.

Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprende a los que se niegan a hacerlo: «A quien te pide dale, al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la espalda» (Mt 5,42). «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos por lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva "anunciada a los pobres" es el signo de la presencia de Cristo.

El amor de la Iglesia a los pobres
(2444 – 2446).

El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de «hacer partícipe al que se halle en necesidad» (Ef 4, 28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa.

El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta: «Ahora bien, ustedes, ricos, lloren y den alaridos por las desgracias que están para caer sobre ustedes. Su riqueza está podrida y sus vestidos están apolillados; su oro y su plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra ustedes y devorará sus carnes como fuego. Han acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Miren: el salario que no han pagado a los obreros que cosecharon sus campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Han vivido sobre la tierra regaladamente y se han entregado a los placeres; han hartado sus corazones para el día de la matanza. Ustedes condenaron y mataron al justo; él no les resiste» (St 5, 16).

Las obras de misericordia
(2447-2449).

Es preciso satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir al que no sabe, aconsejar al que lo necesita, corregir al que yerra, consolar al triste y confortar al que sufre, son obras de misericordia espiritual. Como también lo son perdonar al que nos ofende, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y orar por los vivos y los difuntos. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, acoger al peregrino y ofrecer techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

Bajo sus múltiples formas –indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte– la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los «más pequeños de sus hermanos». También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Y lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables. 

En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas –como son las referentes al año jubilar, a la prohibición del préstamo a interés y de la retención de la prenda, la obligación del diezmo, del pago cotidiano al jornalero, del derecho de rebusca después de la cosecha, y otras– corresponden a la exhortación del Deuteronomio: «Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Dt 15, 11). Jesús hace suyas estas palabras: «Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis» (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos de los antiguos profetas: «compráis por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias...» (Am 8, 6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los pobres, que son sus hermanos (Mt 25, 40).


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo porque en ellos servimos a Jesús». 

«No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos» (S. Juan Crisóstomo).

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (S. Gregorio Magno).


IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Dichosos los que, oyendo la llamada
de la fe y del amor en vuestra vida,
creísteis que la vida os era dada
para darla en amor y con fe viva.

Dichosos, si abrazasteis la pobreza
para llenar de Dios vuestras alforjas,
para servirle a él con fortaleza,
con gozo y con amor a todas horas. 

Dichosos mensajeros de verdades,
que fuisteis por caminos de la tierra,
predicando bondad contra maldades,
pregonando la paz contra las guerras. 

Dichosos, del amor dispensadores,
dichosos, de los tristes el consuelo,
dichosos, de los hombres servidores,
dichosos, herederos de los cielos. 

Amén.