DOMINGO XXXII ORDINARIO “C”

Creo en la resurrección de la carne


2 M 7, 1-2.9-14: El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Sal 16,1-15: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
2 Ts 2, 15-3,5: El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.
Lc 20,27-38: Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.

I. LA PALABRA DE DIOS
En la última etapa del Antiguo Testamento era bastante común la creencia en la resurrección de los muertos, si bien limitada a los justos y a los mártires, como los siete hermanos Macabeos con su madre.
Jesús se remonta al más antiguo testimonio de Moisés para fundamentar la doctrina sobre la vida eterna y la resurrección de todos los difuntos, contra los saduceos de Jerusalén, que sólo aceptaban el Pentateuco y que la negaban e ironizaban sobre ello, tal como se expresan en la pregunta que hacen a Jesús.
La argumentación de Jesús es: 1.°) No aceptáis la resurrección por entenderla de forma demasiado “carnal”. 2.°) Aun aceptando de la Escritura solamente el Pentateuco, debéis recordar que en sus páginas se habla de la inmortalidad y la resurrección. Como en la parábola del rico y de Lázaro, las palabras de Jesús suponen la existencia de un estado, o situación, de los difuntos previo a la resurrección universal.  
El texto evangélico quiere recordarnos algo tan central en nuestra fe como es la resurrección de los muertos. Se trata de algo tan fundamental, de una realidad tan conectada al misterio de Cristo, que san Pablo puede afirmar: «Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado» (1 Cor 15, 13.16). Y es que Dios es un Dios de vivos, el Dios vivo y fuente de vida. El que realmente está unido a Él no permanece en la muerte, ni en la muerte del pecado ni en la muerte corporal.
Esta esperanza en la resurrección nos libra del miedo a la muerte. Cristo ha venido a «liberar a los que por miedo a la muerte pasaban la vida como esclavos» (Hb 2,15). La muerte es como un paño oscuro que cubre la humanidad cerrando todo horizonte (Is 25,7). Pero Cristo ha descorrido ese paño y ha abierto la puerta de la luz y la esperanza, de manera que la muerte ya no es el final. La primera lectura nos muestra como el que cree en la resurrección no teme la muerte; al contrario, la encara con valentía y la desafía con firmeza triunfal. «¿Dónde está, muerte, tu victoria?» (1 Cor 15,55).
La certeza de la resurrección es el «consuelo permanente» y la «gran esperanza» que Dios ha regalado precisamente porque «nos ha amado tanto» (segunda lectura). Frente a la pena y aflicción en que viven los que no tienen esperanza, el verdadero creyente vive en el gozo de la esperanza (Rom 12,12). A la luz de esto hemos de preguntarnos: ¿Cómo es mi esperanza en la resurrección? ¿Qué grado de convicción y certeza tiene? ¿En qué medida ilumina y sostiene toda mi vida?
La Iglesia ora por los difuntos. Sabe por la fe que viven. Pide la intercesión de los santos que viven con Dios, en el cielo. Ora en sufragio por los que se purifican después de muertos en el purgatorio. Ora para que nadie muera eternamente yendo al infierno.

II. LA FE DE LA IGLESIA
Creo en la resurrección de la carne
(988 – 991)
El Credo cristiano culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna. Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día.
La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también “nuestros cuerpos mortales” volverán a tener vida. Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. 
La resurrección de Cristo y la nuestra
(992 – 1004)
La esperanza en la resurrección de los muertos es una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, y por Él.
¿Qué es resucitar? En la muerte –separación del alma y el cuerpo al final de la vida terrena– el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma inmortal va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos definitivamente a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.
¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: «los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación». 
¿Cómo resucitaremos? Cristo resucitó con su propio cuerpo: «Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo»; pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él «todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora», pero este cuerpo será «transfigurado en cuerpo de gloria», en «cuerpo espiritual».
¿Cuándo vamos a resucitar? Sin duda en el «último día»; «al fin del mundo». En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (1Ts 4, 16).
El sentido de la muerte cristiana
(1010 – 1014)
En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es «salario del pecado». Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección.
La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y, como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida.
La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.” (Misa de difuntos).
La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida terrena", ya no volveremos a otras vidas terrenas. «Está establecido que los hombres mueran una sola vez» (Hb 9, 27). Por tanto, no hay "reencarnación" después de la muerte.
La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte ("De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor": antiguas Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Avemaría), y a confiarnos a San José, patrono de la buena muerte.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO
«Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
»
(San Francisco de Asís).
«Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?» (Imitación de Cristo).
«Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección». (S. Ireneo de Lyón).
«La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella» (Tertuliano).

IV LA ORACIÓN CRISTIANA
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera. 
No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. 

Amén.